 Se anuncia un domingo sin lluvia. Está el invierno plenamente instalado en nuestra tierra y está comportándose como se espera de él: frío, húmedo y habitualmente desapacible. Pero este domingo la humedad se ha retirado durante unas horas y ha dejado todo el espacio libre al ambiente soleado; esto es bastante engañoso, pues se tiende a elegir un vestuario más liviano de lo que realmente se va a necesitar... como es el caso. El día comienza con las inquietudes habituales de la nena; eso sí, tras haber estado tirada en la butaca viendo una película horrible de dibujos animados franceses (muy mala muy mala). Cuando así le corroe la comezón suele ser corriente que haga uso de las tareas propuestas en TCI; como es domingo toca subir a Archanda/Artxanda. Las cosas de la nena. Yo no tengo claro que sea una buena idea lo de apretar las tuercas a mi hernia y le propongo que me espere arriba y yo hacer uso del funicular para ahorrarme las cuestas y los esfuerzos. Hasta ahí todo bien pensado, pero... ¡El funicular está disabled! Sí, ahí voy yo, vestido de montañero intrépido, bajando por Iturribide con gran decisión y cruzando el Arenal para llegar al apeadero del funicular tras recorrer animoso el arbolado del Campo Volantín. Sí, el funicular no está operativo; esto es así y no hay solución intermedia. Contacto con Raquel. Me dice que me está esperando en el punto de encuentro para desayunar pincho tortilla (en el Caserío obviamente); le respondo que no me espere, que mejor quedamos abajo, donde desee; me dice que «pues que mala pata», y decidimos reunirnos en la zona de Vía Vieja de Lezama. Pues eso. Yo no quería caminar cuesta arriba por si las moscas y, por las cosas de esas moscas, me doy el palizón por las calles de Uribarri, Matico, etcétera; una buena sudada. Para compensar un poco el esfuerzo recurro al ascensor del suburbano en la parada de Uribarri, línea 3. Una idea brillante, sin duda. Me bajo en la boca de Zurbarambarri y la quedada se organiza concretando tiempo y lugar: al pie de las escaleras que empiezan (o terminan) en la zona de ocio de frente al Gonvaz. Bien hecho, porque al rato de llegar yo, aparece la nena con gran estilo. Propongo pincho de camino al barrio; el primer bareto que encontramos abierto y con barra dispuesta es el Batzoki de Zurbaranbarri, y allí no aposentamos, yo me como un pincho de tortilla de patata y Raquel me hace compañía: ella ya se comió en Archanda su ración patatera. Batzoki Larrazabal. De camino a casa recibimos mensaje de la Rebeca en el que se nos informa que están de camino al barrio y que «¿si quedamos?». Raquel tiene una bolsa con productos cosméticos para darle a la chavala; cosas de la Jami (la Jami...). Del tirón se aprovecha la movida para contactar al resto del famulio y se cita todo el personal en la plaza del Karlo´s, nada más y nada menos. Una parada técnica en casa para desvestir a los montañeros y vestir a la mujer y el hombre de nuestro tiempo, y de nuevo a la calle, a por todas... Si uno se ubica a la sombra, uno se queda helado; es por esto que no tenemos claro dónde esperar a la gente, y nos inclinamos por buscar acomodo en las mesas exteriores de Mi Bodega, pues en ese pequeño espacio suelen calentar los rayos del Sol a primeras horas de la mañana; ésa es la esperanza y se cumple; bien. El famulio acude presto a la llamada del bebercio y se da comienzo al ritual del pedete mañanero... Anecdotario: - Cuando en Mi Bodega se escancia cerveza de barril, el televisor pixela; es lo que hay, excepto si se tira Radler; repito: es lo que hay. - En el Extremeño hay overbooking, pero consumimos champiñones de Karim; exquisitos. - En el Cynos el nivel acústico va in crescendo y las risas locas de Esther se escuchan en kilómetros a la redonda. - En el Metropoli, antiguamente llamado Quercus, hay un encuentro fortuito con la parejita comunista, la Raquel Izquierdo y el Gorka su marido; a pesar del mutuo desprecio nos regalamos sonrisas y anécdotas sin interés; qué asco más rico. Ante la puerta de este último antro se separan los caminos del famulio: unos marchan hacia Prim (quiero suponer que aún les espera alguna barra concurrida) y otros retornan a su palomar, a dar cuenta de la sopa con garbanzos que amorosamente habían preparado antes de romper la baraja. De esa tarde los recuerdos son esquivos. Vimos una película proyectada sobre los estores de la terraza, una de Tom Hanks interpretando a un capitán de un destructor que forma parte de un convoy de suministros que cruza el Atlántico sufriendo el acoso de una manada de submarinos U-boot, y tal (voy a buscar información de la peli...). Raquel se quedó frita al poco de comenzar la proyección y al terminar se escurrió subrepticiamente hasta el tálamo nupcial, cosa que me pareció lo más oportuno, dado su estado jajaja. Y yo aún permanecí un rato espatarrado en la butaca, cubierto con la mantita y con el Indalecio dando la lata como suele ser habitual; pero a gusto. Un día con claroscuros evidentes: buen ambiente, exceso de cerveza. Se resume fácil y rápido. |