Cuentero y Caminante
sábado, 23 de octubre de 2021

PREMIOS LITERARIOS BBK.


Título: Cuentero y Caminante. Primer premio de narrativa.


PROLEGÓMENO.


Corría la segunda década del pasado siglo XX cuando (todavía) poetas, músicos, titiriteros y cuantos artistas ambulantes de la citada época compartían dichas y desdichas, coincidieron -veleta del azar- Cuentero y Caminante, dos sexagenarios a cual más dichero. Uno, además de poeta, era excelente narrador de sus propias leyendas; el otro, más que tocar, se diría que acariciaba con una púa las cuerdas de su amada cítara. Desde aquel mismo día unieron artes y amistad y así, juntos siempre, asistían a cuantos acontecimientos festivos les era posible. Nunca faltaba quien les prestase una mesa o una silla donde posar sus sombreros (siempre hacia arriba los cuencos, elemental preocupación de ambos artistas), y al punto se escuchaban la voz de Cuentero y el tañer de la cítara. Huelga mencionar que las buenas gentes contribuían con algunas monedas como pago a sus humildes pero fatigosos trabajos.



RELATO NOVELADO EN PRESENTE.


¡Mira lo que se nos viene encima!, señala Caminante, un tanto asustado. Se acercan a nosotros cantando a voz en grito y pateando cuanto se les cruza al paso. Y cuento cinco: cuatro mozos y una muchacha. ¡Vámonos, Cuentero, que a lo peor se les ocurre lanzar piedras tomándonos por blancos de sus tinos! Si al menos uno de ellos metiese la mano a su faltriquera… Pero qué vas a esperar, si hasta es posible que entre los cinco no lleven una perra chica.(1)

(1) Perra chica: moneda de cobre equivalente a 0,05 pesetas

¿Y la alegría que les acompaña?, sondea Cuentero. ¿No merecen ser escuchados? ¿Cuándo mejor que este momento para que nos roce la virtud de sus fogosos años?
La virtud, si puede decirse así, no se contagia.
Tremendo error, Caminante: cuanto poseen los jóvenes evoca nuestra ya ida juventud…Y recordar es vivir.
Laudable definición, mas no deja de ser un sofisma. Yo prefiero vivir el presente. ¡Huyamos, que ya están próximos! Y mi cabeza y mi espalda y todas las partes de mi cuerpo saben mucho de piedras sin ojos.
Sigamos sentados, hombre de Dios. Anido pleno convencimiento de que tus temores son infundados.
Mientras este ínterin de pros y contras, llegan los jóvenes hasta el pórtico de la iglesia cuyo banco de piedra ocupan Cuentero y Caminante.
Buenas tardes, saludan los cinco.
Muy buenas, corresponden ambos.
¿No tienen frío?, se interesa la mucha, aunque más bien como preludio de una posible conversación. Se está echando la noche, y en este pueblo son rigurosamente frías…Porque son forasteros, ¿verdad?
Sí, se adelanta Cuentero al tiempo que acaricia su manta enrollada y a guisa de banderola.
Y yo forastero en éste y en todos los pueblos de la Tierra, corrobora Caminante, aliviado ya de sus recelos.
¿Será una broma?, pregunta la moza con acusada ingenuidad. ¿No querrá decirnos que procede de otro planeta, verdad?
No, preciosa; pero sí que vine a este mundo sobre una carreta cuando ésta rodaba por caminos de nadie. ¿Justifica ello mi versión?… Pues sí, desciendo de padres titiriteros, o más exacto, de padre saltimbanqui y madre cartomántica, y honrando su propio ingenio de Dichero, añade: Y como se casaron por la ley de los pedazos, ni estoy bautizado, ni registrado en municipio alguno; lo cual motiva el que tampoco sepa cuántos años tengo.
¿La ley de los pedazos?, inquiere la joven extrañada. ¿Qué ley es ésa?
La Iglesia la considera como un ritual. En tal caso, el ritual más rápido: cogen un puchero de barro, lo lanzan al aire, éste choca contra un suelo de roca, cuentan sus pedazos y… santo matrimonio.
¿Y qué representa cada pedazo?
Tantos pedazos, tantos años de convivencia conyugal.
A penas terminan de reír todos, pregunta uno de los muchachos:
¿Disponen de alojamiento para esta noche?


