 Un día para olvidar. Mi estado anímico está por los suelos, no siento ningún tipo de apetencia; si me pregunto a mí mismo «¿qué te gustaría hacer ahora mismo si pudieras hacerlo y estuviera al alcance de tus posibilidades?», mi mente pasa del gris al blanco, o al negro, y apenas se escucha un murmullo que sugiere sandeces y obviedades... una lástima, pero es así. Además es recurrente el visualizar un mundo de porros y flipes continuos, aún cuando sé que no se corresponden los sueños con las realidades; sobre todo en este caso. Además llueve sin parar y hace frío. A eso de las diez he salido a dar una vuelta, pero he fracasado. He bajado al Casco por las escaleras de Solokoetxe, he cruzado el puente del Arenal y he regresado en metro desde la estación de Berastegui, todo ello sin pausa ni placer; un completo desastre. Al cabo de no más de media hora estoy de vuelta en casa con el potroso objetivo en mente de preparar la comida y ya. Mal. Creo que voy a tener que hablar con Virgilio, aunque sé que no soluciona nada, o que incluso lo empeora; en fin. Carrileras con guisantes y patatas fritas en cuadraditos, de comida. Ensalada de tomate, mozzarella y aguacate, otra ensalada de rúcula con yogur apepinado del Mercadona, y tortilla francesa, de cena. 20:50. Arropado en la cama y dispuesto a encontrar el sueño y el descanso mientras en la 55 pulgadas ponen una serie italiana de mafiosos italianos, los Anacleti y los Luciani, y tal (no recuerdo el nombre, quizás porque es una serie bastante insignificante...) Indalecio ha dormido casi toda la noche con nosotros, justo en el medio. Un día, como digo, para olvidar. Veremos mañana...
Nota Raquel.- Está de curso online de DEVO, martes y miércoles, de 8:30 a 14:30. Mi impresión es que está siguiéndolo con interés. |