 ‘The Book of Veles’, del fotógrafo noruego de la agencia Magnum Jonas Bendiksen, cuenta la historia de una localidad macedonia donde se escriben la mayoría de las noticias falsas que se difunden en EEUU. Sin embargo, para narrar esta realidad el artista decidió apostar por la mentira, y lo más sorprendente para él fue que nadie se dio cuenta.
Durante la década de los 2000, tras el lanzamiento en 1999 de El Proyecto de la Bruja de Blair, se popularizaron, especialmente en el cine de terror, las películas de metraje encontrado. Esta tipología, que provenía a su vez de la literatura y de las historias de manuscrito encontrado, consiste en ofrecer al espectador cintas supuestamente caseras o amateur, en las que se rodaron hechos espeluznantes y que son, en teoría, lo único que ha quedado de aquellos que los protagonizaron y grabaron.
Estas películas juegan, por tanto, a inventar algo y hacerlo pasar por verdadero, haciendo creer a quien las ve que se encuentra ante el único documento de un horror que ha logrado acabar con quienes se acercaron a él y que prueba por tanto la veracidad de lo sucedido. Esta técnica cinematográfica se suele usar para películas de falso documental, género que parece una contradicción en sí misma. De hecho, la primera película de metraje encontrado, Holocausto Caníbal, es también un falso documental. Este tipo de filmes presentan hechos ficticios como si formasen parte de una cinta documental, género utilizado a menudo para demostrar una verdad o para darla a conocer al mundo.
Pero, ¿es posible hacer esto con un fotolibro? No solo crear imágenes falseadas, que como sabemos hoy en día es también fácil y accesible, sino lograr que todo el mundo las tome por un trabajo documental real (expertos incluidos) sin siquiera pretenderlo. La respuesta no es solo que sí, que se puede, sino que además es más sencillo de lo que parece, tal y como muestra The book of Veles, la obra del fotógrafo de Magnum Jonas Bendiksen.
El dios de la historia falsa y el pueblo de las noticias inventadas Para desentrañar la historia de este libro debemos ir explicando una serie de engaños, algunos de ellos producidos con un siglo de distancia entre sí. Hagámoslo por orden cronológico.
The book of Veles no es solo el título de la obra de Bendiksen, sino también de un tomo anterior que hablaba del dios Veles, una entidad eslava de la magia, el caos y los sueños. La historia de esta criatura mitológica se conocía en teoría gracias al hallazgo, en 1919, de unas tablillas de madera deterioradas que un artista ruso, Fiódor Izenbek, encontró de casualidad en una finca saqueada durante la Guerra Civil Rusa. Estas estaban escritas en proto-cirílico y tardaron unos años en ser descifradas por Yuri Miroliubov. Desde que se pudieron leer y la historia del dios Veles salió a la luz, fue ensalzada por grupos nacionalistas eslavos y ganó también popularidad entre los neopaganos, llegando a traducirse a 10 idiomas. Sin embargo, hoy en día historiadores y lingüistas coinciden en que todo fue una farsa, y que ni siquiera el supuesto idioma en el que fue escrito pudo haber existido.
La historia de engaños, también ligada al nombre de Veles, tiene que ver con la ciudad del mismo nombre, situada en Macedonia Norte. Al parecer, de esta localidad provienen muchas de las fake news que empezaron a pulular y a propagarse como un virus, sobre todo, durante la campaña electoral de Donald Trump de 2016. Esta rareza llamó poderosamente la atención de Jonas Bendiksen, que comenzó a imaginar a los adolescentes y jóvenes de la localidad escribiendo noticias absolutamente falsas solo porque era una forma rápida y fácil de ganar dinero, y convirtiéndose así en agentes activos de la actualidad política. Esto último, el hecho de que muchos habitantes de la pequeña localidad obtengan beneficios económicos por la redacción de este tipo de noticias, es cierto, y también que el fotógrafo decidiera viajar con su cámara a esta localidad para documentar esta extraña historia, emocionado además cuando descubrió la extraña coincidencia de que la ciudad compartía nombre con un dios cuya historia se había falsificado.
La siguiente mentira, por supuesto, es el libro que produjo fruto de su investigación y su trabajo de campo.
