Tras disolverse el grupo familiar en el meollo de las 7 calles, Raquel y yo nos encaminamos animosos al Arenal, a la zona del festival de Blues; yo con muchas ganas, lo admito. Aquello estaba a rebosar, pero daba igual: nos arrimamos a las choznas laterales a pillar vaso grande de plástico de birra y nos filtramos entre la multitud para ir avanzando hasta las primeras filas, donde se aprecia bien el espectáculo. Cuando llegamos estaba en su apogeo la actuación de un hombre negro muy gordo que hacía un blues nada original y bastante aburrido; le acompañaban tres mujeres mayores negras que tampoco aportaban nada especial; los músicos nada de nada. Pero bien, lo pasé de cine, disfrutando de formar parte del gentío y de las emociones colectivas. Cuando terminó la actuación y aprovechando que la peña se derivaba a las barras cerveceras (cosa que también hicimos nosotros, para renovar el líquido elemento), nos perfilamos por el lateral hasta llegar al mismísimo escenario, en el que el personal auxiliar se afanaba en montar y desmontar cables y chismes. De este momento surge... la pelirroja de las imágenes. Sin más, una melena naranja al viento siempre produce un efecto de atracción irresistible; pero sin más. La siguiente actuación nos la saltamos: se oía fatal desde tan cerca, y nos estábamos meando; pero esto ya es otra historia... |