Historias, Heródoto - Notas
martes, 28 de enero de 2025

Estudio preliminar [¿prólogo?]
Por María Rosa Lida de Malkiel

La Obra

Viajes

En su excurso de Egipto, Heródoto cuenta (ii, 143) el caso de su colega Hecateo, que se jactaba de descender de los dioses en decimosexto grado, y a quien los sacerdotes de Zeus en Tebas, mostraron, alineadas una junto a la otra, las estatuas de los sumos sacerdotes, de hijos a padres, hasta completar trescientas cuarenta y cinco generaciones cabales.

Estada en Atenas

"parece que es más fácil engañar a muchos que a uno solo" observa cáusticamente a propósito de Ariatágoras, quien atrajo a su alianza al pueblo de Atenas pero no al rey de Esparta...

Padre de la Historia

... esas horas griegas, marcadas por el número de gente que llena la plaza de la ciudad ("antes de mediodía", literalmente, "cuando está llena la plaza") esas distancias medidas en "jornadas para un hombre diligente" (literalmente, "para un hombre que lleva bien ceñida la ropa")...

seguimos en el prólogo

los getas, necios y fáciles de engañar, llevan su necedad al colmo de creer que no hay más dios que el de ellos

Demarato envía a Esparta aviso de la proyectada invasión. De igual modo, Dionisio de Focea, marino experto, se ofrece a adiestrar a los jonios, pero como éstos, incapaces de prolongada disciplina, malogran la campaña, Dionisio, después de combatir denodadamente con sus propias naves, acaba por hacerse pirata, pero nunca ataca a los griegos

Jerjes huye desaladamente de Grecia a Persia, afirma la vanidad patriótica griega, y los abderitas agregan que fue en Abdera donde aflojó por primera vez su cinturón: ¿cómo pintar más gráficamente lo precipitado de la fuga que impide todo pensamiento como no sea la huida misma, y la sensación de alivio físico del Rey al pisar suelo asiático?

La obra

El estilo oral ha dejado en la prosa de Heródoto su marca indeleble: a él se remontan las frecuentes referencias a lo que sigue y precede, los apartes personales, las recapitulaciones y repeticiones (la graciosa «figura herodotea», i, 14-16: «los minias de Orcómeno se hallan mezclados con ellos, los cadmeos, dríopes, los colonos focenses, los molosos, los árcades pelasgos, los dorios epidaurios y otros muchos pueblos se hallan mezclados», iv, 53: «El río Borístenes... a nuestro juicio el más productivo, no sólo entre los de Escitia sino entre todos los demás, salvo el Nilo de Egipto: con éste ningún otro río puede compararse, pero de los restantes el Borístenes es el más productivo»), el enlace de las breves oraciones con demostrativos (i, 78: «... hasta Candaules, hijo de Mirso. Este Candaules...» «Giges era muy su privado... este Giges») y participios (i, 8: «Este Candaules, pues, se había enamorado de su propia mujer, y habiéndose enamorado, pensaba...», ii, 25: «atrae el agua hacia sí, y habiéndola atraído, la rechaza...», iv, 95: «allegó grandes tesoros y habiéndolos allegado se marchó...»).

Probablemente se remonte a la Biblioteca de Alejandría la juiciosa división en nueve libros (de acuerdo con el contenido y no con la extensión), número que llevó a dar a cada libro el nombre de una musa y sugirió diversas e ingeniosas explicaciones, siendo la más sencilla y graciosa la del epigrama anónimo de la Antología griega (ix, 160):
Heródoto a las Musas dio hospedaje,
y cada Musa en pago le dio un libro.


Libro 1º
32

Y Solón replicó: «Creso, a mí que sé que la divinidad toda es envidiosa y turbulenta, me interrogas acerca de las fortunas humanas. Al cabo de largo tiempo, muchas cosas es dado ver que uno no quisiera, y muchas también le es dado sufrir. Yo fijo en setenta años el término de la vida humana. Estos años dan veinticuatro mil doscientos días, sin contar ningún mes intercalar. Pero si queremos añadir un mes cada dos años, para que las estaciones vengan a su debido tiempo, resultarán treinta y cinco meses intercalares, y por ellos mil y cincuenta días más. Pues en todos estos días de que constan los setenta años, que son veintiséis mil doscientos y cincuenta, no hay uno solo que traiga sucesos enteramente idénticos a los otros. Así, pues, Creso, el hombre es todo azar.

94
Pero no cediendo el mal, antes bien agravándose cada vez más, el rey dividió en dos partes a todos los lidios, y echó suertes para que la una se quedase y para que la otra saliese del país. El mismo rey se puso al frente de la parte a la que tocó quedarse en su patria, y puso a su hijo al frente de la parte que debía emigrar; su nombre era Tirreno. Aquellos a quienes había tocado salir del país bajaron a Esmirna, construyeron naves y embarcaron en ellas todos sus bienes muebles, navegaron en busca de sustento y morada, hasta que pasando por muchos pueblos llegaron a los umbrios; allí levantaron ciudades que pueblan hasta hoy. Cambiaron su nombre de lidios por el que tenía el hijo del rey que los condujo, llamándose por él tirrenos. Así, pues, los lidios quedaron sometidos a los persas.

Libro 2° [Egipto]
76

Cuéntase que, con la primavera, las serpientes aladas vuelan desde la Arabia al Egipto, y que los ibis les salen al encuentro en esa quebrada, no permiten a las serpientes pasar al país, y las matan. Por este servicio dicen los árabes que el ibis recibe gran veneración de los egipcios, y convienen los egipcios en que por esto veneran a esas aves.

78
En los convites de la gente rica, cuando ha acabado la comida, un hombre pasa a la redonda un cadáver, hecho de madera, en su ataúd, imitado a la perfección por el labrado y la pintura, tamaño en todo de un codo o dos, y al enseñarlo dice a cada uno de los comensales: «Mírale, bebe y huelga, que así serás cuando mueras». Tal es lo que hacen en los convites.

84
Tienen la medicina repartida en la forma siguiente: cada médico atiende a una enfermedad y no más. Todo está lleno de médicos: unos son médicos de los ojos, otros de la cabeza, otros de los dientes, de las vísceras del vientre, de las enfermedades ocultas.

89
En cuanto a las mujeres de los nobles, no las entregan para embalsamar inmediatamente que mueren, y lo mismo las mujeres muy hermosas o principales, sino las entregan a los embalsamadores tres o cuatro días después. Hacen esto para que los embalsamadores no se unan a las mujeres. Cuentan en efecto, que se sorprendió a uno mientras se unía a una mujer recién muerta, y que un compañero de oficio le había delatado.

115-120
Cómo cuentan los egipcios la historia del rapto de Helena y la guerra de Troya

138
Bubastis

Libro 3° [Egipto]
38
Pindaro
La costumbre es reina de todo

48
Periandro, hijo de Cípselo, despachó a Sardes al rey Aliates trescientos niños de las primeras familias de Corcira, para que los hiciese eunucos.

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