Durante mucho tiempo el estudio de la evolución de cerebro se ha limitado al estudio del molde endocraneal, es decir el molde negativo del cerebro que se obtiene por los restos fósiles del cráneo. “Creo que hay que ir más allá”, señala Emiliano Bruner, responsable del Grupo de Paleoneurología del Centro Nacional de de Investigación sobre Evolución Humana (CENIE).
Y lo explicaba en una conferencia impartida hace unas semanas en el Instituto Cajal-CSIC. Por eso, en su grupo han “digitalizado las técnicas de cajal”, que permiten cortar, colorear y visualizar mediante programas informáticos. Con ello consiguen pasar de lo que muestra la anatomía a coordenadas para identificar patrones de variación. Algo visible y tangible, porque, asegura “Los primates pensamos con las manos y los ojos, si no tenemos algo que ver y tocar, el cerebro no arranca, por eso hacemos moldes”.
Gracias a esta nueva herramienta se ha podido averiguar que en los últimos dos millones de años, el cambio más patente en nuestra especie, Homo sapiens, ha sido la ampliación de las áreas parietales del cerebro, que ocupan la región posterior y superior de la bóveda craneal.
Hace ya diez años que Emiliano Bruner, entonces en la Universidad La Sapienza de Roma, publicaba los primeros análisis geométricos de la forma cerebral en el género Homo, evidenciando que la característica principal de nuestro cerebro es la ampliación de esas áreas parietales. Después se descubrió que esta geometría cerebral se alcanza pronto después del parto, en un estadio de desarrollo que está ausente tanto en chimpancés y en los Neandertales. |