 Un par de peques presas del nerviosismo lógico de la fecha irrumpen en nuestra habitación, la del año anterior, poco después de las siete; tocaba levantarse y bajar al salón para asistir a la apertura de regalos de Irati y Rubén. Tachón ya ha dado comienzo al día tomando café, huevos revueltos, y leyendo en la mesa del comedor; la rutina del peque me parece de diez. Tras el gran momento de los regalos toda la familia va desfilando poco a poco por la cocina, buscando algo para llevarse al estómago; nosotros hacemos lo propio. Con la barriga llena y el cuerpo recién duchado salimos Raquel y yo a dar un paseo por Puigdàlber; la niebla adorna los campos de viñas y pone una nota misteriosa en el paisaje. De regreso a la masía nos encontramos con la juventud afanada en el jardín mezclando ingredientes al modo alquímico para fabricar algo parecido a la sangría; Raquel me hizo el gesto de «no bebas esa pócima, que luego te sienta como un tiro y éste no es el lugar» , y menos mal que le hice caso, porque el potingue estaba subidito de alcohol. En fin. Luego tocaba el turno a la chavalería y su ritual de baño navideño en la piscina, y lo cumplen como auténticos campeones. Entretanto yo me instalo en la cocina a preparar tortillas de patatas, tres, para añadir al ágape del mediodía; esto ha surgido por aclamación pública, quorum inapelable. Y a comer. Después de la comida nos vamos a descansar un rato, hasta el momento «amigo invisible»; madre mía. Lo cierto es que hicimos unas risas, mientras Francisco iba sacando de una bolsa enorme los regalos invisibles, uno a uno y entregando cada paquete a su destinatario. Muy divertido. A mí me cayó en gracia una botella de PX, marca Cedro, y un chisme para taponar botella y extraer el aire hasta hacer el vacío y tal y cual; no sé porqué será que me tocó algo de alcohol (en fin). A Raquel (ostras, ahora mismo no me acuerdo). Mi turno de amigo le correspondió a Angels, y la gorra animal print que compré hace unos días, jeje. Un día familiar, amorosamente familiar. |