No, vuelve a adelantarse Cuentero; pero estamos habituados a toda suerte de noches. Además, siempre hay un cobertizo, un portalón o una cabaña donde guarecernos; según que llueva, nieve u otras inclemencias.
¿Se enfadarían ustedes si les preguntase cómo o dónde pasan los inviernos?
No es sólo una pregunta, puntualiza Cuentero, sino dos en una misma. Así, pues, y en nombre de mi compañero y el mío propio, te satisfaré ambas con una sola respuesta: por supuesto que no nos enfadamos; antes al contrario: nos complace sepas que el invierno es una más de las estaciones y que, tanto una como otra, las cuatro conllevan rigores y bonanzas.
Pero puesto a elegir, media Caminante, prefiero rigor de verano a templanza de invierno. Cuando uno tiene agarrotados los huesos, no hay mejores aceites para engrasarlos que los tórridos calores…” Debes hacer gimnasia si quieres gozar de buena vejez”, me aconsejaba mi padre; pero yo nunca he sido dado a eso de los volatines. A decir verdad, siempre me ha parecido oficio de chimpancé.
Si, puesto que así lo parece, no están comprometidos en ningún hospedaje, pueden dormir en el henil de mi abuelo.
Yo creo que en nuestro pajar descansarán mejor, ofrece otro de los mozos. Está contigua a la casa y, sin duda, reúne mejores condiciones de resguardo.
Simultáneamente, ambos artistas optan por éste. Van los siete camino del pajar cuando el propietario del mismo suma otro ofrecimiento:
¿Qué les parece que antes tomemos algo en el mesón de la Plaza Mayor? Vengan con nosotros. Les enseñaremos nuestro rincón de reuniones. Después, yo mismo les conduciré hasta el… Si ustedes supieran cuánto lamento no poder ofrecerles nuestra casa… Somos familia numerosa y por ello no disponemos de habitaciones libres… Pero, en fin, vayamos al mesón. ¿De acuerdo?
Los dos dicheros se miran mutuamente y, tras de los consabidos ademanes del alzar y caer de hombros, aceptan la invitación. Ya frente a la fachada, casi toda portalón, y en cuyo cartel que pende de dos cadenas se lee MESÓN ROBLES, señala, temeroso, Caminante:
¿Es ahí?
Sí, responden los mozos.
Quede por satisfecho tu convite, muchacho, pues no serán mis carnes las que crucen esa puerta.
¿Por qué?, preguntan a coro, y gesteando extrañeza.
Años hace ya que me negaron mesa donde comer un cocido caliente y beber un vaso de vino. Amargo recuerdo tengo del tal mesonero: “En mi casa no admito vagabundos”, me espetó, y después, tuteándome despectivamente, añadió: “Recoge tus inmundicias y lárgate ahora mismo”. Y poco faltó para que uno de sus puntiagudos zuecos amoratase mis posaderas.
¿Cómo?, exclama el mismo mozo mientras su pecho se pronuncia en ademán de desafío. Entren ustedes con nosotros. Veremos si el señor Robles se atreve…
¿Qué hacemos?, consulta Cuentero a Caminante.
Pues…, duda éste, vamos. Que sea lo que Dios quiera.
Bueno, interviene la muchacha, entrar ahí es exclusivo de varones. Aquí me despido. Que ustedes lo pasen bien… Y también vosotros. Adiós a todos.
Apenas ida la moza, los seis hombres cruzan el umbral de entrada al mesón en cuyo interior se entremezclan voces y sudores humanos; aromas de los diferentes vinos y alcoholes; humos de cigarrillos, de tabacos de pipa y vahos de humedad retenida en el suelo terroso, en las grietas de las paredes, en las vigas de madera…


