La camarilla se reúne en Arranku
sábado, 18 de enero de 2025

Que este sábado podía ser uno de esos días de recuerdos infaustos no me cabía ninguna duda antes, durante y, por supuesto, después. Ir a pasar el día a Arrankudiaga con la camarilla siempre es una arriesgada apuesta, que también casi siempre se pierde. Pero bueno, el día se presenta luminoso, aunque gélido.
Raquel tiene el deseo de empezar el día con buen pie y no suspende su clase matinal de yoga, y a mí me viene de perlas para arrancar las actividades hogareñas con calma y buena música. Mi tarea pendiente y fundamental es hacer unas compras en el BM para dejar la nevera medianamente surtida; en concreto hay que comprar verduras variadas para preparar el domingo un arroz de carácter digestivo, por lo que pudiera pasar y que sabíamos que iba a pasar. Compro un poco de todo y regreso a casa con el tiempo justo de ponerme ropa cómoda y abrigada y bajar al encuentro de Raquel en la estación de Abando.
El tren seleccionado para embarcar rumbo al mundo rural es el que sale a las 11:37; como es de imaginar yo llego a la estación casi media hora antes, pero sin problema, al contrario, a mí esas esperas me sirven para relajar la mente y las ansiedades. Raquel aparece también con tiempo de sobra como para echar un pincho y un zurito en el bar de la estación. Y tal.
Llegamos a Arrankudiaga sin contratiempos. La camarilla está toda afanada en la cocina preparando el papeo. Hay de todo, y muy rico la verdad. Hay ensaladilla de Mercadona tuneada (muy bien por cierto); hay jamón, croquetas, rabas (malas malas malas), y poca hostia más. Sobre el mediodía desplazamos el festejo al jardín, a la vera del magnolio. Pedro ya tiene la barbacoa en marcha; hay idea de comer cosas a la brasa: morcilla, chistorra, lagarto; finalmente se dejó a un lado los elementos más indigestos, morcilla, chorizo, chistorra, y nos centramos en el lagarto y en unas patatitas asadas y aderezadas con unos mojos canarios bastante aceptables.
Y mucho vino. Raquel aportó una botella maxi de un tinto de Toro que resultó del agrado de los catadores expertos. Y luego los riojas y lo demás.
Al finalizar recogemos todo el invento y procedemos a continuar el festival etílico. En primer lugar pasamos al Batzoki a plimplar un buen gintoni; ahí hacemos migas (yo) con David y su perrete Vaider; David: un salado muy majo. De allí a Iberlanda a tomar la última o las últimas, no recuerdo; por allá aparece David que resultó ser el cónyuge de la que regenta el garito, jajaja, me encanta: un hombre que sabe lo que necesita.

Tren de regreso a Bilbao
Raquel entabla relaciones con negras religiosas que vociferan en la Plaza de España
Raquel y el nene comen jamón y beben zuritos en al del jamón de la Plaza Nueva
Raquel y el nene se meten al «El Metal Pub» en Iturribide, y ahí pasa de todo: petacos, futbolín, cervezas, y, al salir, peñazo en la calle, en Iturribide, y golpe tremendo en el pómulo derecho (Raquel tiene su moratón en la rodilla y dolor en el costillar).
Ya en casa no se sabe qué pasa con la docena de huevos que la pesada de Ima se empeñó en que nos lleváramos de vuelta a casa; efectivamente era una idea de mierda, como se demostró en casa.

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© Zalberto | enero - 2026