3º y 2º milenio en altiplano de Jumilla
Gorgociles del Escabezado
sábado, 21 de septiembre de 2024

Gorgociles del Escabezado II es un pequeño enclave cerrado por un gran muro perimetral de tendencia circular-ovalada, habitado durante un breve periodo de tiempo una vez iniciado el II milenio BC. Su estudio permite profundizar en su desarrollo arquitectónico y formas constructivas, realizadas con mampostería y amasado de barro, así como en la organización social y características del poblamiento del altiplano murciano en la Edad del Bronce. Su singular planta combina muros de tendencia recta y curva, situándonos entre rasgos arquitectónicos característicos del Calcolítico y de la Edad del Bronce. Se han podido reconocer distintas estructuras para el equipamiento interno de las estancias, incluyendo un posible troje, con una completa documentación de su materialidad en relación con sus espacios. Ello supone una aportación fundamental al conocimiento de las comunidades humanas que habitaron dicho territorio, así como a la investigación de los grupos arqueológicos del sudeste de la península ibérica en estas cronologías.

Gorgociles del Escabezado II es un ejemplo privilegiado de asentamiento de corta duración de inicios del II milenio BC cuyos elementos constructivos y espacios de uso se encuentran concentrados y excavados en su totalidad. Sus rasgos constructivos pueden explicarse mejor considerando la tradición anterior que arranca al menos desde la primera mitad del III milenio BC, tanto como los elementos novedosos que comienzan a observarse con mayor frecuencia en los núcleos de hábitat de inicios del II milenio BC.

En la trayectoria investigadora de la Prehistoria del sudeste peninsular, el empleo destacado de la piedra en los asentamientos, en sus alzados y muros de cierre, rasgo que sin duda caracteriza al asentamiento que nos ocupa, arranca entre finales del IV y principios del III milenio BC con casos emblemáticos como Los Millares (Santa Fe de Mondújar, Almería) (Monks 1997; Molina y Cámara 2005). Esta novedad respecto a los materiales de construcción utilizados supone una clara mejora técnica, favoreciendo la conservación de las áreas superiores de las estructuras construidas con tierra. Y es que, a pesar de la evidente mejor conservación y mayor visibilidad de las partes constructivas pétreas en los contextos arqueológicos durante la Edad de los Metales en territorio peninsular, la arquitectura de tierra no solo no deja de practicarse, sino que no dejó de crecer en su importancia constructiva en los asentamientos (Sánchez García 1997a; Pastor 2021), desarrollándose nuevos sistemas y soluciones constructivas, como el ya mencionado amasado de barro en forma de bolas, el uso de arcillas impermeabilizantes en instalaciones internas o la producción de mezclas de base geológica para enlucir y proteger las superficies, como la cal (Jover et al. 2016b).

Las formas arquitectónicas del Calcolítico del sudeste están asociadas, por un lado, a la planta circular u oval, con postes perimetrales y sin zócalo de piedra, como en Terrera Ventura (Tabernas, Almería) (Gusi 1975), Casa Noguera de Archivel (Caravaca de la Cruz, Murcia) (Brotons 2004) (Fig. 10a) o La Salud (Lorca, Murcia) (Eiroa 2006: 107). Pero también en estas cronologías las estructuras circulares se construyen de otro modo, con zócalos pétreos, como en El Badil (Cantoria, Almería) (Gusi y Olària 2009: 19) (Fig. 10b), Los Millares (Arribas 1959; Molina González y Cámara 2005: 49), Cerro de la Virgen (Delgado-Raack 2013), la cabaña 3 de la Illeta dels Banyets (El Campello, Alicante) (Soler Díaz 2006) o Vilches IV (Torre Uchea-Hellín, Albacete) (García et al. 2016; García y Busquier 2020; García y Jover 2021) (Fig. 10c). El caso de Les Moreres (Crevillente, Alicante) (González Prats 1986), en la segunda mitad del III milenio BC, ejemplifica los asentamientos en los que pueden encontrarse estructuras de muros curvos tanto con zócalos de piedra como sin ellos, y construidas con postes de madera y barro. También contaban con un zócalo de piedra las edificaciones de planta elíptica de El Prado (Jumilla, Murcia), levantadas sobre una fase constructiva previa caracterizada por estructuras sin zócalos y sostenidas por postes (Jover et al. 2012; García et al. 2014).

