 Despierto poco antes de las cinco, me meo. Intento recordar qué pasó ayer a partir de ciertos momentos en la terraza de Prim, pero es inútil, hay un vacío total... otro pedo de mierda. Yo no quería que pasara, de hecho si por mí hubiera sido no se habría celebrado esa comida, organizada por Esther con el único objetivo de servir de excusa para beber a destajo; pero una vez aceptada la invitación a mí sólo me quedaban dos opciones, y había que elegir. La primera, la más saludable, era plantarme en el tema de beber y dejar que ellos hicieran lo que quisieran; esta opción es la buena para mi cuerpo, y la mala desde la óptica grupal, en la que mi actitud resultaría inesperada, cutre, estirada y molesta. La otra opción, la que elegí, suponía no hacer nada inesperado y beber al mismo ritmo que el resto, aún sabiendo que eso implicaba borrachera hasta el tope, hasta perder los recuerdos, como así fue. En fin, ésta es la historia, y esto es lo que no le puedo explicar a Raquel porque se pone de muy mala hostia. Borracheras así han sucedido unas cuantas, muchas; en bastantes ocasiones Esther y yo nos enfrentamos por sus chorradas y se produce el disgusto general: yo no me callo y ella se mantiene en sus trece (sus trece mierdas, por supuesto). Ayer, durante la comida, ya se produjeron un par de roces: el primero a cuenta del cepillado de Indi y la "caspa" que ella le saca y que, para más inri, ella sugiere que es consecuencia de que no le cepillamos como debemos, y esto me saca de mis casillas y no pude contenerme y le canté las cuarenta; el segundo roce tuvo como tema "la calidad de la paella", que por lo que sea, Raquel y Jorge, para que, supongo, Esther se sintiera bien le alabaron el resultado, cuando era un desastre y sé perfectamente que Raquel pensaba así, pero para no hacer daño... lo que no pude aguantar es que la Tata no tuvo ningún reparo en afirmar que le había quedado "muy" bien, y en fin, no le di el gusto y se medio mosqueó. Si se suman los dos roces se comprenderá fácilmente que el terraceo ya empezaba cargadito de emociones y el desarrollo se veía venir; ése podía haber sido el momento, el de ir a la terraza a emborracharnos del todo, para que Raquel hubiera cortado por lo sano y me hubiera cogido de la solapa y pirarnos a casa, pero no lo hizo y pasó lo que tenía que pasar. Raquel, aún estando medio muerta, sale a caminar, de nuevo Artxanda. Y, además, se pasa por La Oka a comprar albóndigas (12) para eje central de la comida del mediodía, al que yo he añadido arroz basmati. Mi muchacha es formidable. Yo me he arrastrado por la casa todo el día, con intensidad desde las primeras luces del día y hasta más o menos el mediodía. He reaccionado un poco, lo suficiente como para cambiar la arena del cagaleku del Indi y poner orden la cocina; además de pasar el aspirador Xiaomi por toda la casa, hasta que la batería ha dicho "agur". Después de comer hemos retomado el descanso, Raquel en la cama, yo en la butaca; Indi en su camita. A eso de las cinco Raquel me ha propuesto ver una peli en la cama con ella: «Flow» -película letona-, Oscar a la mejor película de animación en el 2025; un gatito negro al que le pasan cosas en un mundo imaginario; sensibilidad a manos llenas. |