10:00. Un vigilante de seguridad abre las puertas del museo ante mis narices. Miro la hora: las diez en punto. Jajaja, me lo merezco, la puntualidad es uno de mis puntos fuertes, me define en mi relación con el tiempo y las buenas maneras. Ante el control de la entrada se agolpan turistas que enarbolan sus entradas impresas; yo me escabullo -me cuelo, en cristiano- con disimulo, camuflado tras mis auriculares bluetooth, mostrando, enarbolando con indiferencia mi carnet de Amigo del Museo. Ya estoy dentro. Sin titubear me dirijo a mi ascensor favorito, el enorme ascensor. Objetivo? Planta tercera, y desde allí ir descendiendo para disfrutar de las vistas interiores desde las alturas. Al salir del ascensor me doy de morros con una instalación curiosa. Un contenedor de dos por tres al que se accede recorriendo un pasillo delimitado por cintas para hacer filas, jeje. «Qué será esto?», me pregunto, y le pregunto por ello a una señorita que está uniformada museísticamente. «Es una instalación de Yayoi Kusama, para acceder tienes que leer este código QR y acceder a una web en la que coger cita». Todo eso. Lo gracioso del asunto es que soy el primero que pasa por allí, así que ni cola ni espera ni nada. Y entro, y lo gozo. Dejo video.
Sigo mi visita. En la tercera hay unas salas dedicadas a Oskar Kokoschka; para mí un desconocido, una sutil sensación sonora del tipo «éste me suena». Me deja bastante impresionado... Kokoschka, un individuo bastante relevante del siglo XX, un artista y un tipo muy involucrado con los tiempos que le tocaron vivir en esos países de Europa tan proclives a las matanzas; Checoslovaquia, Alemania, Inglaterra, y tal. Su biografía fijo que es fascinante; asunto pendiente (añadiré enlaces). Salgo de la exposición de Oskar pensando que sería difícil encontrar tanta satisfacción en el resto de las muestras; craso error. En la segunda exponen obras, pinturas, de Lindsey Yiadom-Boakye; ni sonarme ni nada. Una delicia. Todas las obras muestran a hombres y mujeres negros; planos generales, medios planos, primeros planos; óleos, carboncillos, dibujos. Una gozada. La muestra es extensa y da para disfrutar al máximo. No me canso de sacar fotos. Creo que volveré. Dejo atrás a Lindsey. La intención es visitar las obras de la planta baja, en donde exponen cosas de Yayoi Kusama, pero el gentío me desalienta y pienso «ya vendré en un momento mejor». Además ya he disfrutado del aperitivo visual en la tercera, en esa caja de luces y destellos, de espejos y reflejos; otra pasada, impresionante. Me largo. Hago un amago de tomar un algo en la cafetería del Guggen, pero me desalienta la lentitud de las muchachas uniformadas; un rasgo de mi conducta que no me beneficia. Regreso al barrio caminando por el Campo Volantín y cogiendo el metro en San Nicolás. Mi destino y objetivo es llegar a casa, a tiempo de preparar unas sabrosas lentejas, sólo verduritas ricas y una cachitín de chorizo por cabeza (que a Raquel le regalé el mío). El resto del día reposo y relax.
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