 Tras una larga y agitada noche, malos sueños y pensamientos agridulces, tras un mundo irreal de pasiones mundanas y recuerdos irreales, tras casi rozar ese momento en el que paso de la indiferencia al rencor y al odio, tras poco más de tres horas de agitadas peripecias, mis ojos se han convertido en platos de cerámica futurista para ver en la tenue luz que alumbra las masas cubistas de Miribilla cómo florece la planta informe de una vigilia nunca bienvenida. Que, vamos, a eso de las tres y media me he rendido y me he levantado a continuar con el padecer en el salón, café en ristre y congoja en el corazón. Raquel no tiene la culpa de nada; soy yo y los mis fantasmas de otros días, algunos lejanos y algunos no tanto. El peso de las responsabilidades, la necesidad de control total, la pericia adquirida a fuerza de prueba y error, todo ello bien revuelto y jugando en mi contra me han llevado al punto en el que pienso que ya ha llegado el momento de comportarme como un hombre sensato, uno entregado a sus congéneres; quizás ese día aún está muy lejano. En fin. Así es cómo hemos empezado el día señalado como "viaje al Este". Primera etapa: dejar a Indalecio en las buenas manos rubias de Esther. Se ha resistido a entrar en su caja de teletransporte, pero ha entrado. Una vez en Prim... los pesares se han disuelto tal que azucarillo en café caliente. Segunda etapa: pincho y caldo donde Karim. Sin novedad. Tercera: recoger a Tachón en Sani. Tampoco novedad.
El viaje. Tachón conduce; conduce a su manera; Raquel medio calla, apenas protesta. Tachón hace paradas cada pocos kilómetros; el destino parece alejarse; jeje. Hemos hecho reserva en una restaurante en un pueblo cercano a Lérida, en Soses. El restaurante se llama «El Trull». Nos apuntamos al menú del día y, bueno, pues no está mal, aunque el servicio ha sido muy lento, en fin. Raquel y yo hemos empezado con una coliflor con besamel gratinada, muy decente; Alberto ha optado por la ensalada, que también estaba pasable. De segundo Raquel y yo hemos comido merluza en salsa verde, una salsa verde muy sui generis; Tachón una brocheta de pollo con patatas fritas, sin más. Los postres super básicos: yogur nosotros dos y el canijo fruta (nio recuerdo, creo que manzana). Salimos del restaurante transcurrida una hora y media; lento lento el asunto, pero bien. Soses un pueblo volcado en sus campos de frutales, y en ese plan. Aún nos queda más de una hora hasta el destino... Llegamos a Puigdàlber sin problemas. Ya han llegado casi todos, los últimos son los hermanos Ros, la Judith y el Patxi por un lado y por el otro Marc y Ariadna. Cenamos tan a gusto alrededor de la super mesa del comedor. Raquel y yo le damos a la tortilla francesa y el resto al lomo a la plancha. |