Yo no lo quiero, lo juro. Yo quisiera que las cosas fueran de otra manera, pero lo que yo quiero no se corresponde con la realidad de los hechos. A mí me gustaría que todo fuera mucho más fluido y que las personas empatizaran francamente, sin engaños ni disimulos; pero no suele ser así, no en alguno de los que me «rodean», no. Hoy Joshua se ha presentado en casa y parecía que no hubieran pasado las semanas, los meses. Volvía a presentarse ante nosotros el rapsoda de los cojones, el altivo catedrático de las pelotas, el number one de nada. Venía pontificando, venía incordiando, venía pinchando al azar, venía y no quería marchar. Yo no quería hacerlo, pero lo he hecho: he mostrado mi cara más hosca, mi yo intransigente ha tomado la escena y he saltado a la yugular de sus tontas palabras, le he dado caña. Han sido varias las veces que le he mandado a la mierda, como suena, «A la Mierda» con mayúsculas. Yo no quería, pero no he podido evitarlo, o evitarme. Y a Joshua nada de esto le ha parecido bien; se ha disgustado bastante y era previsible. Cuando salía a regañadientes por el pasillo camino de la puerta, refunfuñaba, pero yo no he sabido lo que decía: no podía yo escuchar, mis orejas estaban protegidas con mis maravillosos auriculares nuevos, los de a 1€ de AliExpress, y no he escuchado sus argumentos furiosos. Justo ha llegado Ima y ella más tarde me ha explicado que iba lanzando fulgurantes lamentos «Que soy un viejo, que hay que respetarme»... otro clásico de la poesía medieval. Y ya digo, yo no quería que la situación desembocara en tragicomedia o en melodrama o en mierda puta. No quería que pasara así, pero así ha pasado. Y Raquel? Raquel sufriendo, sintiendo la impotencia, no sabiendo si llorar o cabrearse, no viendo una salida -yo tampoco la veo-, atascada entre sus deseos y las realidades, chocando de frente contra el muro de la incapacidad del poeta para hablar en prosa, o, más bien, para escuchar en prosa, o en verso, que da lo mismo, pero escuchar un poco, o un mucho... Y un rato después Raquel ha ido a su casa a hablar con él, a intentar razonar con él. Es harto difícil, es imposible, siempre miente, no diferencia la verdad de la mentira. Para Joshua la simulación es la vida, es la manera correcta de hacer las cosas. Él cree que con decir «Prometo que voy a portarme bien» ya está todo hecho. Pero no sabe que nosotros ya no nos creemos nada, sabemos que en su cabeza hay formada toda una intriga compleja y estúpida, una trama infantil sustentada en mentiras y falsas verdades, una farsa que él cree que funciona, pero que sólo lo cree él, sólo él. La última mierda es que quiere ir al pueblo a pasar el día, con su hermano Chechu. Nosotros ya sabemos que hay algo más, algo tan tonto como que querrá repartir ejemplares de su maldito libro entre alguno de sus miles de admiradores ¿? Y sí, era eso. Ha confesado a Raquel que su razón oculta, oculta tontamente, es ésa: quiere ir al pueblo a dar un par de ejemplares a José Luis y a Jesús; yo qué sé quiénes son. Y para esa mierda no sabe otra cosa que montar una película de mierda y preparar una trama de mierda y liarnos a todos en su mierda y la madre que lo parió. Finalmente Raquel le ha convencido que se espere a ir con nosotros la semana que viene, que es Semana Santa, y podemos aprovechar para matar UN pájaro de un tiro. Planazo total, Semana Santa en Santelices con el rapsoda de los cojones... Y yo ya lo digo: yo no quiero que pase, pero lo mismo vuelve a pasar. Lo mismo pasa. Y yo no quiero, lo juro, no quiero que pase. |