.jpg) Aún no amanece. El día se presenta fresco y ventoso; en la tele pronostican alerta amarilla en la costa gaditana, por vientos y olas desaforados. Madrugamos como es habitual, el desayuno nos llama tiernamente, a gritos el porcelanoso del fondo a la derecha. Habíamos planeado ayer salir a caminar por la zona del estrecho brazo de tierra que se cubre con pasarelas; habíamos planeado comer en el Ventorrillo el Chato, y habíamos reservado a las dos. En este preciso momento (las 7:48) todavía no hemos decidido qué hacer esta mañana. [escrito el día 4 de abril, un viernes de lluvias y claros] El plan sale a la perfección. El inicio de la ruta está en una zona junto a la playa, donde comienza una ruta de pasarelas de madera que lleva hasta la Punta del Boquerón. Al poco de echar a andar por el camino junto a la carretera, nos parece más interesante continuar pisando la arena de la playa; una idea bien traída. El mar está un poco agitado, el viento levanta ráfagas de arena que se estrellan en mis pantorrillas, pero caminar resulta agradable. Al cabo de más de 5 kilómetros llegamos a la Punta del Boquerón, justo frente a la isla de Santi Petri, donde el templo de Melkart. Caminando nos comemos el sandwich de tortilla francesa que llevábamos listo desde el apartamento de Cádiz. El camino de vuelta sí lo hacemos por entre la vegetación y las dunas. Ya en el coche tenemos el tiempo justo para llegar al restaurante a la hora de la reserva: las dos en punto. Aparcamos en el Ventorrillo y pasamos a ocupar nuestra mesa. El restaurante es de lujo, al modo del Kate Zaharra; señorial y con sabor a otros tiempos. Comemos de puta madre. Pedimos el menú degustación, compuesto por variadas delicadezas... zamburiña al ajillo, etcétera (ver foto). Regresamos a Cádiz y yo me dedico a descansar mi hernia, que me tiene un poco harto. Un buen día, con un poco de naturaleza y otro poco de lujos burgueses. |