Dado que el día anterior nos quedamos con las ganas de más Granada, se decidió dar solución al asunto. Una reserva en el Hotel Macia, otra en el restaurante Damasqueros y una última en el tablao Casa Ana, todas ellas completaron armoniosamente el plan de un día perfecto en la glamurosa y ardiente ciudad de Iliberri. El viaje comienza a primera hora, tras desayunar y tras preparar una maletilla con las cosas de ambos, de Raquel y de moi. Hacemos parada en La Casita de Papel para desayunar tostada con atún y tostada con jamón. Llegamos a Granada embullidos en el marasmo del tráfico. El coche se deja estacionado en el parking de la Puerta Real; como siempre. Granada arde, sus calles arden, sus vecinos buscan la sombra. Nosotros, del parking al Hotel Macia. El conserje nos otorga la habitación 402, en todo lo alto del edificio; una habitación sencilla pero perfecta. Sin preámbulos salimos a callejear por todo lo céntrico. El plan para la mañana es visitar el Museo Arqueológico, el que está en la Carrera del Darro. Pocos elementos, pero guays; además la temperatura interior aliviaba el bochorno exterior. Y llegada la hora del mediodía ponemos rumbo al restaurante. Damasqueros. Menú degustación con maridaje; 95 euros por comensal. Una comida, como las anteriores veces, inolvidable. Los caldos que nos ofrece el sumiller son todos de la zona; alguno de Cadiz, manzanilla y similar. La comida exquisita. Al finalizar el desfile de platos sale a saludar la chef, la Lola, una mujer con ganas de poner los puntos sobre las íes. Un encanto de persona. Del restaurante al Hotel; Raquel se va de tiendas y el nenebueno se apalanca en la cama a descansar, que todavía falta mucha tarde por quemar. A las siete y media tenemos reserva en un tablao a escasos metros del hotel, en la calle Cárcel Alta. El tablao se llama Casa Ana. Nuestra reserva es en primera línea, a los pies de los artistas. Con puntualidad británica comienza el espectáculo. Dos cantaores, un guitarrista, una bailaora y un bailaor. Una hora que se me hizo muy corta; en verdad que me gustó mucho. Al salir a Raquel se la notaba con ganas de más; así que deambulamos por la Carrera del Darro buscando un lugar bien ajustado a los calores de la tarde. Y la elección salió bien: una taberna moderna y antigua en la que nos triscamos tres copazos de blancos tipo Calvente que nos pusieron ciertamente en órbita, sí, en esa órbita que te pide ir más allá y nunca más acá. Y este martes granadino así fue. |