La tesis de Olagüe
lunes, 26 de febrero de 2024

La tesis de Olagüe es que la islamización de España, no fue una invasión armada, sino una difusión cultural por la cual los hispanorromanos adoptaron la cultura más avanzada de la época, que era el Islam, prefiriéndola a la barbarie de los visigodos y demás invasores del norte europeo.
El tema aunque apasionante, no pasaría de disquisición académica sino fuera porque implica una cuestión de relevancia histórica para el momento político actual. Si la tesis de Olagüe es cierta, nos encontramos, ante una más de las manipulaciones de la historia con fines políticos. Los fines no serían otros que justificar la ocupación militar de las regiones costeras españolas por el ejército astur-leones, castellano y catalano-aragones.
Si lo que dice Olagüe es cierto, no eran otros que los propios habitantes de las ciudades y comarcas españolas que se erigían en grupos independientes –los taifas- en un sistema de autonomías descentralizadas muy parecido, en cuanto a dimensiones, al ideal de la poli griega. Entonces seria el movimiento imperialista de un grupo guerrero para imponer su hegemonía sobre unos territorios autónomos.
La teoría de la guerra de religión, «la cruzada», se usaría entonces, como se usó en 1936, para justificar una guerra cuyos objetivos eran económicos y de poder. En esto cooperaría interesadamente la Iglesia, por medio de los clérigos que escribieron la historia en los siglos X y XI, la cual tuvo el máximo interés en atribuir a la conversión española al Islam a una invasión sangrienta, disimulando así un fracaso de proporciones colosales.
Es una constante en la historia que los guerreros montañeses y esteparios ataquen las ciudades ricas y civilizadas de los valles costeros; así sucedió repetidamente entre las estepas y montañas del Asía Central y las culturas china, india y mediterránea. Igual sucedió en la península Ibérica entre las montañas y mesetas norteñas y las regiones andaluza y mediterránea.
Luego, los historiadores han disimulado esta antigua situación de ocupación bajo una leyenda de cruzada, reconquista y liberación. Para ello previamente tuvieron que inventar una «invasión». En esta explicación se olvidaron curiosamente, de aludir al tradicional espíritu de independencia de los pueblos ibéricos, tan recalcado en otras ocasiones: ninguno justifica por qué un país que se distingue por sus luchas de independencia, su valentía y sus guerrillas, fue sometido por 25.000 «árabes» en tres años, sin resistencia alguna.
La verdad, según Olagüe, sería que los árabes no invadieron España y que fueron en cambio, los guerreros del Norte los que conquistaron las ciudades ricas del Sur y del Mediterráneo, destruyendo una cultura que éstas habían elaborado, sintetizando la base iberorromana con elementos adoptados del foco cultural más civilizado de la época: el Islam. Con esto no se quiere decir que no vinieran árabes a España.
Vinieron muchos una vez islamizada ésta. Lo que no vino fue un ejército invasor, sino una seria de comerciantes, intelectuales e incluso caudillos árabes exiliados, que provocaron una revolución cultural en la península. Por ejemplo, como señala Lévy Provençal, en el año 822 llegó a Córdoba el poeta Ziryab, favorito en desgracia de Haroum-al-Rashid, que enseña a la corte cordobesa las normas del amor cortesano, la galantería, la etiqueta e incluso la elegancia y estética personal que se practicaba en la Corte de Bagdad. El collar de la paloma, de Ibn-Azam, es una estela del paso de Ziryab por la Córdoba romana y mora. Las verdaderas invasiones musulmanas no se produjeron hasta siglos más tarde, cuando apretados por los reyes cristianos, los andaluces llamaron en su ayuda a los almohades, almóravides y benimerines, que vinieron del norte de África a partir del siglo XI.
Los argumentos en que se funda Olagüe son difíciles de resumir en un capitulo, y por ello sugerimos al lector que los evalúe por si mismo en el libro; expuestos sucintamente, los más importantes son estos cuatro:
1) Las crónicas en que se habla de una invasión árabe son un texto de Isidoro Pacense, cuya narración llega hasta 734, una historia en lengua árabe por Ibn-Abir-Rika (891), otro del egipcio Abd-al-Hakkan (871), dos crónicas en latín, la de Alfonso III en 833 y la Cronica de Albelda, de la misma fecha; los demás escritos ya son de los siglos XI y XII y en árabe. Según Olagüe, basándose en estos textos no se puede inferir que se produjera una invasión armada árabe en la península; por ejemplo, en la Crónica de Alfonso III se dice que en Covadonga lucharon 240.000 árabes, cosa harto dudosa porque no caben.
2) La famosa traición del conde Don Julián en la batalla de Guadalete puede ser interpretada así: Don Julián, noble andaluz, combate por su independencia contra el godo Rodrigo –recordemos que la Bética no fue goda- y llama en su ayuda a aliados del otro lado del estrecho.
3) Un ciudadano hispanorromano, civilizado y culto, en los siglos VII y VIII, ante la alternaiva de una cultura visigoda bárbara, y más rudimentaria aún en el norte de Europa, tenía que volverse hacia la única civilizada de aquella época, la islámica, heredera y portavoz de la sabiduría antigua. Los hispanorromanos se islamizaron, igual que ahora, por otros motivos, nos americanizamos sin necesidad de que desembarquen los marines en el Guadalete.
4) Es muy difícil entender cómo en cien años, los árabes, que eran unas tribus nómadas necesariamente poco numerosas, conquistaron un imperio de 9.000 km, en tiempos cada vez más cortos cuando más se alejaban de su base; 53 años para Túnez, 10 para África del Norte y 3 para la Península Ibérica. Según el mito de la invasión, Tarik tenía 7.000 hombres y Muza traía 18.000; de modo que con 25.000 derrotaron en tres años a los diez millones de iberorromanizados que a la sazón ocupaban la piel de toro, que resultó, en esta ocasión, un manso sobrero, incompatible con las ancestrales tradiciones ibéricas de Numancia, Viriato, Indíbil y Mandonio, Daoiz y Velarde y demás glorias nacionales.
Lo que sucedió, según Olagüe, fue una difusión cultural por la que Iberia adoptó la cultura islámica, excepto en ciertos reductos norteños, cántabros y pirenaicos que iniciaron una guerra de conquista y unificación territorial. Tanto los conquistadores cristianos, para dar un motivo religioso a sus ocupaciones, como los religiosos cristianos para justificar su fracaso en la península, estuvieron interesados en fomentar el mito de una invasión armada árabe, cuando la , fue en realidad una guerra civil.Desde esta perspectiva, la reforma agraria pendiente en España no sería otra cosa que el pago de las reparaciones de aquella guerra de conquista, sin re.
El propio Ferran Soldevila, que en su Historia de Cataluña está defendiendo la independencia de ésta con respecto a Castilla, llama de Tortosa lo que fue imperialismo de Barcelona sobre está ciudad vecina independiente. Si se quiere autonomía regional, es preciso estar dispuesto a reconocer, por la misma lógica, autonomía comarcal dentro de sus regiones. Y si se denuncia el imperialismo castellano, también habrá que considerar el de Barcelona sobre las comarcas catalanas.
En la guerra civil, Covadonga, cuna de la Reconquista, fue liberada, merced a una de estas justicias poéticas que a veces tiene la historia, por un tabor de Regulares. La historia de España aún no ha conocido una parecida inversión de papeles.
Quienes se ocupen en serio de las autonomías regionales deberían empezar por esta revisión, para situar sus argumentos en una perspectiva histórica correcta. Las cosas cambian mucho cuando se piensa que los taifas fueron aniquilados, no porque eran moros, sino porque eran independientes.

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