Pueden sentarse aquí, indica el mismo joven quien, a la sazón, parece acaudillar el grupo. Es nuestra mesa preferida… Y vosotros también. Yo me hago cargo de todo.
Mientras los aludidos toman asiento sobre bancos corridos a ambos lados de la mesa, el muchacho dirige sus pasos hacia el mesonero quien, con cara de pocos amigos, despacha las bebidas solicitadas por los clientes habituales tras dos tablones toscamente aserrados los cuales, a su vez, descansan sobre una hilera de cubas empinadas, configurándose así lo que llaman mostrador.
¡Oye!, vocifera el mesonero, ¿quiénes son esos que os acompañan?
Dos buenos amigos, exagera el joven.
¿Amigos vuestros?… Creo conocer a uno de ellos… Sí, claro, ¡al más pordiosero…!
Bueno, bueno, corta el muchacho, entre autoritario y sumiso. ¿Dónde están la educación y el respeto de que hacen gala ante nosotros, los jóvenes? Siempre con reglas de ética y civismo a flor de labios y…
¿Qué?, ¿qué ibas a decir, eh?
Nada, señor Robles, nada… ¿Sería tan amable de servirnos los refrescos de siempre más una jarra pequeña de vino?
¡Claro!, asiente con visible retintín el mesonero. ¿Y dos vasos “muy limpios” para esos… que os acompañan, verdad? ¿Qué supones qué pensarán vuestros padres cuando les cuente la acción de sus hijos, eh?
Ignoro qué pensarán los padres de mis amigos; pero sí puedo asegurarle que al mío se le henchirá el pecho de satisfacción cuando usted se lo cuente. Afortunadamente, en el corazón de mi padre sólo anidan sentimientos nobles.
Los ojos del hombre están próximos a salirse de sus órbitas cuando la mesonera, acercándose a los dos, exclama:
¡Santo Dios! Pero ¿se puede saber qué es lo que os pasa? Llegan vuestras voces hasta la cocina.
¡De donde no debes salir!, la increpa su marido. Tú a tu trabajo, que para el mío yo solo me basto.
Discúlpeme, doña Matilde, media el joven. Toda la culpa es mía. No obstante, sepa, para su tranquilidad, que carece de importancia lo que estamos cuestionando su marido y yo… Y a propósito, ya que usted está aquí, ¿sería tan amable de prepararnos algo que picar?
¡¿También eso?!, vuelve a vociferarle el mesonero. ¿No te parece que ya es desmedida tu impertinencia? ¡En mi casa no come ningún vagabundo!
¡Pero, ¿qué estás diciendo, loco de los mil demonios?!, interfiere la mujer al suponer que es al mismo joven a quien su marido llama vagabundo. ¿Qué te ha hecho este muchacho para que le insultes así?
Sé muy bien lo que digo. Eres tú la que no te enteras de nada. Mira hacia aquella mesa. ¿Acaso no ves que son arrapiezos los dos que están sentados con los compañeros de este mozo?
La mesonera desvía su mirada fijándola, principalmente, en los dos artistas.
…Y ahora, prosigue el mesonero, ¿qué me dices, eh?
¡Hombre de Dios!, si son dos señores que no molestan a nadie, le refuta la mujer, dibujándose en su rostro una forzada leve sonrisa. Por conocerte como te conozco, no me aventuro a preguntarte si sabes la clase de piedra con la que está hecho tu corazón.
¡¿Cómo te atreves…?! Pero ¿no ves que son dos sucios mendigos?
¡Señor Robles!, interviene, enérgico, el joven, comete usted un error; son artistas que viven de sus propios artes… Y aun en el supuesto de que fueran lo que usted dice que son, no olvidemos que también les asiste el derecho a ser respetados.
Metafóricamente, se diría que esto último lo acusa el mesonero como un latigazo sobre la médula de su soberbia. La mujer, pretendiendo apaciguar la tensión surgida, se dirige a los dos hombres con bisbiseos de súplica:
Tranquilidad, tranquilidad. ¿No veis que nos están mirando todos los clientes?… ¿Qué pensarán, Dios mío, qué pensarán?… Y tú, Miguel (por el joven), ve con tus amigos y hazme el favor de decirles que no pasa nada. Os llevaré algo de lo que haya en la cocina… Sí, ahora recuerdo que en el arcón de los víveres guardo un queso excelente. Os lo serviré troceado en lonchas. ¿Te parece bien?
