Grecia y Roma no fueron tan relevantes para Occidente
jueves, 10 de abril de 2025

Josephine Quinn, profesora de Historia Antigua, asegura que los valores europeos tienen en realidad poco que ver con los del mundo clásico. Lo analiza en el libro «Cómo el mundo creó occidente»


En la antigua Grecia se animaba a los adolescentes a mantener relaciones sexuales con hombres mayores, pues se consideraba que formaba parte de su proceso de crecimiento. La democracia ateniense era exclusivamente para los hombres y funcionaba en gran medida por sorteo, de manera que muchos cargos públicos se adjudicaban mediante rifa. Los romanos, por su parte, ejercieron la esclavitud a gran escala y se divertían asistiendo a ejecuciones públicas y sangrientos espectáculos como las luchas de fieras y gladiadores.

¿De verdad los llamados ‘valores occidentales’ tienen su origen en la Grecia y Roma clásicas?

Eso nos han contado hasta la saciedad: que Grecia y Roma constituyen los cimientos de la civilización occidental, que la raíz de la cultura europea se encuentra en el mundo clásico, cuyos admirables principios fueron enterrados durante la oscura Edad Media y recuperados después por el Renacimiento. En películas, revistas, series de televisión y no pocos textos académicos, Grecia y Roma se elevan como fuente inagotable de todo tipo de bondades, desde la democracia y la filosofía hasta el teatro y el hormigón. Son lo más.

Sin embargo, Josephine Quinn, profesora de Historia Antigua en la Universidad de Cambridge (la primera mujer en ocupar ese cargo) y codirectora de varias excavaciones arqueológicas, se rebela contra esa idea. “La verdadera historia detrás de lo que ahora se llama Occidente es mucho más amplia e interesante que la de Grecia y Roma”, asegura. Para ella, nuestros ancestros no sólo son griegos y romanos, sino también fenicios, cartagineses, frigios… Por no hablar de que la mayoría de las ideas y tecnologías de griegos y romanos procedían con frecuencia de otras partes del mundo: los códigos de leyes, de Mesopotamia; las esculturas de piedra, de Egipto; el sistema de irrigación, de Asiria; el alfabeto, de Levante…

“La palabra democracia es griega, y cuando pensamos en democracia pensamos siempre en la antigua Atenas, donde los cargos públicos se repartían por sorteo. Pero 1.500 años antes, en la antigua Asiria, ya funcionaba un sistema parecido y el magistrado principal se seleccionaba a través de un sorteo”, nos cuenta.

Occidente sería fruto de toda esa red de relaciones, de ese entramado de contactos de todo tipo. Ese gigantesco conjunto de interacciones nos habría forjado a lo largo de 4.000 años, con viajes, migraciones, relaciones comerciales y también vínculos negativos como las guerras o las enfermedades.

Esa es la reflexión central que late en Como el mundo creó occidente (Crítica), un libro de más de 650 páginas (más de un centenar de las cuales son notas) en el que Josephine Quinn propone una historia muy distinta a esa que comienza en el Mediterráneo grecorromano y luego resurge en la Florencia renacentista. La suya es una historia que rastrea las relaciones que durante 4.000 años, desde la Edad de Bronce hasta la Era de la Exploración, construyeron lo que ahora llamamos Occidente.

Una de las pruebas más contundentes quizás de que Europa es mucho más que los griegos y los romanos se encuentra en la propia palabra Europa. "El vocablo Europa no proviene ni de Roma ni de Grecia. Probablemente, sea un término semítico relacionado con la puesta del sol, aunque no está del todo claro. Cuando se emplea por primera vez, incluso en los textos griegos, solo se refería a un área minúscula próxima a la Bulgaria actual. Y no solo eso: en la mitología griega, Europa es una princesa fenicia que llega a Creta a lomos de un toro que resulta ser el dios Zeus, que se casa luego con el rey de Creta y que después se retira a Turquía. Europa no llega nunca a pisar la Europa continental”, afirma Quinn.

La idea de que Occidente se cimienta sobre Grecia y Roma comenzó a gestarse en el Renacimiento, pero alcanzó su punto álgido en los siglos XVIII y XIX. “Y ahí es donde entra en juego el pensar en términos de civilizaciones, porque antes de eso nadie pensaba de esa manera”, destaca Quin. La palabra ‘civilización’ se usó por primera vez en Francia en el siglo XVIII y era una idea abstracta que aludía a la sociedad avanzada, a algo a lo que todo el mundo podía acceder. “Pero luego, en el siglo XIX, empezó a pensarse en civilizaciones en plural, en entidades culturales separadas que tienen su propio carácter y su propia historia”, destaca esta profesora de Historia Antigua de Cambridge. Sería ese modo de pensar en civilizaciones como compartimentos separados el que nos habría hecho dar protagonismo a Grecia y Roma en detrimento de todas las otras relaciones que a lo largo de los siglos conformaron Occidente.

Quinn considera, de hecho, que es exagerada la influencia que se atribuye a la Grecia clásica en el Mediterráneo. “Desde luego, en la cultura popular se ha sobreestimado, y creo que también en la educación en muchos países. Hay una literatura extraordinaria griega, sobre todo una literatura filosófica, y ese es el motivo por el que creo que se ha dado tanta importancia a Grecia. Pero, en realidad, Grecia eran unas ciudades-estado realmente pequeñas, y si alguna de ellas tuvo unos poderes más amplios fue durante un breve periodo. Los griegos en realidad eran bastante marginales en el Mediterráneo, pero muy interesantes”, destaca.

Roma es un caso diferente. El imperio romano sí que fue extenso y poderoso. “Pero durante la época del imperio romano estaban sucediendo muchísimas otras cosas simultáneamente. En aquel momento también estaba el imperio persa y el de la antigua china, así que Roma no estaba sola”.

Occidente como idea, como concepto, no existía en la antigüedad grecorromana, para nada. Existían, por supuesto, el este y el oeste como puntos cardinales, pero sin atribuirles valores. “Fue san Agustín el primero en usar la palabra occidente, al decir que se podía dividir el mundo entre el este y el oeste, entre Europa y África, por un lado, y Asia, por el otro. Pero debido a su importancia en el pensamiento cristiano, la idea de occidente se convierte en muy común”, advierte Quinn.

En tiempos de san Agustín, sin embargo, el concepto de occidente aún carecía de juicio de valor. “Empezó a tenerlo en el periodo medieval, cuando el cristianismo básicamente construyó el mapa de Europa. Europa se convirtió en el centro de la cristiandad y, en ese momento, esa idea cristiana de occidente se trasladó al mapa como Europa. La gente no hablaba de Europa hasta ese momento”. Josephine Quinn lo que propone es que seamos conscientes de todo ello cuando manejemos conceptos como occidente o civilización. “Es bueno no olvidar que las civilizaciones no son hechos naturales, como tampoco lo es occidente”.

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© Zalberto | enero - 2026