 Viernes, en Cádiz amanece con mal tiempo. Sopla un viento casi huracanado -de ello hablan los noticieros desde hace días: la tormenta Ciarán- y a ratos llueve con intensidad. En mi fuero interno me muero de ganas de regresar a casa. Estoy cansado, el aductor no deja de darme guerra y ya no me quedan ganas ni interés en seguir deambulando por Cádiz, y tampoco muchas ganas de plimple etc. Afortunadamente creo que a Raquel le pasa otro tanto, así que en una decisión unánime decidimos desalojar el Ático del Marqués a primera hora, el tiempo necesario para recoger el piso, embalar los trastos y salir pitando. Son las 9 y poco de la mañana cuando nos ponemos en marcha; un rato antes he preparado unas tortillas francesas de 3 huevos para comer por el camino. La ruta elegida nos lleva por la autovía XXX hasta Sevilla, en donde cambiamos de autovía y nos pasamos a La Vía de la Plata. Al rato de circular por allá, Raquel improvisa un poco y sugiere desviarnos un poco para conocer el Monasterio de Guadalupe, y a mí me parece genial. El caso es que cuando estamos circulando por aquellas carreteras de dios, Raquel encuentra en uno de sus fisgoneos con el móvil que pasamos cerca de un curioso yacimiento romano, el fuerte de Hijovejo, muy cerca de Cancho Roano, en los entornos de Villanueva de la Serena, en la comarca de la Serena. Para allá que nos vamos. Antes de aterrizar por Hijovejo hacemos una parada en mitad de los campos extremeños para comer las tortillas en plato de plástico, azotados por el viento; interesante situación, en la puerta del vallado de la finca La Escobosa. Hijovejo. (pendiente entrada en exclusiva) Pasote de yacimiento, una maravilla. Descendemos del coche y llueve ligeramente, una nube espesa y oscura está aposentada sobre nuestras cabezas y amenaza con enturbiar la exploración; pero al poco remite y cesa, aunque no escampa del todo. El yacimiento es emocionante. Esas enormes piedras de granito que sustentan y dan forma al fuerte. Esa disposición de los muros, los espacios y las estancias, tan de carácter militar. Ese dominio el territorio. En una de las placas explicativas se nos cuenta que en la comarca hay unas tres docenas de esos fuertes o torres, dependiendo del caso, y que Hijovejo es el mejor conservado y el más visitable. Sin pausa continuamos recorriendo aquellas tierras, en dirección a Guadalupe. Río Gargáligas. Una comunidad nacida en la postguerra con el objetivo de poblar la zona. Río Cubilar. Yeguadas, ¿campos de arroz?. Y por fin... objetivo Guadalupe. Al dejar atrás los campos horizontales, inmensos de las comarcas del Gargáligas, e internarnos en las zonas boscosas y agreste, montañosas, del Geoparque de las Villuercas, el paisaje muta totalmente y uno tiene la sensación de estar circulando por las tierras cantábricas. Son las cuatro cuando aparcamos en Guadalupe, estamos resecos y hambrientos. Una caña en un bar junto al parking y al monasterio: la visita es guiada y sale a y media; así que disponemos de apenas unos minutos para matar el gusanillo. En un súper compramos un paquete de Bocabits y otro de Onduladas. En hall de la recepción del monasterio, donde venden las entradas, hay un nutrido grupo de argentinos, fieles y creyentes. laicos y algún seglar, que también esperan el inicio de la visita. No me enrollo. El monasterio es un monasterio, pero tiene sus cosas que le hacen absolutamente especial, fundamentalmente que fue un lugar frecuentado por los reyes hispánicos que dieron más gloria a la nación: Carlos I y Felipe II. Este lugar requiere también una entrada más intensa y más extensa. El farol de la nave capitana de los turcos en Lepanto. El escritorio de Felipe II. La deslumbrante Sacristía. La Virgen Negra, negra como todas las vírgenes negras. La biblioteca de libros miniados. La colección de ropajes eclesiales. El Camarín de la Virgen... Salimos del monasterio. Llueve. La ingle me arde. Sufro dolor al acomodar mi cuerpo en el asiento del coche. En mi ignorancia habitual tengo la creencia de que de Guadalupe a Salvatierra de Tormes, donde hemos reservado habitación para pasar la noche, la distancia que nos separa se puede cubrir en aproximadamente una hora, sesenta minutos; pero no, error, lo corriente, la distancia supera las dos horas y media, lo que implica que irremediablemente llegaremos allá entre las sombras de la noche y las ráfagas de viento y agua dulce y fría. Hotel Rural Salvatierra. Llueve y hace frío. Las calles del pueblo, pocas y cochambrosas, rurales, están desiertas y poco iluminadas. En un primer intento no damos con el hotel; en un segundo sí. Es un edificio en el que no hay indicios que puedan sugerir que hay un hotel; pero lo hay. Al pasar junto a una casa en la que hay luz en lo que parece un bar de pueblo, con sus dos contertulios habituales, descubrimos que "eso" es el hotel. En una ojeada nos resulta desalentador, pero al pasar al interior, a la zona del hospedaje, descubrimos un establecimiento muy bien acondicionado, con su comedor bien preparado, con sus manteles blancos y sus menajes, con sus ventanales y con un su espacio espacioso. Un vistazo también a la sala de lectura y ocio: muy acogedora. Habitación 10, en la planta primera. Sin pegas; pero... en la cama que me auto asigno una enorme mancha de humedad, como de gotera reciente, empaña la visión de blancura inmaculada del resto de las sábanas. Vaya por Dios. Bajamos a cenar. Ya sentados a la mesa, le comento a la muchacha que nos había hecho la recepción lo del asunto "mancha en sábanas". Con una gran diligencia, muy profesional, nos gestiona un cambio de habitación: nos pasa a la nº6, una habitación dúplex, con la zona dormitorio e todo lo alto (véase fotico). Cena. Ensalada de aguacate con langostinos, Solomillo de ternera con ensalada. Chupitos verdes y vino Illera de la tierra de Castilla. 56€ con la cervecita de llegada. Y a descansar que el sábado nos espera la lluvia y el viento en las riberas del Duero. |