Viernes 24 en Baraka
1 comentario viernes, 24 de enero de 2025

Nos vamos de tiendas al MegaPark; ése es el plan. Concretando: vamos a buscar estores para las ventanas del salón en el IKEA y en el Leroy Merlin; los conocemos, pero lo suyo es verlos, tocarlos, medirlos.
Nos organizamos para salir con el estómago sosegado pero no ahíto; para ello me apresto a hacer una tortilla de patatas de las mías, con su abundancia ovípara y su dulzura cebollera -no voy a entrar en más detalles, sólo comentar que me quedó de nueve y medio-. Entre una cosa y otra -básicamente la concienzuda preparación de Raquel lleva su tiempo, mucho- salimos pasadas la una, una hora perfecta para evitar las multitudes ociosas que frecuentan el universo comercial de la margen izquierda.
El primer destino es el parking del IKEA. No hay aglomeración en absoluto -en lo relativo es ya una cuestión personal donde la subjetividad transciende la realidad y se apodera de la parte sensible, y cualquier emoción puede señorearse de la mente...-. Cogidos de la mano inmaterial recorremos los pasillos siguiendo las estelas →↓←↑ que nos guían, que sosiegan la inquietud, que son el googlemaps del mundo corriente...
«Hemos detenido nuestro deambular en la Zona Sofás». Ha sido un latigazo mental, ha sido un recuperar un propósito y un recuerdo -yo me he encendido como una bombilla que caliente e ilumina-.
- Estoy harto de nuestro sofá chaislong, he pensado en voz alta y Raquel me ha hecho el coro.
El primer impulso nos ha llevado a reanalizar la elección ilusoria que hicimos hace unas semanas, el modelo HYLTARP; pero una vez allá, ante la realidad, nos ha decepcionado. «No es una buena elección, hay muchas posibilidades de que nos invada el arrepentimiento». Ha sido más un pensamiento que una otra cosa; un afán más que un impulso; pero se ha impuesto y ha concitado unanimidad.
- Hay que seguir mirando.
De nuevo un impulso visual, un caer de bruces tal que un Paulo camino de Damasco. Ante nosotros el modelo que buscamos, el que necesitamos, el que sueña con ocupar su lugar en el eje central de nuestras horas más relax: el modelo ÄPPLARYD, en tapicería jaspeada en claro y oscuro, el camuflaje más cercano al cero absoluto, el trampantojo peludo de nuestro amado Indalecio. Y hay acuerdo. Sí que ha costado hacerle entender a la nena que la historia de llevarle a Maite el sofá despojado es una mala historia, es una historia condenada al fracaso, es un esfuerzo inútil, o quizás... excesivo. Pero lo ha entendido, aunque siempre le cuesta superar la barrera de sus buenas intenciones -creo que hay pesa en exceso su dificultad para superar el obstáculo del pensamiento ajeno; pero tampoco considero que eso se un defecto, más bien es... una característica, una circunstancia-. La elección ya está hecha y sentimos una ligereza que nos ilumina el rostro con una sonrisa de índole convexa. Seguimos viaje. Estores...
¿Los estores del IKEA? Una gran decepción. Dice Raquel que los diseños están condicionados por conceptos de seguridad infantil.
- Han eliminado todos los elementos que pueden incitar al suicidio los infantes; qué locura, he pensado, incluso creo que lo he manifestado oralmente -jaja-.
Los estores del IKEA funcionan mediante unos mecanismos que son directamente "una mierda". Los hay que suben y bajan tirando de una barra de plástico que -no sé expresarlo mejor- es una mierda. Los hay que son comandados a distancia, pero que no nos convencen en absoluto, en este caso por estar hechos de un material celulósico de mantenimiento delicado y que anuncian una muy mala vejez; y que, además, cuestan un pico. Y, por último, están los estores económicos, los básicos, ésos que suben y bajan con un resorte interno, y que para desplegarlos cuando están completamente recogidos piden a gritos algún tipo de cuerda o cinta del que echar mano -tal y como son los que instalamos en el pueblo, en el salón-; otra mierda de la que abominamos. Dejamos correr un tupido velo en IKEA en cuanto al tema de los estores y lo dejamos en manos del Leroy Merlin -que tampoco me suscita grandes esperanzas-.
