 Un día peculiar, repleto de emociones y efluvios de cerveza, sumido en un ambiente desapacible y orientado más al negro futuro que al deseado mañana. Y siempre el causante de lo negativo es el mismo: Jesús, el poeta arrepentido. Incluso sin hacer acto de presencia, le basta abrir el teléfono y pulsar la tecla M1 para desencadenar un aluvión de sentimientos encontrados y una catarata de voces y frases mil repetidas y mil desatendidas. Ahora está obsesionado, necesita a toda costa reunirse con «la familia». Seguramente ya tiene bien ensayado el papel de padre amante y entregado. Seguramente habrá practicado los sollozos, las encendidas palabras de amor, habrá calculado minuciosamente todos los momentos claves de su actuación y tendrá bien elegidos los giros y las inflexiones, incluso la modulación de la voz más acorde a cada instante de su magistral interpretación. El se sabe, o se cree, un actor consumado, él no duda de su éxito total; ésa es la razón por la que le consume la impaciencia y no ve llegar el momento del estreno de su última y mejor performance. Mas... no siempre nos salen las cosas cómo deseamos, no en este caso. No. Su público no quiere acudir a ver la obra, fundamentalmente porque la tiene muy vista; es una reposición que en su día tuvo éxito, pero que en los tiempos que corren ha perdido toda la credibilidad. El guion está muy manido. Los diálogos son poco originales. El lenguaje parece sacado de otra época. Y, para rematar la faena, los monólogos que están en boga hoy en día son de carácter humorístico, y ya no se llevan los de contenido épico orgiástico, los de estilo autobómbico y insoportáblico... por supuesto nunca en verso, nunca recitados con voz engolada e intensidades sinusoidales... |