Estupendo, responde el muchacho.
¡Y también las bebidas!, despotrica el mesonero, sumido en su terquedad. ¡Sírveles todo, que no quiero acercarme a quienes no son de mi agrado!
Mujer y muchacho, previo cruce de miradas insinuantes, dan respectivas medias vueltas: una con dirección a la cocina y el otro hacia la mesa. Apenas se ha sentado el joven Miguel a la derecha de Cuentero, éste le pregunta:
¿Inconvenientes por nuestra presencia…?
No; en absoluto, miente el joven. Está solucionado. En breve nos servirán lo que he pedido.
Ajá, me alegro por ello, finge creerle Cuentero. No obstante, mirando de soslayo los ojos de los otros muchachos cuyas pupilas reflejan candorosas perplejidades, les pregunta al tiempo que desvía su mirada hacia Caminante:
¿También vosotros estáis convencidos de que no ha sido un desacierto el que os hayamos aceptado vuestra invitación?
Pues claro…
Ajá, repite Cuentero, me tranquiliza el que así lo creáis.
Pero Caminante, si no reacio total, sí al menos poco amigo de ambages, habla tal y como su corazón se lo va dictando:
Achaquemos a mi aspecto lo sucedido hoy en este local, y después de una breve pausa la cual emplea en mirarse las raídas prendas de su propio atuendo, prosigue: Durante muchos años caminé solo de uno a otro pueblo por los senderos del Señor. Muchos eran, y de todos los niveles sociales, los que me requerían para que amenizase los festejos que organizaban: duques, marqueses, condes, alcaldes…Qué sé yo… Pero, a decir verdad, lo que más me satisfacía era el pueblo, las gentes sencillas de los pueblos, que rompían sus manos en aplausos tan pronto callaba mi cítara. “Otra más”, me pedían, y otra más yo tocaba; y conmigo cantaban y conmigo reían; y yo era de ellos y ellos eran míos… Los otros, los más pudientes, sólo me pagaban. Pronto intuí que yo no era sino mero soporte de sus compromisos. Y muchas veces hubo en las que mis ojos lloraron porque nadie me escuchaba. Yo tocaba y tocaba… y sólo me pagaban. Me pagaban, pero nadie me escuchaba… Buen caminante fui hasta que la pesada carga de los años hizo de las suyas cebándose en mis huesos. Desde entonces no he cambiado de gabán, ni de chaqueta, ni de pantalones, ni de nada. He aquí el porqué de ser rechazado de hospedajes y hasta de muchos mesones y muchas tabernas y muchos… sitios…
La llegada de la mesonera interrumpe a caminante. La mujer posa sobre la mesa cuanto porta en una bandeja grande y, mirando al joven Miguel, suplica a éste:
Perdona a mi marido, perdónale, y mientras gira su cuerpo, una vez servida la mesa, con lágrimas en los ojos, repite la súplica: Perdónale, y retorna hacia la cocina llorando, en contraste con risas y cantos que proceden de otras mesas.
Esta escena trae a la memoria de Cuentero cierta fábula cuyo argumento trata de una flor la cual, mientras está muriendo, dice a sus propios pétalos: “Perdonemos a quienes no saben que morimos al poco tiempo de ser arrancadas del rosal que nos dio la vida”. Y al poco de este intervalo de tiempo, y aumentado su interés de averiguar la verdad de lo acontecido en el mostrador, pregunta a Miguel:
¿Tan grave ha sido? Desde aquí hemos visto cómo discutíais. Vuestras voces llagaban hasta nosotros.
No he sabido contenerme, se sincera el joven al tiempo que humilla la cabeza con visos de pesaroso. Y esa pobre mujer ha pagado mi error. Dios sabe lo que ha pasado entre ellos cuando han estado a solas en la cocina.
¿Te crees único culpable?
Pues… no sé… Creo que sí.
Y opta por contarle todo al poeta, de principio a fin y sin omitir nada de lo ocurrido entre el matrimonio, por un lado; y por otro, entre el mesonero y él.
