En ello estamos
miércoles, 08 de enero de 2025

Veamos, no es sencillo, todos los días me pasa, o en todas las ocasiones. El caso es que me pasa casi siempre que los recuerdos recientes se esconden en una neblina espesa, opaca, impenetrable. He de concentrar mi mente para acceder al cajón secreto del día a día, en el que todo es un gran revoltijo de imágenes confusas, lugares comunes e itinerarios gastados por pisadas de goma y aceras recién regadas con naranja nuclear; «lo de siempre».
Me he sentido más ligero, como levemente elevado sobre mis fúngicos pinreles, y me ha parecido una gran idea caminar sin rumbo y dejar que sea el azar el que me lleve a un destino inevitable por cotidiano. Pocos puntos en la columna de "asuntos pendientes"; uno que es recomendable tachar: pasar por un punto de recogida de Celeritas a entregar el Hub USB que compré hace unos días por Amazon y que resultó ser una compra errónea (el conector de entrada al hub no era el adecuado para conectar al portátil), y hacer la devolución.
He paseado en una mañana levemente cálida, casi en modo "manga corta", por los aledaños de Garamendi, donde está el punto de recogida más cerca de casa, el de la tienda de chucherías; pero no abren hasta las diez y son las nueve y cuarto. «¿Qué hago?». Una gran pregunta; difícil resolución. Parece que dejar correr el reloj mientras redesayuno en un bar, el de Maite por ejemplo, podría ser una buena opción; pero no me apetece lo más mínimo, y doy la vuelta, consulto en el móvil otros puntos de recogida y veo que uno me queda cerca, el de «Viajes Halcón», que está en una lonja pegada al Piérolas; perfecta opción.
Tras hacer efectiva la devolución detengo unos segundos el pensamiento y la mirada soñadora para tomar una dirección que me lleve a alguna parte. Hay diversas posibilidades, algunas de componente meramente ocioso y otras con cierto matiz de utilidad; esto último es lo que me convence. Me dirijo por el Carmelo, por Iturriaga y por Cocherito de Bilbao, hacia mi destino en la general de Galdácano: el Mercadona de Bolueta. Esto tiene sentido, puedo comprar básicos para Indi, cosas como semillero de hierba gatera, flases de chuperreteo, golosinas de intenso color naranja, y de paso recopilar grisinis, café intenso, interdentales 1´3 mm, guacamole, espuma de afeitar envase grande, sobre de jamón de cebo cortado a cuchillo y una bolsa de cacahuetes fritos para alimentar el camino de regreso...
En la estación de Bolueta espero a que llegue el próximo convoy mientras la brisa huracanada sacude los rascacielos biónicos que se alzan en los alrededores, tan absurdos pero tan de verdad, tan cargadas de ineficacias climáticas como de buenas intenciones ecológicas; y muchachos menores no acompañados se reúnen y fuman porros como si la vida fuera sólo un "hoy". Es todo mejor así. También veo de reojo que un enjambre de bolsas de plástico y papeles rasgados se eleva hacia lo alto en una espiral a velocidad 1x, como si tal cosa. En los auriculares escucho música, pero ahora no puedo dar fe de qué.
De vuelta al hogar. Raquel ha usado nuestras dos ollas a presión para preparar caldos y guisos. En la olla grande ha encerrado verduras y carcasas de pollo mercadoniano para disponer de sabroso caldo que sirva para hipotéticas elaboraciones futuras; una idea nada desdeñable. En la pequeña reposa la comida del día: carne de vacuno con cebolla y zanahoria, a la que una vez guisada habrá que añadir patata en abundancia; de lo de pelar y cascar patatas me he encargado yo, es mi especialidad como es bien sabido; al abrir la olla para servir la comida he comprobado que aquello estaba demasiado soso y ha sido preciso añadir unas pizcas y recalentar; tras los arreglos pertinentes el guiso ha superado la prueba del sabor y se ha presentado en la mesa, donde hemos dado cuenta de él con satisfacción.
