 Esta mañana, minutos antes de las ocho he conectado con Maite; toca brazos. No estoy muy conforme en esta época que me toca vivir con excederme en la práctica deportiva; a nada que exprima un poco el cuerpo se rebela mi hernia y comienza a transmitir picazón y quemazón, y se hincha un leve globo gaseoso con el que me empeño en porfiar y que siempre me supera en el combate. Hemos seguido al pie de la letra la rutina de los últimos meses -años, diría yo-. Gomas; boxeo y elevación; gomas de nuevo; de nuevo boxeo y elevación. Bíceps y tríceps. Y ahí lo he dejado: la cosa inguinal se estaba manifestando casi a gritos; en mi fuero interno, en ese mismo momento, he tomado la decisión, la determinación de dejar las clases con Maite hasta al menos el día 25 de Febrero, el de la consulta con el cirujano... ese tema. Las muchachas parece que van despertando su aletargada empatía -de la que tanto suelen presumir, pero de la que no hacen uso con sus más íntimos (yo, obviamente, en el caso de Raquel)-. Con esa sensación de incomodidad incómoda no me he demorado y he dado comienzo a los rituales del hogar: preparar el almuerzo a base de huevos cocidos, el airear la cama y el dormitorio, el aseo personal y el salir a comprar los elementos de la comida del mediodía. Ayer vimos a Arguiñano preparar unas albóndigas en salsa y Raquel se quedó prendada de la salsa en cuestión; mi menú se basaba en unas carrilleras de ibérico que bajé la noche anterior del congelador, o sea que carrilleras al gusto de la salsa arguiñanesa. Para cocinar la salsa y las carrilleras era buena idea, indispensable idea, hacer un buen caldo de verduras; así que... a comprar. En un principio, y de modo automático, mi yo me llevaba al BM y a la frutería, pero en un fogonazo de cordura e improvisación me digo que «en el LIDL tengo de todo lo necesario y además me puedo distraer un rato en la zona de bazar» y, sobre todo, fisgar a la gente variopinta que frecuenta el lugar. La cuesta del LIDL, por cierto, comienza ha tener una actividad novedosa a consecuencia de las obras para instalar unos ascensores para acceder a y desde Fica. Sin más, carrito de la compra cogidito de mis manos, voy al LIDL y compro...
- verduras para caldo (un mix envasado con lo necesario)
- pastillas lavavajillas
- letras magnéticas
- guantes guays
- camisetas L
- huevos y poco más
De nuevo en casa me afano en la preparación de todo el asunto. Preparo caldo de verduras; casi dos litros. Y me entrego al guisado de las carrilleras con patatas. Al cabo de una cerveza y un tiempo moderado tengo el festín listo; la cosa no ha resultado ser como para echar cohetes, pero es lo que hay y lo cierto es que se dejaba comer muy bien -el color de la salsa bastante pirrileroso, y pienso que por culpa del triturado en el vaso triturador, que y se sabe que empastela el color de los elementos y de los resultados-. Comer hemos comido y sin ascos ni mucho menos. Bueno. Raquel no defrauda y sale a sus ocupaciones aleatorias: hoy yoga; bueno. Ya solo, con el gato metido en su cueva durmiendo su enésima hora, puedo ponerme cómodo en la butaca y dejarme llevar por el sopor que la digestión genera, y esa placidez tan rica. Aprovecho para ver unos capítulos de una serie que comenzamos a ver en nuestras sesiones nocturnas desde la cama y que a Raquel no le ha hecho mucha gracia -ninguna la verdad-. Pero a mí me ha entretenido lo suficiente -bastante más que esas series que le gustan a ella, que tienen la virtud de poner en pantalla vidas corrientes, de gente corriente, pero vidas mucho más mejores que las corrientes; vamos, como digo yo «que ver en la tele historias de la vida cotidiana no me aporta nada»; hay personas que necesitan vivir a través de otros, pero no es mi caso, creo que eso resulta finalmente muy deprimente-. Bla bla bla. Me trago plácidamente varios capítulos de la serie nórdica «La Plataforma», hasta terminar la primera temporada; el tiempo justo para ponerme a organizar la cena. Una cena sencilla y digestiva: sopa de fideo hecha con el caldo mañanero de las verduras y dos huevos escalfados por cabeza. Raquel me avisa por WhatsApp que ya está en el metro y enciendo el fuego. Llega y cenamos viendo un capítulo de su adorado cocinero «Sergio», un capítulo dedicado al tratamiento y cocinado de legumbres; a Raquel le priba verle; a mí sin más, vería tranquilamente cualquier otra cosa, pero le veo a gusto. Y es terminar la cena, recoger la mesa y los cacharros, encender el lavavajillas, reponer los cacharros de Indalecio, lavar los dientes, mear, vestir en modo descanso y acostarnos; estoy cansado y la nena también. Como yo me esperaba la nena ya no quiere ver más capítulos de «La Plataforma» -ahí he vuelto a estar hábil- y busca cosas nuevas; y encuentra algo que parece que le puede gustar: una serie con toque ciencia ficción o así, llamada «Night Sky», que en principio tiene pinta decente, pero ya veremos. Yo aguanto dos capítulos, más bien, capítulo y tres cuartos, y apago el aparato. Un rato después noto a Indalecio pegado a mi espalda; esa noche no me animé a cogerle y abrazarle con mi brazo derecho, porque me lo tiene todo lleno de picadas y rasguños, incluso postillas y restos de sangre; el muy capullo -le adoro-. Un día ligeramente triste; es lo que hay. |