 Día 3º y regreso al nido. Raquel termina hoy su estancia madrileña. Durante la mañana se ha dedicado a confraternizar con sus nuevos colaboradores, se le da bien tejer hilos invisibles en los que enredar al personal; yo le deseo un éxito total, pero habrá que esperar y ver. Su tren de vuelta a Bilbao sale a las 17:45; me ha escrito a esa hora más o menos para decirme que ya estaba en el tren; o sea que todo va según lo previsto. Finalmente la idea de viajar en tren y pasar del estrés aéreo se ha demostrado inspirada. Hoy el tiempo ha dado un giro radical, hemos pasado de unas temperaturas primaverales y unos cielos azules a una tarde de lluvia y frío, y sobre todo un día de vientos fuertes, y ráfagas de ésas que te llevan por delante, de ésas que generan curiosos videos de aviones luchando por aterrizar en Loiu mientras son sacudidos por el viento; un día de tipo estándar «múltiples vuelos suspendidos en Bilbao a causa del viento». Cómo será la cosa que Raquel me ha enviado un mensaje ya instalada en su asiento... La que va delante mío está hablando con iberia, pregunta cómo tiene que reclamar porque esta mañana ha cogido un vuelo a Bilbao y han vuelto a aterrizar en Madrid, lleva desde las 6 de la mañana queriendo llegar a Bilbao 😱 Qué bien, y más teniendo en cuenta que fui yo el instigador de la opción ferroviaria, por mi aversión a la experiencia aeroportuaria, por toda ella, por el maltrato que las aerolíneas someten a sus clientes, por el trato enajenante, por las colas, por las esperas interminables, por los retrasos sin explicaciones, por el robo a mano armada en los garitos de los aeropuertos, por la posibilidad de perder el equipaje, y, que no se olvide, por la desagradable apretura a la que son condenados los cuerpos mientras dura la estancia en el interior de la aeronave. Es la hostia. un inciso para reseñar mi dominio de la jerga aérea, como se habrá podido comprobar; pero sigo. El viaje en tren dura demasiado y todos los usuarios de por aquí estamos ansiosos por ver terminada la línea de alta velocidad que nos una con el resto del país. Incluso sin alta velocidad el viaje en tren aporta características que superan de lejos al vuelo comercial. El nivel de estrés no admite comparaciones, por empezar a hablar de algo; y no es moco de pavo, en el tren el viajero se puede relajar; los asientos son amplios, cómodos, se pueden estirar las piernas y recostar el cuerpo; la mente se puede ocupar en cosas estimulantes: se puede leer, se puede escuchar música, se puede trastear en el PC, en el móvil, en la tableta, y, lo mejor, se puede dejar la cabeza volar por el paisaje, una experiencia siempre gratificante. Que sí, que aún en estos tiempos de locura acelerada todavía es posible encontrar un rincón del tiempo en el que dejar los pensamientos fluir sin prisa, sin prisa; sin prisa.
Y mientras todo esto sucede allá en la meseta norte, mi día en las laderas y en las orillas de la ría se desenvuelve en la placidez y la cordura. La noche, el dormir, el gato pegado a mí, el despertar tempranero, las seis de la mañana, el café ante el ordenador; todas esas cosas. A las ocho y media me he conectado con Maite para hacer unos abdominales; sin nada que objetar. Y antes de ponerme en marcha he dedicado el tiempo necesario a eliminar el exceso de pelambrera en mi breve cuerpo; ante el espejo del despachito he ido dando su momento a mi surtido de maquinillas depilatorias hasta sentir que ya estaba bien; luego la ducha y el afeitado; luego el vestir el uniforme de calle, hoy camiseta Primark azul y vaqueros, y zapatillas verdes Decathlon; y agarrar el carrito con seguridad, los cascos desgranando melodías dulzonas -me está dando por ahí estos días-, la fe en mi capacidad para soportar el frescor mañanero pasando de sudaderas y similares. ¿En la calle?; pues bien, un viento inesperado, muy fuerte, algunas ráfagas parecía que podían hacer volar; pero no, yo no he volado, yo he bajado al LIDL y de allí al BM y de allí a la frutería y con el carrito a rebosar he regresado a casa a colocar todo en sus lugares predestinados -jaja-. Ya digo, una mañana tranquila. Y como no me apetecía apalancarme en casa a horas tan tempranas -serían las 12- he dejado todo en su sitio y me ha largado con viento fresco -mucho viento eso sí-. Sin rumbo. Escaleras y ascensores de Solokoetxe. En la calle Correo he echado un vistazo al material masculino del Tezenis; una sudadera me ha gustado, me la he probado pero me quedaba grande, una M y no había S... otra vez será. He cruzado el puente del Arenal y me he desviado hasta el Decathlon; nada de interés. Vuelta a casa. En San Nicolás he cogido el metro; me ha tocado rellenar la Barik. Me gusta coger el metro en el Casco Viejo, sólo es una estación y es como... como poco, y mola. Las 13:13 y de nuevo en casa, pero ya con hambre. Lo primero: atender a Indalecio, por supuesto; lo segundo: cocinar. He preparado un clásico contemporáneo de Alberto: la crema de calabacín salpicada por brotes de coliflor cocidos al vapor de la vaporera -30 y algún minuto-. La condimentación ha sido leve, deliberadamente leve; poca sal, poca grasa, y toque intensos de albahaca, jengibre y cúrcuma -de botes todo ello-. Media hora larga después me he servido un plato hondo hasta el borde y me lo he trapiñado ante mi monitos all in one, tan ricamente. Y a sestear con el móvil y el mando de la tele jugando al Zapeando. |