 Paseo hasta Mercadona a compras variadas: pienso seco para Indi, y hierba gatera, y chuperreteos; rosa mosqueta y perlas de serum para Raquel; desodorante, grisinis, coles de Bruselas y café para mí. Regreso en metro. Nueva salida al BM a comprar leche, charcutería, patatas y cebollas, copos de avena y algo más. La comida es sencilla: lentejas de las mías con chorizo y morcillitas. Raquel sale a su clase de baile y yo me quedo descansando y leyendo. Mientras tanto pienso en el futuro inmediato, pero no tomo decisiones: maduro las opciones. Estoy demasiado depre para lo que es mi estilo. Intento que Raquel quede al margen de mis desvelos, tampoco es mi estilo. Me pregunto a menudo si mi intensidad emocional actual surge de alguna lógica animal, una que tenga que ver con los procesos temporales y que en cada cual se manifiesta a su ritmo particular; me lo pregunto con ceño fruncido, para que del esfuerzo brote una brizna de cordura. He leído tonterías al respecto en ese baúl de locuras que contiene mi móvil de cabecera, que señalan dos grandes cimas, o simas, desde las cuales el horizonte cambia de color, o la tenue luz se torna en oscuridad; hablan de un momento alrededor de los 40 y de otro sobre los 60, pero yo soy más del gran momento brahmánico: cuando el que ha cumplido los retos de la madurez y ha vestido los atuendos de guerrero/sacerdote y de padre/abuelo y puede alejarse con dignidad - y no hay vuelta atrás - del ajetreo de las obligaciones mundanas y hacer que su mente flote en paz en el universo interior, el único real. Cenamos lo que quedaba de sopa de pescado, una cena de primera. |