 Intentar mantener la línea cronológica de las andanzas poéticas es harto difícil, enrevesado más bien. Los hechos se suceden a tal velocidad que cuando me paro a recapacitar sobre ellos, se me amontonan en la memoria y todos parecen estar bien ubicados de un modo aleatorio, desordenados, indiferentes al orden en que vayan colocados; así de liado.
Desde primera hora de la mañana los acontecimientos se desencadenan. Nos avisa el Jarritas que el poeta anda ya pidiendo dinero por los comercios de la zona; léase en la panadería, en la tienda de los periódicos, en el Jarritas y no en el Extremeño porque está chapado.
Raquel ha salido a su encuentro y ha estado apagando fuegos, pidiendo perdón a todo el mundo e instándoles a que nos pongan sobre aviso si reaparece haciendo de las suyas.
Cuando sube a la casa de su padre descubre que ha perdido el móvil 1 y que no le queda ni un duro de los 50€ 2 que le dio el día anterior, para que tuviera cubiertas sus necesidades de ocio alcohólico. Y a pesar de someterle a un riguroso interrogatorio no logra descubrir qué cojones hizo con ambas cosas.
Al rato nos animamos los dos a subir a su casa a rebuscar por todos lados con la vana esperanza de encontrar el teléfono y la pasta. Esfuerzo inútil. Para colmo Jesús no cesa en su afán de salir a dar una vuelta por el barrio, y aunque intentamos disuadirle pasa de nosotros. Así que nos volvemos a casa, con la actitud de «que haga lo que se le ponga». También en vano. Al rato nos llama Esther, le ha avisado la Ertzaintza que su padre está confuso e inestable a la altura del Pollo Riko, junto al Carmelo. Sin pausa, salimos disparados hacia allí. Nos encontramos al poeta sentado en un banco, enfrente de la Farmacia, consolado por unas señoras y vigilado por una pareja de Ertzainas... ¡¡¡la pareja que estuvo hace unos meses en la puerta de casa, cuando el actor dramático se dejó caer frente a nuestro portal para llamar la atención del planeta tierra y que estuvo a esto de lograr una nominación al Oscar del Capullo Protagonista!!!. Uno de los ertzainas me reconoció al instante y puso cara de circunstancias. En fin, que cogimos al pintas del sobaquillo, Raquel de un lado y yo del otro, y nos lo llevamos a casa. 3
Seamos sinceros: lo más a lo que aspirábamos es a que se quedara frito en la butaca y que no tocara los cojones durante un rato, un rato por favor.
Le sentamos en la butaca reclinable, y le reclinamos, jjj. Le quitamos los zapatos y le cubrimos con una mantita suave y esponjosa. Para endulzar su entrañable sopor, Raquel sintonizó unos sets de Roland Garros, una de las muchas pasiones que embargan al ilustre gramático, al adalid de las rimas asonantes. Aquello funcionó durante unos minutos, y aprovechamos para tumbarnos también nosotros y hacer lo posible por alcanzar el nirvana, aunque fuera durante un breve lapso de sublime elevación espiritual. En vano también, al poco aquel cuerpo inerte, aquella alma atormentada comenzó primero a farfullar palabras inconexas y poco a poco aquellas palabras se fueron hilvanando entre ellas y su voz se fue volviendo clara y hermosa y de su boca reseca fluyeron unos maravillosos y nunca antes declamados versos y los allí presentes no le dimos con un zapato en la cabeza porque dios no lo quiso. Muy bonito todo.
Pues así estuvimos un rato, hasta que el mesié se despertó lo suficiente como para darse cuenta de que se le estaba escapando la tarde sin atender a sus múltiples compromisos; le esperaban sus seguidores y sus discípulos; le esperaban en el Extremeño; le esperaban en la Asociación de Veteranos de la Gran Poesía Épica; le esperaban también sus acreedores; le esperaban, sí, le esperaban, y él no podía defraudarles.
Así fue cómo el rapsoda en calzoncillos se erguía firme sobre sus delicadas piernas y agitándose todo él como si estuviera poseído , gritó «dadme dinero que me largo». Así fue. Sí, así fue como se largó, pero tuvo que esperar a que Raquel le trajera unos pantalones limpios y secos... que de los que llevaba al salir de casa... de eso no se puede hablar, que soy un caballero.
Y nada, ya con sus pantalones y su canesú el mambrú se fue a la calle, feliz y contento, libre al fin de las garras de sus carceleros malvados; con un billete de 20€ en el bolsillo.
Y que todo el mundo tenga por seguro que todo esto que acabo de contar es la verdad y solo la verdad y que si falta algo de contar que no le extrañe a nadie, porque si ya no me he vuelto loco y no he comenzado a platicar en rima y a canturrear en verso es porque aún me faltan muchos bitters que beber y muchos tigres que sorbetear. Queda dicho.
1 El móvil se lo dejó no se sabe cuándo ni cómo en el Extremeño, y lo tenía a buen recaudo el Iñigo, el colega de Karim.
2 Los 50€ los gastó en calcetines, fue su manera de compensar las penurias que había sufrido en el pasado un pobre africano vendedor de ropa interior...
3 El 3 porque no hay 2 sin 3. |