Cuentero, después de escuchar lo relatado, pretende consolar al joven:
Esto mismo, en un momento más oportuno, y en un aparte con él, hubiera sido correcto por lo que a ti concierne.
¿Lo dice en serio, o sólo para tranquilizarme?
Día llegará en que mayores y jóvenes compartan opiniones. Dialogarán y se respetarán mutuamente. Y no como hoy, época en la que vivimos. (“Lo digo yo, que tengo más años que tú”…) Pues no; no será así… Y dime, ¿ya estás más tranquilo?
Sí… Creo que sí. Aunque no estoy muy seguro de entender bien lo que usted me está diciendo.
Sí; claro que me has entendido. Por eso te aconsejo que cuando tengas hijos procures hacerte amigo de ellos y no sólo padre. “Ser sólo padre es lo más cómodo para un padre”, recuerdo que nos dijo un día de clase nuestro profesor de filosofía… Y ahora, ¿qué te parece que probemos este queso?
Sí; comed, les anima Caminante, que está llegando a su fin. Tiempo hacía que no deleitaba tan exquisito manjar. Ello me hace recordar al bueno de don Ramiro, fabricante de quesos. “Total y eterno es el saber de Dios”, decía. “Al crear el mundo no pasó por alto las vacas ni las ovejas”.
Señor, irrumpe el joven que está a la izquierda de Cuentero y dirigiéndose al mismo, mientras conversaba con Miguel, el señor Caminante nos ha dicho que es usted trovador.
No, exactamente; pero sí algo parecido: Quienes me escuchan con agrado, me llaman cuentero; aquellos a quienes aburro con mis leyendas, cuentista. “Ahí está ese cuentista”, dicen… Como ya habrás observado, nuestro Léxico es pródigo en acepciones que se prestan a reveses e ironías.
Pues este amigo (por quien está frente a ellos) escribe poesía.
¿Yo?…Bueno…, sí, titubea el aludido; pero muy mala. Me defiendo con la rima, pero en cuanto al metro, las más de las veces o me falta una sílaba o me sobran dos respecto del verso anterior. Soy muy torpe.
Hermosa y a la vez quisquillosa métrica, asevera Cuentero. Valladar infranqueable de que se valen muchos críticos para propias vanaglorias. Críticos que sólo cuentan sílabas, sin enterarse, o lo que es peor, sin importarles cadencias ni contenidos. ¿Por qué han de prevalecer la métrica, las preceptivas o academicismos que no hacen sino poner trabas a la poesía honrada, de limpio sentimiento, de limpia sinceridad, de limpia inspiración…? En mi opinión contradictoria, mi joven amigo, la pluma siempre debe ir pareja con la inspiración del momento, de igual manera que pintor y pincel; pues si aquél ve azul raso un cielo que realmente está encapotado, éste también lo pinta azul raso… Así, pues, y aduciendo mi opinión, escribe tus versos tal como fluyen de tu mente y olvídate de dificultosos arreglos, que el poeta es más poeta cuanto más puro y transparente su amor a la poesía… Dale que te pego con la métrica, sírvate como ejemplo esta invocación que retengo en mi memoria desde muy chico: ‘Estos versos,/ poesía amada,/ esperpentos deformes/ como higueras deshojadas,/ a trompicones brotan/ del cerebro de mi alma./ Es tan grande/ mi ignorancia,/ que no sé de cadencias,/ ni métricas, ni nada/ que sonoricen/ mis palabras./ Pero eso sí,/ poesía amada:/ mi pasión es limpia/ como el sol de la mañana;/ como la voz de un niño/ que a las flores canta;/ como el aire fresco que trenza/ las espigas doradas;/ como el vuelo, en fin, de la alondra/ que juguetona pasa/ llevando a su nido/ candor y esperanza…/ ¡Ah, esperanza!/ Mi esperanza/ de hacerte mía,/ poesía amada’.
Justo en el punto del último verso, asoma la muchacha por la entrada al mesón. Asustada y llorosa cual plañidera, y casi corriendo, se acerca a la mesa que ocupan los seis hombres.
¿Qué te pasa?, preguntan a un tiempo los cuatro mozos. (…) ¿Por qué lloras?, añade Caminante. (…) Siéntate a la mesa y cuéntanos lo que te sucede, le pide Cuentero.

