 Apenas he pisado las calles, tan solo acercarme al BM a comprar cuatro chorradas; una vana excusa para que no me catalogue como "eremita sin remedio". He comprado fresas, almendras, mejillones en escabeche, pechuga de pavo (potrosa) y poco más. Una mañana que físicamente no ha sido de las buenas, ni tan siquiera de las pasables, incluso el caminar se ha producido con mi centro de gravedad levemente alterado, oscilante, gestionando mi cuerpo sin convicción, dudando de su propia capacidad locomotora. En fin, mal. He buscado los motivos -el motivo- y sólo me ha parecido un factor influyente el haber consumido media Dormidina en el momento de acostarme; pero todo esto sin pruebas concluyentes, ni experiencias en las que apoyar mi suposición -la única-. Mientras Raquel está sumida en su mundo telefónico -la noticia de la mañana ha sido el anuncio de Murtra de un plan para prejubilar a unos 4.000-. Con esa actitud tan suya mezcla de excitación y angustia -miedo y deseo- ha pasado esas horas colgada al teléfono: el martes viaja a Madrid, hace una noche y regresa el miércoles. Son planes de JuanLu, el nuevo gerente, que quiere compartir tiempo "de calidad" con su equipo; cómo será su idea que les ha sugerido que vistan ropa cómoda, jajja -el equipo ha estado flipando: Teresa pensando en que lo mismo les va a llevar a hacer running, Raquel se decanta por tirarse en tirolinas, y en ese plan-. He cocinado lentejas -espesas esta vez-. No sé qué problema tengo en la gestión de esta receta, pero o me salen líquidas o me salen espesas, qué le vamos a hacer. Se han dejado comer y hemos comido. Sin pausa la nena se ha ido a casa de Esther a su habitual corte de pelo y de allí de tiendas y a bailar; no está Irene, pues andan de viaje por Irlanda, ella y Héctor, claro. Ya anochecido el día regresa Raquel. Para ella una tortilla francesa con bonito y una a pelo con acompañamiento de sardinillas para mí. Y a la cama a seguir viendo una serie postapocalíptica argentina que protagoniza Ricardo Darín, «El Eternauta». |