Ah, antes de abandonar en IKEA cualquier expectativa de compras, en la zona de batiburrillo hemos hecho acopio de cristalería: 4 copas cerveceras y media docena de copas de vino; las necesidades del día a día siempre ocupan un lugar de privilegio. Es todo lo que hemos pasado por el scanner de pago telemático. Siguiente etapa: Leroy Merlin.
Pues mira por dónde, en la zona «estores» Raquel ha detectado unos modelos de diseño "no enrollable" que no entraban en nuestros planes, pero que ahora sí son viables, dado que hemos tomado la decisión de abrir las posibilidades de instalación al techo además de a la caja de la persiana. En ello estamos. Tenemos que afinar las cuestiones técnicas -medidas etc-, pero a ambos nos han convencido y creo que se han hecho con el primer puesto en la carrera del cortinaje. De precio resultan problemáticos, pero...
Y ya vale de temas decorativos, tocan temas de abastecimiento digestivo: nos vamos en nuestro vehículo rumano al Mercadona, arrastrando el bulto hérnico que tanto me atosiga desde hace meses -ése que me hizo enfrentar mi muerte desde una óptica amable-. Antes una cerveza, un winston y un sandwich en un Ñam Ñam de «M». Del Mercadona salimos aromatizados con perfumes marinos de rape y congrio y bolsitas de gelatina gatuna. Estoy cansado, quiero ir a casa a ponerme ropa cómoda y a dar buena -o mala- cuenta de ese par de botellas de tinto somontano que Raquel ha seleccionado sorprendentemente -para mí-.
Ya anochece cuando iniciamos el viaje de regreso a Ítaca. Un despiste tonto me obliga a elegir la ruta larga, la bonita, la que recorre la margen de la ría desde San Ignacio hasta el Ayuntamiento. Raquel sube las compras de Mercadona y baja de nuevo para ir al BM a provisionarse de material marino para una preparación que nos apetece mogollón: una sopita rica rica de pescado con todos sus ingredientes y de todo. Yo compro O&M y subo las copas. El muchacho me recibe con los nervios alterados, muy en su línea; pero no hay problema: le proveo de mimos y cariños y le hago sentir que estamos de regreso para quedarnos, que en la noche no va a estar solo, que le queremos con locura -esto es así-.
¿Acaso alguien piensa que ya está hecho el día, que los acontecimientos especiales ya están cumplimentados? De eso nada, nuestra imaginación no conoce límites, y tampoco nuestra sed de locura y transgresión. Sí, mientras Raquel se pone manos a la obra con el cocinado de unas verduras para puré, entra ambos le metemos mano al tintorro aragonés y charlamos y charlamos y charlamos. Raquel anuncia que le apetece montar el cinematógrafo para ver «2001 Una odisea en el espacio»; hemos estado hablando de lo fantásticos que son los primeros minutos de la peli, en donde salen los australopitecus y el salto a la aventura espacial, y la música de Strauss y Zaratustra y todo el pastel. Así que cenamos el puré -muy bien resuelto- en la mesa de la cocina y yo preparo la sala de proyección... y nos ponemos cómodos, como reyes y reinas, como multimillonarios de barrio, como nos gusta sentirnos. Taza de té, copita de PX, chocolate negro y un puñado de almendras tostadas, una iluminación en modo "cero" y unas mantitas cubriendo el cuerpo del frescor nocturno; todo el mundo reconcentrado en nuestra intimidad, mientras Indi se acomoda en su camita para echar la primera cabezadita de la noche -que alguien me cuente algo mejor-.
El sueño nos invade al cabo de una tercio de película y reculamos al tálamo, con gran placer. Indi se acurruca en mis brazos cuando ya está avanzada la madrugada y ahí estamos los tres: «Purrú Purrú».

#IKEA - #leroymerlin - #sofa - #estores - #copas - #mercadona - #sopadepescado

comentarios
1alberto 
24/01/2025 8:35:24
“Todos consideramos nuestra vida como una historia, creo yo, y estoy convencido de que psicólogos, sociólogos, historiadores, etcétera, harían bien en admitirlo así. Si una persona rebasa el límite de los sesenta años o más, es casi seguro que la historia de su vida ya haya terminado y que lo que le resta vivir no sea sino un epílogo. La vida no ha terminado, pero la historia sí”.
El francotirador. Kurt Vonnegut

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