Comienza una semana capital, diferente, acojonante, liberadora y regeneradora. Ésa es la idea, ésa; más tarde, el tiempo pone a cada cual en su lugar correcto, el que ocupa la existencia, el pasado, el presente y el futuro, todo lo que se es: aquello que transcurre desde el germinar hasta el marchitar, desde el principio de todas las cosas y hasta el fin de los tiempos, los míos. No habrá ocasión para dar más besos, sonrisas de amor. No habrá un lugar que ocupar, un mundo al que dar cuerpo y mente. Ya no habrán sueños a medio recordar, ni pesadillas a olvidar. El tiempo comienza y se detiene; otros cogerán el relevo y lo pasarán a su debido momento. Ésta es la realidad de las cosas. Hoy he comenzado el peregrinar por los lugares de culto al cuerpo, donde las sacerdotisas de la diosa de la fortuna y los sacerdotes de lo imposible hacen las magias de la sanación, las alquimias de los elementos y las cirugías de la carne. Ahí he ido con el corazón caliente y la voz que me cuenta lo maravilloso que es todo, que no son de ayuda los recomendaciones hipocondríacas que me cuenta alguna otra de las voces que quiere infundir en mí temor y dudas, que todo va a salir a pedir de boca. Otra vez me recuerda, como aquel esclavo que caminaba a la vera del César, que yo «ya estoy amortizado», que todo el tiempo que me espera más adelante es un regalo y una oportunidad para levantar poco a poco el pie del acelerador de los deseos. [...] Poco después de las 8:30 -mi cita era a las 9 en punto- me presento ante el mostrador de Recepción de la Clínica de la Cruz Roja, la que tiene la entrada en el chaflán entre Alameda de Urquijo y Doctor Areilza. He ido caminando; caminando a buen paso, buscando el trayecto más cómodo y más tranquilo, y, por supuesto, llegando antes de tiempo -siempre me doy margen con el asunto del tiempo, prefiero esperar a dar explicaciones y pedir perdón-. Esta vez ha habido suerte -es lo más habitual- y según he llegado me han pedido los datos y me han dirigido a la planta -1, a la sección de "Extracciones", con un buen fajo de papeles en la mano, entre ellos unas hojas con las recomendaciones preoperatorias. La cosa va bien. Una enfermera con aires profesionales, entre los treinta y los cuarenta, vestida de enfermera y abrigada con un polar gris, me tantea la sangradura derecha y le noto insegura. «Lo sé, siempre me pasa, mis venas no se notan bien», le digo para darle un consuelo emocional. A ella el comentario se la trae floja, pero prueba en la sangradura izquierda. «Aprieta el puño», me pide y yo obedezco. La sangradura izquierda es la elegida, en ella clava una aguja hipodérmica y se tira unos cuantos segundos extrayendo líquido de la vida, de la mía, el suficiente para hacer sus pruebas y mediciones. En fin, en un pispas aquello es cosa hecha. Me recoloco mis cosas, los cascos y la sudadera y me encamino al siguiente punto médico. En el mostrador me han dado un papel para presentar en el local que la Cruz Roja tiene en Simón Bolívar, frente al patio de recreo del colegio de los jesuitas; electro y placa a las 10:00. De un sitio al otro se tardan cinco minutos, o menos; no son las nueve cuando hago acto de presencia en el correspondiente mostrador. El funcionario que me atiende no me deja casi terminar mi frase de presentación: «Te estaba esperando». Joder, qué eficiencia. Una voz a mi espalda me habla, «Alberto, ven conmigo». Joder otra vez, qué maravilla, viva Euskadi. En un nada me hace colocar ante un aparato de rayos X de los de antes, como aquel que tenía mi tío Carlos en su consulta. «Pega el pecho y la barbilla, y coge aire. Ya puedes soltarlo». Joder. Salgo y una muchacha me llama desde una consulta al otro lado del pasillo, «Aquí por favor». Se trata de la ejecutora del ritual de las ventosas. «¿Cómo ves mi corazón?», le pregunto en plan cuñado, «Late», me contesta como se ha de contestar a un cuñado de los cojones -lo sé, debo estar más pendiente de mí mismo-. Son las 9:10 y ya estoy de nuevo en la calle, con todo el asunto sanitario resuelto; mañana a las 14:15 tengo que regresar a Simón Bolívar a visitar y conocer al Anestesista, para que me diga cosas, y tal. De regreso a Santutxu hago una parada en el Mercadona del Consulado para comprar, fundamentalmente, pienso seco para Indi, y algunas cosas más para nosotros. En metro regreso al barrio. Dejo los trastos en casa y salgo de nuevo a comprar, esta vez al LIDL; leche, verduras variadas y poco más. Colada y cocineos variados, pechuga a la plancha y acelgas con patatas. El resto del día en modo relax. Raquel va a su clase de baile con las autoridades sanitarias y yo la espero con una tortilla de calabacín y cebolla. Terminamos en la cama buscando algo decente que ver, pero con poco éxito. Mañana... anestesista a las 14:15 en la Cruz Roja de Simón Bolívar.
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