Hasta aquí la parte del día en la que los sentidos están enfocados hacia afuera; a partir de aquí la parte en la que se vuelven hacia dentro.
Raquel tiene multi a las cuatro; pobre chavala, la aburren con proyectos absurdos; clásicos telefónicos que nunca nos abandonan. Cuando termina su tiempo laboral sale disparada a su clase de baile en Basurto, donde mueve el cucu junto a las «autoridades sanitarias»; cuando regresa me cuenta que las «autoridades» no han hecho acto de presencia; Irene está en León, en el Húmedo, poteando tan ricamente; de Marisa no se tienen noticitas.
Ya solo, me apalanco en la butaca. El sol sale y desaparece a intervalos regulares y me incordia más de lo necesario; adopto entonces una solución innovadora: arrastro la butaca hasta la cristalera de la terraza y la coloco dando la espalda al exterior, para que la luz del sol ilumine mi lectura y no deslumbre la mirada; una solución totalmente exitosa y que no dudaré en repetir cuando considere adecuada.
Estoy leyendo a «Teffi». Ya que con Nabokov me interné en la Rusia de la Revolución Bolchevique, en los antes y en los despueses, me ha parecido muy oportuno seguir en ello y qué mejor que escuchar de boca de Teffi los avatares de la salida de la boca del lobo de las buenas gentes rusas.
Así he estado hasta media tarde; en el listado de "pendientes" aún quedan dos puntos que pasar al de "resueltos": planchar las sábanas de llevé a secar a la lavandería de la calle Santutxu y poner a pochar un calabacín para la tortilla de la cena. Del asunto de las sábanas veo que no he dicho nada, lo he pasado por alto; demasiadas imágenes mentales, demasiados embrollos, demasiado para mí...
En la lavandería una muchacha de orígenes mixtos, un injerto hispano en una rama andina, hacía girar al unísono lavadoras y secadoras en un concierto de viento y cuerda en el que apenas dejaba sitio para que un solista habilidoso pusiera en solfa aquella sinfonía. Pero yo no me arredré: «la máquina nº 6 está libre y yo me la pido», pensé y parecía fácil pensarlo, pero no fue exactamente así; el aparato de puesta en marcha, el telemático, el guay, no procesaba las órdenes y no aceptaba el pago con tarjeta. Gran contrariedad. La muchacha de rasgos andinos y mirada inteligente (no como la mía) me sugiere que haga uso de la app. «Bueno, no la tengo instalada, pero la instalo». Y en buena hora. La app La Casa de la Colada funciona como un tiro. Me doy de alta y pongo 5€ de saldo usando Bizum; una sencillez apabullante. Y para mejorar más aún la opción "app" el secado no cuesta 3€ sino 2,85€, por hacer uso de la app. En fin, que todo bien. Que me siento tranquilamente a dejar que pasen 20 minutos mientas leo los avatares de Teffi en su loca huida del bolchevismo asesino. Esto en cuanto a lo del secado de las sábanas, ésas que planché al anochecer, mientras en la tele el Barcelona CF mareaba al Athletic en Arabia Saudí en una de las semifinales de la Supercopa; mucho Barcelona, 2 a 0 con goles de Gavi y Lamine; y qué más da, sólo es una obra más en el teatrillo del mundo actual.
Cuando regresa Raquel yo tengo el calabacín a punto de tortilla. Cenamos viendo un poco la tele y nos acostamos: nos queda el último capítulo del folletín inglés «DISCLAIMER». Una serie de éxito y recomendada en lugares en los que se expresan los críticos expertos (me da que no tan expertos), una serie mala de verdad, un guión predecible y aburrido. Pero bueno, que nos la hemos acabado y aún nos ha dado tiempo de buscar una serie nueva: una miniserie polaca, de la que todavía no puedo dejar una opinión en firme; tiempo al tiempo.
Indi ha pasado mucha parte la noche acurrucado en mi regazo; es adorable.
Otro día muy ventoso; me gustan los vendavales.

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© Zalberto | enero - 2026