 Amanece un día húmedo, las nubes bajas cubren las laderas del Pagasarri, y las inquietudes personales han de buscar refugio en las actividades introspectivas que con tanto ahínco busco y encuentro. Raquel ha descansado bien; su atención se vuelca sobre el teclado y las imágenes parpadeantes. He cambiado el menú previsto: nada de menestra al azar, hay quorum para cocinar la vieja costilla adobada con unas patatas para simular unas patatas a la riojana; experimentar no está de más, de vez en cuando. Hay que reconocer que el guiso ha resultado ser un mini éxito: ni tan mal. Raquel es benévola y lo ha catalogado con un aprobado alto; yo un aprobado y punto. Siendo, intentando serlo, objetivo, he de reconocer que las patatas estaban buenas; buenas, sin más; ¿las costillas?, también sin más. Y al terminar la comida... Raquel a descansar en la cama hasta las cinco, cuando se ha incorporado rauda y decidida para ir a su clase de yoga; yo a descansar a mi butaca a reponer en el cerebro las ideas peregrinas que parlotean absurdamente en él -en el músculo gris y niebla-.
Nota.- En la frutería he comprado carne de pimiento choricero, patatas y huevos. En el termómetro las temperaturas son meramente orientativas. Las personas continúan sin tener clara la frontera entre capitalismo y comunismo -o socialismo, como suelen referirse a las ideas comunistas-. El cristianismo no es sencillo de encuadrar en su caja correspondiente. Jueves. Ya falta menos para el martes que viene. Está prevista la colada de fin de año y el secado subsiguiente y todo lo demás. En cualquier caso creo que tengo perfectamente organizado todo lo relativo a los festejos del solsticio y los avatares de los humanos creyentes y algo, un poco, de los no-creyentes. Amén. |