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sábado, 25 de diciembre de 2004

Diario de un naúfrago a la deriva

«Tienes que romper la barrera del Blues»

1

6 de diciembre
La realidad es obsesiva, tiende a repetir tres o cuatro esquemas generales y se aferra a sus consecuencias con un tipo de respuesta imperativa que hace que el sujeto se confunda inevitablemente con el objeto.
Y no hay manera, no logra el Sol batir las murallas del otoño, ni despejar las sombras de tristeza que pululan por el escenario de mi abatimiento.
Me esfuerzo por dotarme de buenos argumentos para tirar hacia adelante, pero no resulta fácil. En todo caso, cuando peor pintan las sensaciones busco refugio en la idea universal de que tras la tempestad llega la calma, de que no hay nada mejor para elevarse que haber caído hasta tocar fondo; aunque en mi caso cuesta determinar el lugar exacto en el que reposan todas las penurias, el sitio en el que las monedas de los deseos tapizan el húmedo agujero negro de los sueños fracasados.
«Bien, de acuerdo, creo que estoy a punto de tocar fondo... menudo consuelo !!!». Música para endulzar la soledad... Explosions in the Sky [Magic Hours]
* * *

Me subo a mi maltrecho ford y conduzco como un autómata: me desplazo silenciosamente, sin rumbo, y el azar me lleva hasta los viejos lugares de siempre. El aire es frío, la humedad anega los sentidos, los pensamientos pertencen al subconjunto de las sensaciones imprecisas: una mezcolanza de melancolía y vacío, un cóctel de imágenes del pasado y de somnolencias imperfectas.
- «Ponme un crianza y un paquete de patatas». Afuera el frío ha desalojado a todos los que como yo necesitan observar el mundo a través de cristales traslúcidos.
- «Son dos con veinte». He decidido que hoy tragaré cuatro o cinco copas de vino, con la obtusa pretensión de predisponer mejor el tiempo para con mis vagos deseos de autodestrucción. He pensado «No voy a pedir ayuda», y le he estado dando vueltas a esta decisión. El cielo está cubierto de nubes; a mi alrededor los campos son verdes y a lo lejos el mar golpea la costa como siempre.
* * *

No estoy preparado para enfrentar el día a día con espíritu receptivo, no sirvo para esperar a que sean los acontecimientos los que se desarrollen con ese tipo de inevitabilidad que hace que se comporten como ajenos a los propios deseos, no acepto una situación en la que el tiempo sea malgastado en momentos empaquetados, en momentos autoproyectados hacia el futuro sin carta previa de navegación. No me siento capaz de afrontar ese reto, pero me dejo llevar.
Mi experiencia me acompaña, me aconseja, me distrae, me relaja; mi experiencia es hábil en el ejercicio de atemperar las emociones, aunque en esta encrucijada se muestra reacia y no me ofrece alternativas interesantes, ni soluciones sin aristas.
Me gustaría hablar de las personas que forman el sistema planetario de mi vida. Es una tarea a la que nunca me entrego, por temor a que se descubran ciertas claves que, por alguna razón que desconozco, intento mantener ocultas. Son personas de carne y hueso, personas que rien y lloran. Me gustaría escribir aquí sus nombres, sus nombres verdaderos, nada de pseudónimos, nada por el estilo.
* * *

Un hombre adquiere el poder necesario para crecer del magma profundo de las mentes de aquellos a quienes ama. La soledad tiene mucho que ver con esto.
«Es fundamental que no exprese mi dolor». Y pienso en todo lo que ha ocurrido en estos últimos días; me pregunto si estas cosas están reconstruyendo en mí un hombre nuevo... «Palabras y pensamientos sobrecargados de significados y enigmas».
«Me siento tan solo...»
* * *

Mi nombre es FlissBis. La mujer a la que amo se llama BisFliss.
Mi nombre es FlissBis y me gustaría poder teletransportarme hasta un futuro lejano, hasta los tiempos en los que mis emociones sean capaces de acomodarse a las circunstancias cotidianas, hasta días de paz y autoaceptación. Pero carezco de ese poder.
La mujer que me ha robado el alma se llama BisFliss, tiene el cabello de colores, la piel salpicada de estrellas y el corazón desbocado. La mujer que se llama BisFliss deambula por los escenarios de mi realidad como perdida, como luchadora de una causa imposible.
A BisFliss la conocí por una de esas casualidades de la vida, cuando preparaba deliciosas ensaladas de lechuga, tomate, pepino y cebolleta, aderezadas con maiz, brotes de soja, trocitos de queso fresco y de manzana golden. Nunca se ha sabido la razón, pero ocurrió que cierto día de verano nuestras miradas confluyeron misteriosamente y desde ese instante mágico e irrepetible quedó establecido entre nosotros un vínculo indisoluble que nada ni nadie ha conseguido deshacer...
* * *

