 El plan del sábado es turistear por las calles de Huelva, fundamentalmente por el casco peatonal, para ir cogiendo el aire al ritmo humano y urbano de la ciudad. La primera salida nos lleva a visitar el mercado del Carmen, que está situado a tiro de piedra del ático; que es visible desde las barandas de la terrazona. El mercado está muy bien, destacando la abundancia de puestos de pescado y mariscos; gambas, camarones, cigalas, pargos, atunes, merluzas y pescadillas, de todo en abundancia. Mas como el plan de alimentación para este día es comer a mesa puesta, limitamos la compra a un par de botellas de vinos blancos de la comarca, o así. Dejamos las compras en casa y salimos a caminar, mientras damos tiempo a que una colada finalice en la lavadora y se pueda dejar al sol. Las calles peatonales están muy animadas y coloridas, repletas de comercios de todo tipo. Es asombrosa la diferente sensación que nos produjeron estas calles la noche de nuestra llegada, tan vacías y sin gracia; esta mañana se las nota vibrantes y acogedoras. Antes de lanzarnos a caminar sin rumbo hemos echado un vistazo exterior a un par de restaurantes cercanos al ático y que están muy bien catalogados en las webs; uno es el Rocataliata, otro el Azabache. Son poco más de las once y ambos están cerrados, pero también ambos ofrecen un aspecto correcto. Finalmente reservamos mesa en el primero, ya que en el Azabache lo tenían todo reservado. Colada al sol, compras básicas en los armarios... a caminar pues. Por la calle Rico y Rascón accedemos a la Plaza de las Monjas, uno de los centros neurálgicos de la ciudad. La zona mola bastante, o mucho incluso. Por Avenida Martín Pinzón llegamos hasta la Plaza del Punto y vemos la fachada de la casa de Colón, que no visitamos pensando en hacerlo más adelante. Desandamos sobre nuestros pasos y nos vamos a conocer la Catedral; que no está mal, pero tampoco como para echar cohetes. En una terraza echamos un par de cañas y una tapa de bravas. La reserva para comer la tenemos a las dos y el tiempo se nos echa encima., así que sin demora nos dirigimos a la calle Rico, donde nos espera una mesa en el exterior del restaurante Rocataliata. El menú que elegimos es un básico costero: gambas cocidas y un pargo a la espalda. Un par de botellas de un vino de la zona, Barredero de Zalema y un dulce de postre a compartir. 100 € más o menos, y muy a gusto la verdad. Por la tarde salimos a conocer el Muelle de Riotinto, una estructura en la costa que en su momento se empleaba para cargar mineral en barcos. El sitio es muy inspirador, de ésos que por ser tan originales te producen una sensación diferente. Merece la pena. Subiré unas fotos. Y antes de volver al apartamento a cenar y descansar, nos pedimos unas tarrinas de helado en una ancha avenida que da acceso al mencionado muelle. Raquel se come la suya y más de la mitad de la mía; está cansada y un poco ansiosa, y mimosa. Antes de apalancarnos en la cama a seguir viendo el último de Pesadilla en la cocina, preparo una cenita a base de clásicos nuestros: tortilla francesa, cherries a la plancha, pepino y espárragos de Navarra. Lo reconozco: me acuesto bastante cansado y muy feliz de que mi vida sea como es y de tener a mi lado a las personas que tengo. Soy muy afortunado.
Nota DANA.- La catástrofe está mostrando su cara real y poniendo sobre el tablero cifras que no paran de crecer; ahora ya son 210 los muertos y se habla de más de mil desaparecidos... una barbaridad. Para colmo, y era de esperar, los políticos no están a la altura y no pierden la ocasión para darse estopa unos a otros; qué lamentable y que asco, creo que se me van a quitar las ganas de votar a cualquiera de ellos para siempre jamás. |