El Surrealismo también es una actitud
martes, 27 de agosto de 2024

Cada vez me gustan más los días entre semana, o entresemana, y por razones diversas; un motivo fundamental es que las personas en activo laboral suelen estar muy atareadas con sus cosas y eso permite, me permite, dedicarme con cierto disimulo a mis placeres sencillos y un poco vergonzantes, dedicarme a básicamente dejar pasar las horas con actitud de observador imparcial. Hoy martes, por ejemplo.
Para empezar bien el día nada como madrugar una cosa loca, una cosa como las cinco y pico de la madrugada, o de la noche; circunstancia que se la debo a mi querido y admirado gato Indalecio, el pesao de tomo y lomo. Pero me viene bien ese plus de horas inesperadas para instalar mi mente en el universo telemático y hacerlo en un estado próximo al nirvana. Sólo hay que hacer un cálculo sencillo, contar los minutos que van desde las cinco y medio, más o menos, hasta las ocho menos diez, que es el momento en el que distribuyo en el salón todos los elementos de la sesión gimnástica que toque en el día en concreto, o concretamente, jajaja. Es martes, luego piernas, o normalmente, jajaja.
Dejando atrás las palpitaciones y las contracciones llega el momento de decidir en qué emplear el tiempo hasta la hora de comer, y más un día como hoy en el que la cocina corre a cargo de Raquel y su Air Fryer; yo soy el responsable de salir a comprar los ingredientes de los platos del menú, jamoncitos de pollo en este caso. En cualquier caso, salgo al mundo. Mochila verde al hombro me acerco al BM a pillar los jamoncitos; dos bandejas de pollo amarillo con cuatro jamoncitos cada una; y compro más movidas que no vienen al caso.
Inciso. Lo planificado para el tema «recados» está basado en acarrear lo comprado en el carrito de la compra, valga la redundancia; pero hoy no va a ser posible de momento: el ascensor se encuentra en la mesa de operaciones de la séptima planta, siendo debidamente atendido por una pareja tipo «Manolo y Benito», los cuales me informan de la situación "tranquilidad, está controlado, pero llevará un rato dejarlo fetén", en ese plan. Ésta es la razón por la que he bajado a compras sencillas, de poco peso y volumen, ya que bajar se baja, pero subir... Han terminado la ñapa a eso de las doce, cuando estoy tan pancho sentado en la terraza del Zuga en la Plaza Nueva; pero esto ya lo cuento ahora.
Subo los jamoncitos y vuelvo a la calle, esta vez a darme un voltio en modo relax, mi especialidad. Me gusta no complicarme la vida y decido recorrer el itinerario habitual de los últimos meses, el de bajar al Casco por los Ascensores nuevos de Solokoetxe; me encanta ese itinerario. En los cascos escucho musiquita llevadera y alegrilla, la que más motiva el caminar desenfadado; hoy escucho a Jack Page, en el LP «Run Into the Night» hay temas molones, y cuando se termina el disco la aleatoriedad me lleva por destinos insospechados en los que suele ocurrirme que descubro nuevas perlas musicales, jeje.
Decathlon. Allá llego atravesando la ría por el puente del Arenal, escrutando las márgenes, donde los muchachos abertzales se dejan la piel desmontando los tinglados de la Aste Nagusia; en el ambiente se respiran aires contradictorios, alivio y melancolía, ya me entiendes. Buscando la sombra de los edificios me deslizo cual ofidio hasta la planta primera, donde se exponen los materiales de playa; yo estoy en el Decathlon porque quiero comprar un par de zapatillas azules, un bis de las que compré hace poco, un bis resultado del buen resultado, jajaja, de la conformidad, del acierto, del encaje entre necesidad y propiedades. 24€ me han costado. Me las autoendiño en el macuto termohermético y salgo al sol de finales del verano. Cruzo la ría por el puente del Ayuntamiento y emprendo camino de regreso a casa, dudando si retomar los ascensores o si coger el metro en San Nicolás, dudando poco la verdad; metro. Pero... ¿qué prisas tengo? ninguna, «¿y si me tomo una caña con cigarrito en una terraza de la Plaza Nueva?», jajaja, porqué no. El edificio del BBVA, el que está en la Plazuela de San Nicolás, me susurra con engañadoras tentaciones: "¿No vas a aprovechar que estás solo, aquí y ahora, para entrar y ver qué se cuece en mis entrañas?". No soy hombre que se resista a un susurro, o a un murmullo lejano, no lo soy. Freno en seco, enfilo las escaleras de acceso al edificio y me arranco como toro que embiste desde los toriles.