Acabo de servirme el quinto o sexto vaso de vino; el entorno languidece, las sensaciones se deforman.
Hay preparado un plan para esta tarde consistente en visitar alguna sala de cine, al azar, al objeto de demorar la mala vida durante un par de horas o más, en función de esto y de aquello. Según Eme es buena opción representar en nuestras butacas la epopeya jolibudiense de un buscador de tesoros arqueológicos, amparados tras un enorme recipiente de cartón saturado de palomitas de maiz [ya se sabe que no engordan]. Según Yo cualquier opción es igual de mala o igual de buena, dependiendo de por donde se oculte el Sol. «Glup glup: que nada perturbe el caminar del peregrino...» Me voy a acostar un rato; es otra de las opciones disponibles en este peculiar día.
2

La experiencia cinematográfica ha resultado ser positiva: el carácter anestésico del hechizo de las imágenes ha servido, sin duda, para disipar durante un par de horas la neblina que obstruye mi mirada y confunde mis pensamientos, que, más bien, los diluye.
Sin embargo no hay nada que consiga disipar la sensación que inesperadamente domina mi visión. El mundo está muriendo lentamente, la realidad se desmembra, los contornos de los objetos se confunden con el entorno, los sonidos suenan amortiguados, los movimientos, el movimiento se ralentiza. Vaya donde vaya está ocurriendo lo mismo. Siento que no hay modo de pararlo; no hay solución. Así que prefiero entregarme a la contemplación reposada de este gran acontecimiento; no hay posibilidad de compartir este tiempo con nadie: me tomarían por loco.
«Ya no hay margen para la duda, hay que seguir hasta el final».
* * *

Sobre la ciudad revolotean a gran altura bandadas de gaviotas que regresan a sus nidos en la costa desde los estercoleros en donde se alimentan sin esfuerzo; una lástima este mundo decadente y lastimoso. Me subo los cuellos de la chamarra para protegerme del frío; Eme se hace el duro, pero entierra discretamente la cabeza entre los hombros; creo que ambos tenemos ganas de regresar a nuestra recién estrenada casa... es el momento de llamar a Te, seguramente vendrá con ganas de cenar algo caliente.
Y recuerdo aquellas palabras tan estremecedoras, las que me decían que «El que tiene la posibilidad de hacer algo, tiene la responsabilidad de hacerlo», o algo así.
«ESta noche voy a preparar algo especial para cenar»
3

7 de diciembre
Cierta opresión machaca levemente mis sienes: no hay paciencia que pueda con ello. Pero sucede que desde las ventanas se asoman extrañas mujeres que agitan sobre sus cabezas banderas exfoliadas y atributos masculinos. Asistimos a una noche en la que todos los personajes visten uniformes multicolores; cientos de personas han invadido las calles, incluso he visto seres que simulan rasgos humanos, ocultos tras vasos de cristal y enormes botellas de plástico [vocka ruso edulcorado con pasas de corinto]. Es todo lo que yo necesito sentir para no lograr controlar el terror a lo desconocido; así que me lanzo a recorrer la ciudad a paso de lobo, sin detenerme a mirar atrás: luces y sombras que alternan amores y odios irracionales. Finalmente, tras doblar la Gran Esquina del Viejo Lugar de Infancia, me detengo ante un templo del que creo reconocer voces que parecen cánticos, o susurros que parecen plegarias. Todo es en vano. Luces rojas parpadeantes muestran el camino hacia la liberación. Opto por no probar. Siempre resurgen tentaciones que es mejor dejar pasar... como aquellas olas inmensas que arrastraron nuestros despojos mar adentro.
* * *

«Puaj, tengo los pulmones hechos puré». Me vuelve loco sentir sus uñas cuando arañan mi espalda. Sensaciones que no admiten comparaciones.
He regresado, por fin, a mis orígenes. Estoy desandando todo el camino de los últimos siglos, con el objetivo [ceja] de volver al principio.
- «Túmbate y relájate». Una bocanada de cabellos de oro y plata recorren durante unas milésimas de segundo el universo comprensivo de mi habitación en penumbra. Entonces, ella me mira desde el fondo de unos ojos deslumbrados: siento que la posesión es completa... radiante.
- «Tienes que romper la barrera del Blues».
4