Es sobre todo a partir de mediados del III milenio BC cuando se documentan cambios en el patrón de asentamiento en la zona de estudio, uniéndose al poblamiento en llano la aparición de enclaves construidos en ladera y en altura, como puede observarse en Vilches IV (García y Jover 2021) y en Peñón de la Zorra (Villena, Alicante) (Jover y De Miguel 2002; García 2014, 2016, 2017), con un incremento del uso constructivo de la piedra, en muros de cierre y contención, en los que se favorecería su resistencia en terrenos inclinados. La ubicación de los enclaves en estos puntos encumbrados acentúa el aprovechamiento y la adaptación de las formas constructivas a la orografía y al área disponible en los puntos escogidos para instalarlos. Esta tendencia hacia el asentamiento en altura junto al llano y el mayor uso de la piedra se mantuvo en el tiempo durante la Edad del Bronce, tanto en el área argárica, como en el Bronce de La Mancha.

Por otra parte, tampoco debemos olvidar que ya en el III milenio BC se edificaron asimismo construcciones con muros rectilíneos, que integran los zócalos de piedra, permitiendo mayores posibilidades de ampliar y subdividir los espacios. Alzados rectilíneos están presentes en Los Millares (Arribas et al. 1981; Molina González et al. 2004), Puente de Santa Bárbara (Huércal-Overa, Almería) (González Quintero et al. 2018: 80, fig. 10), o Cabezo del Plomo (Mazarrón, Murcia), donde se excavaron estructuras de planta circular, pero también de muros rectilíneos con extremo absidal (Muñoz 1993: 150). La integración de partes curvas en alzados predominantemente rectilíneos mediante terminaciones absidales se practica en distintos asentamientos de la Edad del Bronce, en especial, en los argáricos, siendo ejemplo de ello las primeras construcciones de Laderas del Castillo (Callosa de Segura, Alicante), de planta rectangular con esquinas redondeadas (López et al. 2020), también presentes en La Bastida de Totana (Lull et al. 2015a).

Por su parte, las compartimentaciones en el interior de las estructuras se han documentado en núcleos calcolíticos como Cerro de las Canteras (Vélez-Blanco, Almería) (Motos 1918). No obstante, los tabiques internos son mucho más frecuentes ya en la primera mitad del II milenio BC en asentamientos muy diferentes, también en las motillas (Nájera y Molina González 2004: 194-195), en el marco de una mayor organización, integración y subdivisión de los espacios construidos, tabiques que son alzados con mampostería, pero también con tierra maciza o con bajareque, con un esqueleto de madera o materia vegetal cubierto con barro. La mayor complejidad de la arquitectura que puede observarse en el registro arqueológico en estas cronologías del II milenio BC se plasma también en el hallazgo de escaleras, como en Cabezo Pardo (López 2014: 107) o Cabezo Redondo (Villena, Alicante) (Soler García 1987: 69, 147, 301, lám. 28; Hernández Pérez et al. 2016: 37, 72); de jambas o dinteles, como en La Almoloya (Lull et al. 2015b: 117), pero también en Cerro de El Cuchillo (Hernández Pérez et al. 1994: 36), además de indicios que permiten plantear segundas alturas (Lull et al. 2015c; Jover y López 2016: 436, 437, 443). En este fenómeno de mayor desarrollo constructivo, que comienza a evidenciarse desde los inicios de la Edad del Bronce, se enmarca asimismo la construcción de cisternas, que ya se habrían podido construir ocasionalmente en el III milenio BC, como en Los Millares (Arribas et al. 1981: 95; Molina González y Cámara 2005).

Ahora bien, centrándonos en el espacio geográfico donde se ubica Gorgociles del Escabezado II, la combinación de muros curvos y rectos es particularmente visible en Vilches IV (Hellín, Albacete) (Fig. 10c) (García et al. 2016; García y Busquier 2020; García y Jover 2021), con tres edificaciones excavadas, de la primera mitad-mediados del III milenio BC, de planta circular y alzados de mampostería, pero conservando tramos de muros rectilíneos que parten de las mismas, construidos con la misma técnica. La conservación de estos tramos permite observar una ampliación del espacio construido y regulado, más allá del núcleo central, circular y cerrado, creando patios o espacios semicerrados entre cabañas.