El Surrealismo en el BBVA, qué puede ser más profundo, con más significado que significante; más o menos es así como se puede resumir la exposición, y yo la resumo con dos. Todo está expuesto en la planta baja, en el ala Norte, en tres o cuatro salas. Hay un par de salas con bastantes grabados de Dalí, unos cuantos y, vamos a dejarlo en, pasables, todos son básicamente el mismo, o dos mismos como mucho. En la sala central se exponen grabados de Joan Miró; y sólo puedo decir lo mismo que he dicho de lo de Dalí, sin más. En otra sala hay un pequeño popurrí de obras de tres o cuatro tipos; sin duda la sala más interesante: Benjamín Palencia, Yves Tanguy, Joan Ponç (el más mejor) y unas fotos de Maruja Mallo con Pablo Neruda (curiosas). En menos de media hora ya lo tengo resuelto y salgo a retomar la vida donde la dejé: en un deseo de humo y alcohol en un apalanque cargado de neoromanticismo vasco, jeje. En la Plaza Nueva aún no están desplegadas todas sus mesas y toldos y sombrillas XXL, pero algunas lo están, y yo dudo entre un par de ellas...
En una de las esquinas de la plaza dos terrazas están operativas, con alguna mesa ocupada. No tengo claro qué bar gestiona cada una; me da igual. Elijo la terraza que tiene mejores vistas y buena sombra. Me siento en una incómoda silla «director de cine», despliego sobre la mesa mis trastos, saco el móvil y me concentro en el retoque de las fotos que he tirado en la exposición del BVA, para subirlas a Instagram. No está claro si hay servicio de terraza, pero me da igual, si decido que ya están tardando... pues me levanto y me sirvo a mí mismo. De improviso escucho a mi espalda una voz acelerada que me desvela el dónde y el con quién...
La aparición me informa con agitación que «hasta las doce estoy solo y no puedo atender las mesasssss». Ahora ya lo sé: Estoy en la terraza del Zuga, donde atiende el superboy de flequillo beatle; no pasa nada, es el típico conflicto entre gallos, yo estoy acostumbrado, incluso un poco hartito, jajaja. Me levanto y me pongo a rebufo del barman playboy; me sirve una caña, le pago, dos euros y pico, y me vuelvo a mi mesa, saboreando las mieles del triunfo, o los sinsabores de la derrota ajena, en esta pugna gallinácea el superbeatle no tiene armas que blandir, sus atributos son simplemente genéticos, sus posibilidades nimias. Estoy en esos placeres cuando Raquel me llama y me pone al día acerca de la evolución de las tareas de la ñapa made in FAIN; que ya funcona el ascensor, me dice. Pues perfecto, me voy pal metro, y a casa pasando por el BM a por un par de cosas que mi nena me encarga; lechuga y coliflor.
Air Fryer. De plato principal jamoncitos marinados en mostaza y cosas ricas; le han quedado perfectos, me los devoro, acompañados por ensalada de lechuga y cebolleta. De platos secundarios piparras y pimientos del país; me encantan, qué más puedo decir. Me quedo como un rey, con todo mi cuerpo implorando relax, ventiladores y apalanque con gato.
Raquel tiene plan, el habitual en estas fechas: yoga a las seis menos cuarto; pero sale mucho antes, para recorrer sus tiendas de referencia y hacer sus cosas privadas, que se lo merece. Nosotros colocamos las dos butacas en posición de siesta; Indi se apalanca en la suya, la nueva; yo en la vieja, la que lleva funda; me la sopla. Dedico un rato al zaping y al móvil; pero una hora después doy por terminado el apalanque y me dedico al mundo «elneneesbueno.com» y a las lecturas variopintas.
Cenamos tortilla francesa con tiritas de jamón; espárragos para Raquel; tomate para mí; pepino a compartir. No son las nueve cuando nos echamos sobre el tálamo para disfrutar de unos cuantos capítulos de Breaking Bad. Indalecio siempre espera a que hayamos apagado la tele para tumbarse en la cama, en mi regazo (le adoro). Un día sin complicaciones, perfecto.

Nota Tachón.-
Un repartidor me trae un paquete de Amazon: un libro para el peque. Le mensajeo la cosa y me contesta que es un regalo para Patri y que no recordaba haber puesto nuestra dirección para la recogida. El caso es que a media tarde me toca el timbre para que le baje el libro; mi niño es el mejor regalo que me ha dado la vida.
Ah, el libro es «Eres hermosa (Beautiful You, 2014)», de Charles Michael "Chuck" Palahniuk

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© Zalberto | enero - 2026