10 de diciembre
Hay bazas que es inevitable jugar, aun a riesgo de perder; incluso hay que jugar las que el instinto cataloga como «fracaso total», o como «dolor y melancolía». Y es que hay historias que tienden de tal manera al infinito, que son tan propensas a subir y subir y subir, a crecer ilimitadamente, que a partir de una altura indeterminada comienzan a producir en el cerebro un tipo de vértigo que no tiene nada que ver con problemas del oído interno [más bien, no ¿o qué?].
Este mediodía el Sol inunda mis ojos. Siento como la piel vibra, como mis sentidos languidecen y las sensaciones son tan placenteras que me digo «¿cómo he podido vivir tanto tiempo sin este goce tan elemental?». Las palabras permanecen en algún lugar recóndito de mi cabeza y sólo soy un cuerpo que baila al son de las canciones de los Australian Blonde... A brief honeymoon with Julia
5

11 de diciembre
«Día dedicado a la devoción del Semidios del Minimalismo Sentimental»

* * *

Anegados los sentidos por la fuerza insólita que menea los obstáculos y que los distribuye aleatoriamente a mi paso, pienso, mientras contemplo cómo el humo que genera un cigarrillo light [energía dispersada hacia la estratosfera cenital de mis ensueños], que nada más apropiado [y propicio, sin duda] para el estado actual de mi eclipsada emotividad que una celebración minimalista y autónoma de mi más soslayada efeméride.
Viajar, sentir el aire en las mejillas, pensar, soñar.
Algunas partes de mi cuerpo han conseguido, al cabo de los años, tener voz propia, e incluso voto, incluso veto. Mis piernas, por ejemplo. Es cierto, es insólito. Mis piernas, cuando el Sol brilla y no hay nubes en el cielo, reclaman a voz en grito manejar los hilos del destino y si se las deja libres se convierten en auténtica masa cerebral: mensajes altisonantes que se disipan en largas distancias, imágenes panorámicas, sonidos y músicas que invaden el universo del silencio hasta desbordar los límites de la imaginación.
Esta mañana mis piernas quieren hacer valer su condición de señuelos literarios y me susurran al oído sugerentes opciones que tienen más que ver con lo sensual que con lo sencillamente utópico; es el juego de la vida, la necesidad de exprimir cada momento. No hay nada que objetar, mis piernas siempre dan en el clavo.
* * *

Estoy preocupado. Me preocupa la solidez muscular. La geología de la piel.
6

13 de diciembre
- No hay razón para que tengas miedo. La soledad no agrede... - me lo dijo como quien habla al espacio sideral, asomando el morro por un diminuto ojo de buey y arrastrando las sílabas de un modo muy extraño.
- La soledad erosiona - le contesté sin hacer tan siquiera el esfuerzo de mirarle; mucho menos aún pude esforzarme como para elaborar una respuesta en la que quedaran plasmadas todas las elucubraciones que me invaden en los últimos tiempos y que tienen TODO que ver con... «el tema»...
Las 08:35. El cielo pasa lentamente del gris oscuro al azul claro [azul cielo...]. La impresión es favorable. Me siento en una silla de la cocina y, mientras me ato los cordones de las zapatillas de correr, establezco uno de esos diálogos en voz alta conmigo mismo; me explico con claridad cómo de perfecta va a ser la vida que aún me queda por vivir; la tranquilidad, la paz interior, las posibilidades inesperadas, las puertas abiertas a mi universo creativo, la luz, el sol del próximo verano, el mar; sólo le pido a «HippieGod» que me conceda cuatro o cinco últimos veranos, sí, últimos veranos, cada verano... el último verano, tiempos de melancolía, de plenas sensaciones, de piel quemada y de aromas de cremas protectoras.
«No me dejes solo, Hippie... no me dejes...»

- Te voy a dar un consejo, Tyler, un consejo que me gustaría haberte dado cuando ibas al instituto, entre aquellos rollos de no tomes ácido y no bebas si conduces. Me gustaría que los que dan consejos nos lo hubieran dado. Cuando uno se hace mayor le domina una sensación espantosa, horrible, que se llama soledad. Uno cree que ya sabe lo que es, pero no lo sabe. Aquí va una lista de síntomas, y no te preocupes... la soledad es la sensación más universal del planeta. Simplemente recuerda un hecho... la soledad pasará. Sobrevivirás y serás más humano gracias a ella.
- Yo nunca estaré sólo, Jasmine.
- Ya veo que eso te ha entrado por un oído y te ha salido por el otro. Bueno, pues trata de no olvidar del todo lo que te acabo de decir.
Shampoo Planet, Douglas Coupland [cap.27]

* * *

Creo, aún creo en la vida.
7

25 de diciembre
«La soledad»

Tengo la impresión de estar flotando.
En la terraza la oscuridad y el silencio baten con fiera determinación el tejido que oscila al viento, las prendas de mi cautiverio. He pensado en salir de casa, pero no tengo adonde ir. He pensado en multitud de cosas que bien pudieran dar contenido a estas horas vacías, pero no consigo poner en movimiento mi sobrealimentado cuerpo.
Tengo la impresión de estar en proceso de descomposición.

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© Zalberto | enero - 2026