El caso de Gorgociles del Escabezado II reúne las incorporaciones fundamentales a la arquitectura mencionadas del III milenio BC: el mayor uso de la piedra disponible, en relación con las funciones de contención sobre un emplazamiento en altura y de aislamiento de las partes construidas con tierra, así como la edificación de muros rectilíneos, aunque sin abandonar los trazados de tendencia curva, en clara adaptación a la orografía. Estas estructuras de muros rectilíneos y radiales permiten organizar más fácilmente su limitado espacio en la cima aplanada del cerro y, pudiendo compartir paredes medianeras, permiten su mayor aprovechamiento. Así, en Gorgociles del Escabezado II se desarrollan, aunque concentrados en un mismo complejo de planta circular, rasgos como los muros medianeros entre espacios, además de los tabiques internos y otras estructuras de equipamiento construidas con una combinación de tierra y piedra, elementos frecuentes en otros enclaves en altura y característicos de la Edad del Bronce en el sudeste, tanto en el Bronce valenciano, como en El Argar o el Bronce de La Mancha.

Considerando el modelo de Vilches IV como elemento de comparación por su proximidad geográfica con Gorgociles, en este último los distintos espacios construidos ya no son individualmente circulares y con un espacio exterior propio, sino que pasan a construirse unos directamente adosados a los otros y en el interior de un mismo complejo arquitectónico circular/oval, englobado a partir de un mismo muro curvo externo que resguarda el conjunto. El espacio UH 3 habría sido concebido y utilizado posiblemente como distribuidor entre las estancias, como se utilizan los espacios claramente interpretables como calles en asentamientos del área valenciana como Terlinques (Villena, Alicante) (Fig. 10f) (Jover y López 2016) o, en la zona argárica, Cabezo Pardo en su fase II-III (San Isidro/Granja de Rocamora, Alicante) (López 2014: 97, 126), La Tira del Lienzo (Delgado-Raack et al. 2015; Lull et al. 2015c) o, en su versión más estrecha, las calles de asentamientos como La Almoloya (Lull et al. 2015b), que aprovecharían al máximo el espacio disponible en el interior del perímetro.

Pero, además, quizás el cambio más significativo que muestra Gorgociles con respecto a los momentos previos se relaciona directamente con los sistemas de almacenamiento de alimentos. Durante el Neolítico y el Calcolítico, el cereal o las leguminosas eran almacenadas esencialmente en silos practicados en el subsuelo próximo a las cabañas (Pérez 2013). Serían interminables los ejemplos de asentamientos de estos momentos previos a la Edad del Bronce en los que han sido hallados silos, aunque, no podemos olvidar que también serían empleadas vasijas cerámicas y sacos o cestos para su almacenaje. Estos mismos sistemas siguieron siendo empleados durante la Edad del Bronce, pero con algunos cambios significativos de especial relevancia. En concreto, para la zona del Levante y La Mancha cabe señalar:

Durante la Edad del Bronce se siguieron construyendo silos, aunque ahora ubicados preferentemente en el interior de edificios, como se ha puesto de manifiesto en Terlinques (Villena, Alicante) (Jover y López 2016), Cabezo del Polovar (Jover et al. 2016a) o Cerro de El Cuchillo (Almansa, Albacete) (Hernández et al. 1994).

Se comienzan a producir grandes contenedores cerámicos que llegan a sextuplicar su capacidad con respecto a los calcolíticos. Mientras en el área del Bronce Valenciano y el altiplano murciano estos contenedores no parecen superar los 65 litros, en el ámbito nuclear de La Mancha podrían llegar a duplicar a estos y, en El Argar, a sextuplicarlos.

Pero el sistema más novedoso sería la aparición, por primera vez en el área del sudeste y Levante, de trojes o graneros tabicados, plenamente integrados en la organización de los espacios construidos. La UH 6 de Gorgociles del Escabezado II sería el troje más antiguo de los conocidos hasta la fecha en todo el cuadrante suroriental de la península ibérica.

Estos rasgos, unidos a una mayor organización y división de las actividades de producción, consumo y almacenamiento por ámbitos estructurales, como se observa en Gorgociles, ponen en evidencia el salto cualitativo que se produjo a nivel organizativo en las sociedades del sudeste y Levante peninsular a finales del III milenio cal BC.

CONCLUSIONES

En el tránsito del III al II milenio cal BC, la forma en que se organizan las edificaciones −aisladas, exentas, agregadas y contiguas o con estancias concentradas en el interior de un mismo complejo, como en Gorgociles del Escabezado II− y sus muros −radiales, sean curvos o rectos, o compartiendo pared trasera o medianera−, responden a factores y condiciones de distinto orden. Entre otros, creemos importante resaltar aspectos como la orografía en la que se sitúan, el número de habitantes y sus posibilidades de crecimiento, así como sus estrategias de organización social −jerarquías, composición de las unidades domésticas−, económica −por ejemplo, necesidades de almacenamiento, construcciones de uso temporal− y de protección frente a distintos factores externos.

