 Un día de muy mal tiempo: lluvia, viento y frío. En un principio mi mente se inclinaba por un abandono absoluto de experiencias exteriores, otro abandono total de las experiencias pendientes en el universo de las masillas y las espátulas y un abandono general de preocupaciones; una entrega al ocio, la lectura y el disfrute de la música. Pero todo eso ha sucedido en mi mundo interior en las primeras luces y sombras de un día poco amistoso. Lo cierto y lo real, lo que ha completado inicio del guión de la jornada ha sido el pronto que me ha llevado a disfrazarme con el equipamiento completo de un salir a la intemperie y dirigirme a un lugar cualquiera. Una vez tomada la decisión lo inevitable era buscar un sentido práctico a la salida, y lo he encontrado rápidamente: comprar coles de Bruselas; jajaja. «¿Qué elaboración pergeñar en la que incluir unas sabrosas coles de Bruselas?». - Ya lo tengo: pasta de lentejas con salsa de tomate made in me y de tropiezos coles y flores de brócoli. Una idea brillante sin duda. El destino de mis afanes no podía ser otro que un Mercadona; las últimas coles las compré en el de Rodríguez Arias y estaban de puta madre. Mercadona las vende envasadas en bolsas y vienen muy limpias y son de categoría de la buena. Así que vestido como un marinero en alta mar me he lanzado al mundo inhóspito. Ya en la calle me he ido sin dudarlo a la boca del metro; el tiempo no animaba a caminar por las calles, zarandeado por las ráfagas ventosas y azotado por la lluvia. Según las escaleras automáticas me llevaban al mundo subterráneo he ido barajando las diferentes opciones; Bolueta está muy visto y con mal tiempo no resulta interesante; Deusto podía servir para aprovechar que la ribera está a tiro de piedra, pero allá el vendaval y la lluvia harían poco cómoda la excursión; Consulado no me parecía lo mejor, por estar en zona pija y concurrida. Y llegando al momento de sacar la Barik para acceder a los andenes me ha venido la inspiración: el de Alameda Urquijo es uno de los mercadonas que menos he frecuentado y ese desconocimiento me ha parecido atractivo; decisión tomada. Instalado en el metro me dejo llevar acunado por las canciones de Danny y sus muchachos. Salgo por la boca de Sabino Arana (hace años Avenida José Antonio; joder) y cruzo la gran avenida haciendo piruetas para que no se volviera del revés el paraguas; me he pertrechado con uno de mis paraguas de nivel alto de inclemencias y ha sido un acierto. En fin. En el Mercadona compro un poco de esto y otro poco de aquello. Para Raquel un bote de Rosa Mosqueta. Para Indi un sobre de pechuga de pollo. Para mí un pincho de tortilla (me lo he comido en casa a escondidas de Raquel, mientras preparaba la comida). Para ambos nosotros un par de bolsas de coles, una bolsa de flores de brócoli, un solomillo de cerdo, una cajita de tomates cherris, y quizás algo más que no recuerdo. De vuelta a casa, ya más conforme conmigo mismo (la cosa de la ansiedad es así, te puede consumir como no andes atento), me he puesto a las cosas del día a día. Sin casi tiempo para desvestirme he atendido a mi chiquitín y le he dado la gran alegría de la pechuga de pollo, que le encanta (la primera loncha, fijo que mañana, cuando pretenda darle de lo mismo, ya no me lo come con pasión); y satisfecho el felino ya he podido ponerme cómodo y organizar todo lo relativo a la comida. Para la pasta he preparado salsa de tomate. Mientras la cebolla se iba pochando he limpiado con parsimonia las coles de una de las bolsas; un buen montón, que siempre me parecen muchas, pero que nunca me cansan. También he seleccionado unas flores de brócoli y media docena de tomatitos. Y esta ha sido la película que me vivido durante esas horas entre las doce y las dos y media, con un intervalo de lectura en las páginas de «Historia» de Heródoto, en el ratito entre tener la misse en place perfectamente organizada y el momento preciso en el que comenzar con el hervimiento del agua y la fritura de las verduras (y en ese leer el sopor me ha dominado y me he dejado llevar durante unos minutos, deliciosos minutos). Raquel ha tenido un día muy especial: ha habido una reorganización en las altas y en las medianas esferas de la Telefónica que le afectan de lleno. Claudia deja de ser su jefa y Alejandro su Gerente; una de cal y otra de arena. De sus nuevos superiores la información que maneja parece que no los pinta mal, en concreto el gerente que le toca parece que es de las nuevas hornadas y que no es de la vieja escuela, que no es que sea algo sino que es mucho. Pero bueno, la nena es lógico que está en modo alerta, pero no especialmente agobiada. Una de las nuevas circunstancias que más ha comentado es que vuelve a estar en el mismo equipo que la Teresa; en fin, en esta vida todo vuelve, ya se sabe. La pasta de lentejas y sus añadidos ha quedado muy sabrosa y ha sido ración bien abundante y bien saciante, perfecta comida para hace un sesteo como dios manda. Raquel ha anulado su clase yoga y ha pasado la tarde sumida en ese estado tan típico en ella de desasosiego por sentir una culpabilidad muy de estos tiempos postmodernos (así es ella); yo me he relajado viendo de reojo la peli de «Dos tontos muy tontos» (me ha llamado la atención la actriz principal de peli, Lauren Holly, que ha resultado ser una de las esposas de Jim Carrey, que se liaron justo en esa época, jeje) y curioseando paridas en el móvil. Por cierto que para calmar la ansiedad de Raquel le he propuesto que se encargue de la cena y que haga algo con el solomillo; me ha aceptado la sugerencia y ahí se ha puesto con el asunto (justo mientras escribo esto, está cocinando y escuchando no sé qué en sus cascos); menos mal que ha funcionado el entretenimiento porque de no haber sido así se pone muy a la defensiva y paga su aburrimiento conmigo. Y poco más. Una nota que añadir es que a media tarde me ha mensajeado Rebeca para decirme que se iba a pasar con el coche y que le bajara la mesa de centro del salón, que nos queremos deshacer de ella y les viene bien, pero le he quitado la idea de la cabeza, pues me hacía cero gracia tener que vestirme y cargar la mesa y su cristal hasta la calle, «Rebe, es un trajín para mí solo, mejor te pasas con Txetxu y os lo montáis vosotros». La sobrina tiene una mentalidad demasiado machista para mi gusto (fijo que ella no le siente así, pero es lo que hay); está acostumbrada a que Jorge nunca ponga pegas y apechugue con lo que le pida, pero yo no soy su padre; si a mí me lo pide Tachón pues lo mismo no protesto mucho, pero Rebeca no es Tachón. Ya digo: y poco más por hoy. |