La muchacha, enjugándose los ojos al tiempo que toma asiento a la derecha de Caminante, entre suspiros y congojas, responde, dirigiéndose a los mozos:
No sé quién ha dicho a mis padres que he pasado toda la tarde de hoy con vosotros cuatro en los cobertizos de don Sebastián…
¡Eso no es cierto!, corta uno de los mozos. (…) ¡Lenguas de víboras!, exclama otro. (…) ¿Y quién ha podido ser?, pregunta un tercero. (…) Vamos ahora mismo a tu casa y que nos digan tus padres quién o quiénes han inventado semejante calumnia, sugiere Miguel mientras hace mención de levantarse de su asiento.
¡Y cuántas cosas más…! ¡Dios mío…!, sigue llorando la joven. Y bien sabéis vosotros que nos hemos encontrado de regreso hacia el pueblo… Pero estoy casi segura… No puede ser otro…
¡Pedro!, aventura Miguel.
No creo que pueda ser otro, repite la moza. Y todo ello porque hace unos días le dije que no me agradaba su compañía. Que me dejase en paz. Que…
Pues sabiendo quién es, ¿qué hacemos aquí sentados?, insiste Miguel. Venid conmigo hasta su casa. Yo hablaré con él…
No conseguiremos nada, aduce la muchacha. Ha sido a través de un papel escrito y metido por debajo de la puerta… Sería una imprudencia arriesgarnos a confirmar algo de lo que no estamos totalmente seguros… ¡Dios mío!, ¿qué mal he cometido para que así me castigues?…
Preciosa, interviene Caminante, tantos años a mi espalda no han transcurrido en vano; por ello puedo asegurarte que no hay agua que alguien la enturbie y que el tiempo no la aclare: sólo es cuestión de reposo.
Y ustedes también… ¡qué buenos son! Les agradezco a los dos sus buenas intenciones.
A Caminante se le escapa una lágrima; tal es su emoción. Y cogiendo su cítara, exclama:
¡Hoy me encuentro entre los míos! ¡Tengo ganas de tocar!
Adelante, le anima Cuentero, que también a mi me urge “trovar”.
Y mientras Caminante se coloca la púa en el pulgar de su mano derecha, Cuentero, como alusión a la muchacha calumniada, se auto recita, mentalmente, el siguiente poema también de monorrima asonante y metro libre:
‘¿Por qué, poderoso bulo, / sobre la más débil cargas/ el veneno que hay en ti/ extraído de la nada? / ¿Por qué sin ser río/ conduces el agua/ tibia y cristalina/ al lodo y la escarcha? / ¿Por qué sin ser fuego/ nos quema tu llama/ cual hierro candente/ que forma la llaga? / ¿Por qué, en fin, sin ser bronce/ tañes cual campana/ a los cuatro vientos/ el rigor de tu saña?’.
Y transcurrida esta pausa, pregunta a Caminante:
¿Dispuesto para acompañarme?
Dispuesta está mi cítara:
Pues adelante: Sintonía de leyenda, pide a Caminante, y al poco empieza a narrar al compás de la música.
Paso a paso, sigilosa y emocionada, se acerca la mesonera. Los clientes contribuyen con lo que más agradece todo artista: silenciando sus voces y risas. Poco después llega el mesonero quien, posando uno de sus brazos sobre los hombros de su esposa, le suplica al oído con voz cuasi imperceptible para no extorsionar a los artistas:
Perdóname… Este endiablado carácter mío…
Perdóname tú, repite la mujer mientras se adivina en ella un suspiro de alivio.
Ya sólo se escuchan la voz de Cuentero y el “plañir” de la cítara cuando el joven Miguel, aproximándose a la muchacha, susurra a su oído:
Mira, ahí viene tu padre.
Éste, tan pronto ha llegado hasta ellos, suplica a su hija:
Discúlpanos a tu madre y a mí. Sabemos que todo ha sido un embuste. Vamos a casa. Tu madre está muy preocupada…
Gracias a Dios. Y gracias también a usted, padre, por venir a buscarme… Si usted supiera lo feliz que soy ahora… ¿Le importa que esperemos unos minutos? Quisiera despedirme de esos dos artistas. Ellos, junto con mis amigos, me han consolado mucho.
Nos están mirando, afirma el hombre. Les bastará un saludo con la mano.
Así lo hace la joven y a quien también la responde Cuentero con un gesto de su mano. Y asida al brazo de su padre, y caminando ambos de puntillas, salen juntos del mesón.
Media hora más tarde de acabarse la improvisada actuación, y ya entrada la noche, el joven Miguel, acercándose a Cuentero y Caminante, les dice:
Yo, y hablando en nombre de todos, les aseguro que nos han hecho vibrar de emoción mientras les escuchábamos tan lograda e interesante leyenda… Intuyo que estarán cansados. ¿Les parece bien que nos vayamos?
Sí, asiente Cuentero. Mañana, hacia el mediodía, nos espera el alcalde del pueblo inmediato. Comienzan sus fiestas anuales.
Así es. Tal vez vayamos alguno de nosotros. Me gustaría mucho coincidir allí con ustedes.
Cuentero y Caminante, que han sido acompañados por los cuatro mozos, tras despedirse de éstos, se acomodan en el pajar.


