Leticia y sus afanes
martes, 26 de septiembre de 2023

El estado general de mi cuerpo en este día que comienza no es el más deseable ni el más armónico. Dos son los entornos físicos en los cuales me desenvuelvo con padecimientos; uno, el de los granos que colonizaron mis piernas y otras zonas de mi cuerpo en menor medida tras las andanzas montañeras del pasado miércoles por los aledaños del Marinda; dos, el desgarro y la quemazón que brotan como surtidores de fuego allá donde mi muslo derecho se funde con el bajo tronco, en esa zona que llamamos «ingle» y que se dio a conocer y vio la luz cuando me disponía a ejecutar con gran maestría un fondo de codos prietos apoyando mis anclajes plásticos en el acolchado de la chaislong, confiado y seguro de mí mismo. Tanto malestar, tanto picor, tanta quemazón, me llevaron a solicitar una cita con mi doctora, con Leticia Isla; en el formulario marqué las 10:00 del martes 26 de Septiembre, hoy. Y éste es el plan para ejecutar hoy: presentarme a las diez en el ambulatorio de la División Azul a ofrecer mi cuerpo para un reconocimiento exhaustivo a la sabiduría experimentada de Leticia y su sonrisa ligeramente burlona.
A primera hora Raquel se ha conectado con Maite para hacer la clase de abdominales, ésa en la mi participación hubiera sido segura de no ser por mi desgarro inguinal. Pero Raquel no se libra y se da caña a sí misma al ritmo de la voz que viaja desde Castro Urdiales hasta nuestro amado Palomar. Yo miro y mientras tanto preparo unos huevos cocidos para desayunar sólidos.
Son casi las nueve; me visto y me voy. El metro está atestado de gente que se desplaza a sus quehaceres o a lo que sea que se desplace. Me duele la ingle cuando me siento, pero me siento, son muchas paradas y se me va a hacer largo hacer el trayecto en pie.
En Sani. Las nueve treinta. Subo a casa a devolverle a Tachón la camisa que trajo de Japón; es evidente que no la voy a usar, así que... se la dejo sobre una de sus dos camas. Por las cosas corporales insospechadas siento en este preciso momento un apretón de ésos que no admiten demora. Me instalo sobre el esmaltado en blanco, aprieto con fuerza y un grito de intenso dolor escapa de mi garganta: me desgarro y me abraso. No lo esperaba. A duras penas cago y me limpio. ¡Qué mierda!, pienso.
Ya estoy en el segundo piso del Ambulatorio de Sani. Leticia atiende en la consulta 206. Apenas hay público, un grupete de tres mujeres de edad y un tipo de tono treintañero. Dudo si sentarme o quedarme de pie; pero me siento. La gente va pasando; en la sala de espera me relajo con el móvil y espero. Ya son las diez y diez, y una voz femenina se escucha desde el fondo del pasillo «Alberto...». «Voy», contesto al tiempo que me incorporo y mientras guardo con ligero nerviosismo las gafas y el móvil en la mochila verde.
- A ver, Alberto, qué me cuentas.
Leticia apenas ha cambiado, se la ve tal y cómo la recuerdo.
- Te cuento.
Y dando rienda suelta a mi verborrea ya mítica, le detallo todas las vicisitudes que me han llevado hasta su consulta. Bla bla bla...
Paso de entrar en detalles. Me receta 2 cajas de Ibuprofeno y una caja de un antiestamínico, de Ebastina Alter. También hablamos de hacerme una analítica; otro bla bla bla. Salgo del Ambulatorio con un par de folios impresos, los que he de presentar en el mostrador de la entrada para solicitar cita para la analítica; es de sobra conocido mi renuencia a someterme a estudio, por lo de mi lema «Ojos que no ven, corazón que no siente»; pero algún día tendrá que hacerse; se verá cuándo.
En la calle el día está alcanzando su momento luminoso. Lo apetecible sería hacer el regreso a pie, caminando por la orilla del Nervión, pero desconfío de la ingle; así que me incorporo al flujo subterráneo y viajo hasta la salida de Zabalbide, con el objetivo de comprar suministros en el BM.
Queso fresco, yogures, pipas, leche, jamón cocido, butifarra. El siguiente destino planificado es la frutería de mis fruteras, pero me siento tristón, por lo que decido hacer una parada para repostar en el Extremeño, y visitar a Karim y sus afamadas tortillas. Pincho y zurito; y cigarrito.
Quince minutos después y tras una distracción mental necesaria me encamino hacia la frutería. En ese preciso momento el móvil vibra en la pernera de mis bermudas: es Raquel que me dice que justo va a salir. Le comento que voy a entrar a la frutería y se apunta al evento. Vainas, patatas, cebollas, pimiento verde, aguacates, tomatitos cherris, fruta. Raquel marcha al Decathlon a comprar unas chanclas para la piscina del Metropolitan; yo subo a casa, empujado por un gran deseo de reposo.
De la comida del mediodía me encargo yo. Lentejas con morcilla de Burgos.
Comemos. Me acomodo en la cama a pasar un par de horas de descanso inguinal. En el Xiaomi TV me veo el capítulo sexto de Ashoka; me está agradando, me distrae.
El resto del día pasa lentamente y sin complicaciones. No cenamos de fuste, picoteamos queso y embutido mientras vemos MasterCherf Vip apalancados en las dos butacas, con el Indi arretumbándose en una y otra, feliz y mimoso.
Son las nueve y ya estamos acostados. La serie de hoy es de manufacturada y ambientación hindú, «Los Falsificadores»; seguiremos informando de este asunto.

Nota medicinal.-
El Ibuprofeno 600, tres sobres con las comidas.
LA Ebastina Alter 20mg, una pastilla al día, tras la comida del mediodía, la fuerte.

Nota famulio.-
Esther, Amaia y Jorge están en Santelices.
Rebeca y Txetxu continúan su periplo viajero por la España milenaria. Hoy en Segovia, ayer en Cáceres.

Otra nota.-
Investidura fallida de Feijoo en el Congreso. Sánchez no da la réplica a Feijoo, lo hace Óscar Puente.

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© Zalberto | enero - 2026