Arbancón en la Edad del Hierro (s. V a. C.) 2ª parte
viernes, 06 de septiembre de 2024

SEKONTOS había nacido en lo que siglos después sería la SEGONTIA romana (Sigüenza actual) una ciudad arévaca de primer orden, donde se cultivaba el arte de la astronomía y los números desde tiempos remotos, así que enseguida aprendió a interpretar la bóveda celeste y a situarse en todo momento, pues medían el tiempo de una manera obsesiva, empleando el sistema sexagesimál que se utiliza hoy, pero su numeración era en base 20. Fue profesor de lengua ibérica y celta en la escuela de su ciudad natal, pero el amor por Areva, le llevó a instalarse en Muriél y fabricar cerveza para Kaikoko. Había contagiado su amor por los cielos nocturnos y en Arbancón habían construido un observatorio astronómico desde donde se seguían con interés las noticias diarias del cosmos.
Una noche, estando Sekontos y Areva con el rey, vieron caer un meteorito (bólido) a unos 3 km de distancia, que causo un gran impacto, raudos montaron a caballo y cabalgaron hacia allí. Cuando llegaron se encontraron un meteorito de casi un metro cubico y un enorme cráter. Por su aspecto les pareció férrico y mandaron a la guardia que lo arrastraran hasta las fraguas del rey. Estando aún caliente, lo fundieron ( a 1.100º o 1.150º para conseguir un mayor coeficiente de carbono en el metal) y separaron el hierro sidérico obteniendo unas 12 buenas planchas, que después enterraron para su oxidación. Hacía ya dos años que enterraron las planchas y la sorpresa fue comprobar que se trataba de un hiero tan puro, que apenas tenía oxidación, por lo que había decidido el rey fabricar 30 espadas únicas con aquel material y ofrecerlas a sus mejores guerreros. Quiso construir la mejor espada de todos los tiempos y romper moldes, para ello consultó a sus valientes tropas sobre el arma ideal. Siguiendo todas las indicaciones fabricaron un nuevo concepto de arma corta y así nació la primera "falcata", un arma que apenas variaría su diseño durante bastantes siglos.
Para realizarla forjaron tres láminas y las unieron en caliente, dejando la central mas larga para que sirviera de empuñadura. Variaron el eje de simetría de las espadas rectas de cuernos que estaban acostumbrados a hacer, hasta conseguir ese aspecto curvado, de hoz, que tiene la falcata ibérica. A la empuñadura le dieron la forma de cabeza de caballo, con una curiosa cadenilla que ejercía de cierre para impedir su pérdida en la batalla. Sobre el filo no cortante de la hoja, realizaron acanaladuras para aligerar el peso total del arma. Algunas veces rellenaban las incisiones sobre el metal con hilos de plata. Su flexibilidad era tal que puesta en la cabeza se doblaba hasta los hombros y al soltar recuperaba rápidamente su forma original. Si no se recuperaba la fundían inmediatamente de nuevo.
12 falcatas se quedaron para la guardia personal de Kaikoko y 15 las enviaron a sus mejores "generales" para que se fueran familiarizando con ella. Pronto se transmitió la noticia y de todas las fraguas de los kaicocos comenzaron a salir estas nuevas, además de originales, espadas que fueron copiadas por todo el territorio ibérico y mas allá a lo largo del tiempo.
-!Cuando naces para martillo, del cielo te caen los clavos!- le dijo el rey a Sekontos, recordando la noche del meteorito y ahora brindando con cerveza entre grandes carcajadas.
-!La Gran Fuerza del universo sigue premiando a Arbancón, nos envía un presente, desde el pasado y nosotros lo convertimos en futuro!- !larga vida al rey Kaikoko! dijo Sekontos.
Continuara.
El alberto

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© Zalberto | enero - 2026