La campana de la iglesia anuncia las nueve de la mañana. Una mañana muy fría: el rocío blanquea los tejados de las casas, las copas de los árboles, la hierba de los prados… Entre la espesa niebla se divisan, de cuando en cuando, siluetas de gentes, ganados vacuno y ovino y bestias de carga yendo de un lado para otro con paso tardo. De vez en vez se escucha el trinar de algún pájaro acurrucado en su nido… Es la mañana de un avanzado otoño.
¿Nos levantamos, Caminante?
¿Qué hora será?
He contado nueve campanadas.
Entonces sí; ya es buena hora.
Tras sacudirse las pajas y liar sus mantas, prosigue Caminante:
…¿Cuánto tiempo nos llevará hasta el próximo pueblo?
Yendo tranquilos, entre hora y hora y media.
Bien. Más o menos, hacia la salida de la Misa Mayor.
Cuentera carga con las mantas y Caminante con su amada cítara. Después de un breve aseo en la orilla del río, pregunta el poeta:
¿Vamos, Caminante?
Vamos, Cuentero.
Hace frío, mucho frío: sobre los remansos del río flotan cintas de escarcha y las durezas de las hojas caídas chirrían bajo las pisadas de los dos dicheros.



FIN.


Muy de cuando en cuando los poetas hacemos uso de nuestra otra pluma, es decir, la de la prosa, y desenfrascamos temas que en tal o cual fecha nos han surgido como por arte de birlibirloque. He aquí éste con su pizca de crítica humorada: (y que sirva de relax una vez leídos todos los poemas).


LLÉNEME EL DEPÓSITO.

Cierto político (que conducía su propio coche) observó que el indicador de la gasolina marcaba casi a cero en su depósito. Apenas llegó a la gasolinera más cercana, dijo al empleado encargado de suministrar el carburante:
“Mire usted, buen hombre: me he quedado sin gasolina; pero lo más engorroso es que… - y no le extrañe a usted que mi mujer siempre me haya llamado el hombre más distraído del mundo-. En fin, y yendo directo al grano, que me he salido de casa sin ni siquiera un euro en el bolsillo. No obstante, lea usted mi carné de identidad. Mire usted: soy el ministro X. Mañana mismo encomendaré a mi chofer que le traiga el importe junto con una gratificación particular para usted. Lléneme el depósito”.
“Pues perdóneme usted, señor ministro – le respondió el empleado-, pero ya no puedo fiarme de nadie; ni siquiera de un obispo que venga en nombre de Su Santidad el Papa. Verá usted: hace un mes le pasó lo mismo a un famoso delantero de un equipo de fútbol de la primera división -de esos que no saben los millones que ganan todos los años-. Pues bien: cogió una pelota hecha con un papel de periódico del día anterior, practicó varias jugadas con ambas piernas sin que se le cayera una sola vez la pelota al suelo. Naturalmente, me convenció. ¿Sabe usted que todavía estoy esperando que asome por aquí con el dinero que me debe? En otra ocasión, le ocurrió ídem de ídem a uno de esos toreros de primerísimo cartel (es decir, de esos que ganan más en una corrida de toros que yo en cinco años con esta manguera en la mano). Pues bien, y valga la redundancia, que dicen ustedes los ministros: cogió una chaqueta que llevaba en el interior de su coche, dio unos pases magistrales y, yo que soy algo aficionado a los toros, me confirmé a mí mismo que no me mentía… ¿Sabe, y valga otra vez la redundancia, que todavía le estoy esperando? Y ya ve: uno jugador de futbol; el otro torero…En fin, y usted ¿qué sabe hacer?”

“¿Yo...? –preguntó dubitativo el ministro, quien transcurridos unos segundos, respondió-: Pues la verdad es que no sé hacer nada”.
“No me diga más. No me cabe duda de que es usted ministro. Le llenaré el depósito porque sé dónde está su Ministerio, señor X, y paso todos los días frente a él. Usted no se me escapa sin que yo le cobre el importe de la gasolina”.
Servido el carburante, y apenas ido el ministro con su coche, susurró para sus adentros el empleado:
“Al menos por una vez, un político ha dicho la verdad al responderme que no sabe hacer nada”.

#jesus - #vidal - #joshua

© Zalberto | enero - 2026