 Cuando Raquel sugiere como quien no quiere la cosa «¿hoy podíamos abrir ese Barbadillo que tenemos enfriando en la nevera?», no se trata de una pregunta, no, se trata de una premonición que a ella le ha asaltado sin conocerse los motivos, pero que predicen con pasmosa eficacia un viernes movidito y subidito de tono, de todos los tonos. Es lo que hay, por lo que sea. El cielo está limpio de nubes y la temperatura en la terraza es muy agradable; así que no hay mejor plan para esta mañana que salir a caminar y llegarme al Mercadona de Bolueta a comprar las chorradas clásicas; la clave es dar una vuelta. He salido bien provisto de opciones de portabilidad: mi macutito naranjito y dentro de él mi bolsa azul del Decathlon, plegable y grandecita. El recorrido ha sido el más habitual, por la calle Carmelo, por Iturriaga, descendiendo a la par que el ascensor funicular que une la zona del Polideportivo y el Instituto Luis Briñas, por la acera sombreada que llega hasta el semáforo de la nacional, y dentro por la puerta automática del piso bajo (este Mercadona tiene dos plantas). Lo dicho: un poco de todo. Carcasas de pollo para hacer caldo, queso, requesón, café Intenso, latas de mejillones, latas de sardinillas, guacamole, pasta de dientes, tomates secos, tomate doble concentrado, Grissinis, cuajadas, y más cosas que no me vienen ahora a la cabeza, se las guarda mi mente, por lo que sea. El camino de regreso me lo facilita muchísimo un convoy de tren metro, que pasando por Bolueta me deposita en Zabalbide, en la boca del Karmelo. En casa; se masca la movida, jajaja. Previo todo es preciso adelantar los cocinados para que no me pille el toro, o la vaca, o lo que sea. Me pongo a ello. Con calabaza, patatas, cebollas, coliflor y brócoli (estas crucíferas han aportado poca cantidad, pero mucho sabor. Cocer todo, triturar y reservar. Durante las primeras horas del día han estado descongelando reposadamente un par de filetes de merluza, la cola. Ya cerca de las dos he dejado la misse en place totalmente compuesta: el pescado rebozado en harina y huevo, un tomate hermoso bien pelado y la crema esperando su turno de recalentamiento. Es mediodía y Raquel da por finalizada su encarnizada cruzada contra los herejes hinduistas. En la terraza nos ponemos cómodos y nos triscamos en Barbadillo en un visto y no visto; si pausa abrimos una botella de un tinto desconocido... que ha resultado ser la botella que nos quedaba del vino que nos regaló José Antonio, de su propia cosecha y embotellado, que por cierto es de ley reconocer aquí que nos ha parecido un caldo muy sabroso, suave y muy correcto; un éxito el tinto orgiveño. Y no doy más detalles de lo acontecido durante las horas siguientes porque la verdad es que no me acuerdo muy bien, no sé porqué pero es así. Mientras Raquel se echa un descansito en la cama y me dedico a mis petas, como ah de ser, con responsabilidad. Se reanuda la cosa cuando a media tarde colocamos el salón en modo sala de cine y nos autoproyectamos lo que nos da la gana, así somos nosotros. Muchas risas, mucha música, mucho perejil y demasiado perejil. Diversión a lo grande y perejil finiquitado, que ya era hora. |