 He despertado en mitad de la noche. Serían las cinco y poco cuando he retirado las sábanas calientes, blancas, esponjosas, y saturadas de pilosidades gatunas, con el firme objetivo de sentarme a leer el libro de Nabokov que me regaló Alberto, del que me queda por disfrutar algo así como el último cuarto. A pesar del frío, y de una noche intensa en vientos fuertes, silbidos y huracanes, me dispongo a la feliz labor no sin antes rellenar el agua de la tetera nueva; desde hace pocos días he sustituido el mañanero café con leche por una infusión, también mañanera y madrugadora, de algo al que las buenas y/o bienintencionadas gentes llaman «té»; Indalecio me ronda y me solicita misterios que sólo él sabe desvelar. Cuando dan las diez menos diez vuelvo la hoja que estoy leyendo y descubro que no hay más, que las delicias quedan todas atrás, pero siempre disponibles para recuperar el goce. |