Un problema acuciante en el mundo del fotoperiodismo Cuando estuvo en Veles, el artista se dedicó a fotografiar espacios, tanto interiores como exteriores, completamente vacíos, prestando especial atención a la iluminación de las instantáneas. El último de sus dos viajes a la localidad fue poco antes del confinamiento por la crisis del covid, lo cual le sirvió para trabajar, durante todo un año, en estas fotografías. Su intención era utilizar el engaño para contar esta historia cargada de mentiras. Lo que hizo entonces, con un programa gratuito que nunca había utilizado y ayudándose de tutoriales de Youtube, fue crear avatares realistas –como personajes de videojuego– que habitasen las fotografías reales, vacías, que había tomado en Veles. Con ello quería llamar la atención del público sobre lo sencillo que es, con la tecnología actual, falsear la realidad. Sin embargo, el hecho de que crease a sus personajes con un programa que no manejaba hizo que el resultado fuese, a sus ojos, algo pobre, y nunca imaginó lo que sucedería con el libro después. Para rematar, los textos los creó utilizando inteligencia artificial. Él solo intervino en ellos como editor, cortando y pegando para que el todo tuviera sentido. Previamente, alimentó a la inteligencia artificial con entrevistas reales que los creadores reales de fake news de Veles habían concedido cuando la prensa se interesó por su historia.
Finalmente, puso al libro resultante el mismo título que a la historia falsa del dios eslavo y lo lanzó al mercado en 2021, esperando que las reseñas y opiniones hablasen sobre cómo su forma de editar las fotografías invitaba a reflexionar acerca de la inteligencia artificial y su poder para generar imágenes cada vez más realistas. No obstante, esto no fue lo que sucedió. Por el contrario, la crítica y el público empezaron a ensalzar su trabajo documental e incluso su calidad como escritor de los textos del libro. No se dieron cuenta de que todo era un engaño. Hay que decir, sin embargo, en su favor, que Bendiksen no era un desconocido, sino un fotógrafo documental con una carrera y una credibilidad ya consolidadas. Además, a pesar de que las instantáneas se han manipulado y alterado desde que nace la disciplina, la gente tiende a leerlas como documentos veraces, copias fidedignas de la realidad que permiten demostrar que algo ha sucedido, lo que sin duda contribuyó a nublar su juicio.
En este momento, en la mente del fotógrafo se mezclaban la culpa por haber logrado engañar sin pretenderlo con la curiosidad. ¿Hasta dónde podía llegar su mentira? ¿Sería el ojo experto aquel que lograría sacar todo a la luz? Para comprobarlo, decidió presentar el libro al festival de fotoperiodismo Visa pour l´image, convencido de que ahí terminaría todo. Se equivocó una vez más: lo aceptaron sin darse cuenta, tampoco, de su engaño, y le ofrecieron una proyección del mismo. De nuevo, tuvo fe de que al proyectar las obras la mentira sería descubierta, y de nuevo estaba errado.
En una entrevista concedida a la web de la agencia Magnum, el artista explicó que se sentía como los criminales que, en secreto, anhelan ser descubiertos para que alguien pare sus actos delictivos. Por ello, empezó a crear cuentas falsas en redes sociales con las que criticaba y cuestionaba su propio trabajo. Aunque no lo logró en Facebook –donde tuvo que enfrentarse a multitud de seguidores que defendían la honestidad y calidad de su trabajo–, finalmente en Twitter logró que los usuarios empezasen a sospechar y acabasen por descubrirlo todo, dejando estupefacto al mundo entero, y especialmente al director del festival de fotografía francés, Jean-François Leroy. Este afirmó, en un comunicado oficial, que si bien consideraba cuestionable la práctica del artista, todo esto suponía una oportunidad perfecta para poner el foco en un problema acuciante del fotoperiodismo: el uso de nuevas tecnologías para falsificar la veracidad que, en teoría, debe caracterizar a este género. Sin embargo, este ha sido en realidad acusado de prácticas poco veraces desde sus albores, como ejemplifican todas las teorías sobre si fue preparada o no la fotografía del miliciano abatido que Robert Capa tomó en la Guerra Civil Española.
Si miramos ahora, con todo lo que sabemos, las imágenes que componen The Book of Veres, vemos en ellas algo extraño, artificial, que no encaja. Especialmente en las miradas, los personajes nos resultan algo fríos y poco naturales, así como en cierta rigidez de sus cuerpos. Sin duda esto es porque ya conocemos la verdad, claro, pero, ¿habríamos encontrado algo sospechoso si hubiésemos comprado este libro como un tomo de fotoperiodismo al uso? Seguramente no, o al menos no ahora. Puede que, de aquí a unos años, nos acostumbremos cada vez más a preguntarnos si las fotografías que vemos son tomadas con cámara o generadas por algún tipo de tecnología, aunque cabe pensar –o al menos esperar– que, a medida que estas avancen, también lo hagan las que sean capaces de detectarlas. |