 Un arranque madrugador para atender las exigencias de Indalecio, un repaso intenso a las noticias y una preparación acelerada del escenario de una sesión de piernas. Me he despertado con una sensación corporal levemente enfermiza, como con un poco de mal cuerpo; a mitad de clase he comenzado a sentirme muy flojo y he pedido sopitas: me he echado un rato en la cama para recuperar el tono epidérmico y abandonar las carnes gallináceas. A media mañana he atacado la segunda mano de las paredes blancas, para ir dejando atrás tareas pendientes. En el tema comida no han surgido dudas: la carne picada no puede esperar. Salsa española, a base de mucha cebolla, zanahoria y aderezos; filetitos rusos sumergidos en la salsa, medio kilo a repartir entre dos, sin acompañamientos ni niños muertos. Después otra tarde de porros y relax. Raquel comienza a estar harta, como suele ocurrir siempre que entro en épocas del estilo; pero no hay problema: en nada daré por finalizada la temporada perejilera, y a otra cosa mariposa. |