 Desde una mañanita tranquila en esta tierra alpujarreña hasta una media tarde cervecera hay un vaivén muchas veces repetido y ya tiempo ha que se convirtió en una de nuestras habilidades sociales más celebradas. A primera hora me incorporo a las rutinas gimnásticas online con Maite y Raquel; esta mañana tocaba brazos. Tengo las fibras musculares adormecidas y no reaccionan bien al ejercicio intenso por lo que me recomiendo a mí mismo, en voz clara para que se me escuche, no abusar de mi baraka y reiniciar las prácticas corporales manteniendo un perfil intermedio y un nivel de exigencia más bien laxo. Lo he hecho bien, sin pasarme de la raya. Al terminar me he hecho unos cuantos largos en la piscina y sin entretenerme en monerías me he vestido con ropa cómoda para ir al pueblo caminando; la primera caminata orgiveña en solitario de este verano. He ido a comprar pasta vegetal. Raquel me recomendó probar suerte en la tienda que hade esquina frente a donde hace unos años había una sucursal de Caja Granada, entidad que me da en la nariz que ya ni existe ni ná. He encontrado pasta de guisantes y pasta de lentejas y he comprado ambas; la tienda me ha molado y he pensado que sería buena idea que la nena le echara un vistazo. Y ya que estaba en la zona he aprovechado para comprar verduras y frutas en la tienda que nos gusta desde ya el año pasado. Vainas, tomates, pepinitos, pimientitos de colores. Hay menú pensado: pasta de elemento vegetal con guarnición de tomatitos asados, calabacinos asaditos y algunos mini pimientos; fácil, digestivo y saludable. Aún faltaban dos mandados: comprar pinzas y comprar pasta de dientes; dicho y hecho, y ya. Sin demora regreso a Los Cortijuelos. El cielo brilla y todos los indicios apuntan a que el mediodía será caluroso y quemador. Procede no exponer la piel al sol más de lo inevitable. No he tardado más de una hora en ir y volver al pueblo. Raquel está absorta en sus 5800 incidencias generadas por las huestes de Teresa y apenas atiende mi conversación -como casi siempre, y tampoco me extraña-. Pero saca tiempo para extender sobre una bandeja de aluminio las verduras que van a cocinarse en el horno; el resto de elaboraciones son cosa mía, y puedo decir con orgullo que todo tuvo un buen fin y que comimos de puta madre. Con el sopor de la sobremesa nos abandonamos al frescor de la casa; Raquel se acuesta y yo me entretengo en la tumbona... ¿adivina con qué?. Alrededor de las cinco y pico le sugiero a Raquel dar una vuelta hasta el pueblo para airearse y para que ella pudiera conocer de primera mano las mercancías que se exponen en la tienda que mencioné líneas arriba. Acepta, nos vestimos de calle de verano y salimos buscando las sombras. Tras echar un vistazo a los estantes de la susodicha tienda de común acuerdo decidimos visitar el Viejo Molino para soplar una cañita. Decepción: 5€ por dos zuritos sin nada de picoteo; creo que ya nos han visto. Así que para resarcirnos iniciamos el regreso con la intención en mente de parar en el Empalme a, ya digo, resarcirnos. Lo confieso, fueron cuatro tercios, uno tras de otro, con sus tapas como dios manda, más a gusto que la leche. El Empalme es el mejor, no tiene rival en Órgiva; bueno, para José Antonio sí, el bar de Paco, pero ésa ya es otra historia, una propia de Las Barreras... Un nivel de fiestón que no alcanzó el punto del olvido y que no mostró su rostro desagradable en ningún momento; un nivel suficiente, en fin. En la cama seguimos con la serie "El Vigilante" o "Vigilante" a secas. |