En este sentido, las formas constructivas de Gorgociles del Escabezado II se corresponden con el núcleo de hábitat y trabajo de un grupo humano muy reducido, ocupado durante un breve periodo de tiempo, emplazado en un lugar con un buen control visual del territorio y adaptado a su orografía. Su arquitectura puede entenderse en un punto intermedio entre elementos que en el sudeste caracterizan a los núcleos de hábitat del III milenio y a los del II milenio BC, en lo referido a su planta y a la organización de sus espacios. Erigido con materiales disponibles en el entorno natural, entre las técnicas constructivas empleadas en su arquitectura, la mampostería es la más visible en sus restos arqueológicos, pero cabe señalar su combinación con el amasado de barro, una forma de construir mucho menos conocida pero bien documentada en otros asentamientos (Sánchez 1997b; Pastor et al. 2018; Pastor 2021). Uno de los elementos característicos de la arquitectura de la Edad del Bronce del Sudeste mejor representados en este asentamiento son las estructuras de equipamiento interno. De hecho, las investigaciones realizadas permiten plantear que una de sus estancias, la UH 6, se subdividió y destinó específicamente al almacenamiento de alimentos en este espacio interior, lo que supone un salto cualitativo fundamental en la forma de almacenar y gestionar las cosechas.

Pero este asentamiento no es un unicum. Es la expresión arquitectónica de residencia más pequeña en las que se organizarían los grupos humanos a principios del II milenio cal BC en la zona del altiplano murciano y en buena parte del Levante peninsular. Teniendo en cuenta sus características, en especial su tamaño, este enclave responde a lo que etnográficamente sería una “granja”. Se trataría de un pequeño asentamiento creado a partir de la escisión de una, dos o tres familias nucleares desde un núcleo humano de mayor tamaño -por ejemplo, del cerro del Tío Pimentón, cinco veces mayor y situado a 400 m en la misma sierra del Escabezado-. Este grupo escindido colonizaría nuevos espacios geográficos cercanos al núcleo de origen, manteniendo la vinculación o integración parental. Este hecho es el que ahonda en la preeminencia de los lazos de parentesco como principal forma de organización sociopolítica en estos grupos (Jover y López 2016).

Así, las nuevas formas arquitectónicas surgidas en el tránsito del III al II milenio cal BC, más integradas que las observadas siglos antes en asentamientos como Vilches IV (García y Jover 2021), expresan una clara planificación en la organización y localización espacial de las áreas de producción, consumo y almacenamiento necesarias para la sostenibilidad del grupo. Estas nuevas formas de organizarse, también observadas en el registro arqueológico de asentamientos próximos como Terlinques (Jover y López 2016) ya desde aproximadamente el 2150 cal BC, muestran cómo las actividades productivas, de consumo y almacenamiento pasaron a realizarse en el interior de las edificaciones -frente al Calcolítico, donde una buena parte de las mismas se realizaban en espacios contiguos al aire libre (Delgado Raack 2013; Delgado-Raack y Risch 2015; García y Jover 2021)-, con una estudiada distribución de las actividades, con el fin de facilitar su mejor desarrollo y asegurar la preservación y protección de los bienes. Por tanto, estaríamos ante la evidencia de la unidad mínima de producción y reproducción que integraría una sociedad concreta correspondiente, en apariencia, a una formación socio-económica de tipo tribal (Bate 1998; Jover 1999), coetánea y periférica a otras en las que se ha constatado un mayor grado de desarrollo social y complejidad arquitectónica, caso de El Argar.

A tenor de los datos disponibles hasta el momento para la zona del altiplano murciano-Campo de Hellín, no parece que esta nueva forma de organización territorial supusiera la ruptura de los lazos de parentesco vigentes desde momentos previos, así como tampoco un cambio sustancial en sus bases socioeconómicas tal y como se advierte a partir de los sistemas constructivos de las unidades habitacionales y del registro biótico y abiótico recuperado. Gorgociles del Escabezado II sería, por tanto, la expresión material de un proyecto de reproducción social de una nueva sociedad concreta en la que los lazos de parentesco siguieron siendo determinantes en la forma de explotar y gestionar el espacio ocupado y en las formas de relación intersocial, aunque con un mayor grado de integración y control sobre la distribución espacial de las actividades y la producción resultante de la que serían propietarios.

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© Zalberto | enero - 2026