APENDICE
El derecho a la pereza, Paul Lafargue
viernes, 04 de julio de 2025

APENDICE



Nuestros moralistas son gentes muy modestas; si bien inventaron el dogma del trabajo, dudan de su eficacia para tranquilizar el alma, regocijar el espíritu y mantener el buen funcionamiento de los riñones y otros órganos; quieren experimentar su uso sobre el pueblo, in anima vili, antes de volverlo contra los capitalistas, cuyos vicios tienen la misión de excusar y autorizar.

Pero, filósofos a cuatro centavos la docena, ¿por qué se exprimen así los sesos para elucubrar una moral cuya práctica no se atreven a aconsejar a sus amos? ¿Quieren que se burlen de vuestro dogma del trabajo, del que tanto se ufanan? ¿Quieren verlo escarnecido? Veamos la historia de los pueblos antiguos y los escritos de sus filósofos y de sus legisladores.

"Yo no sabría afirmar", dice el padre de la historia, Heródoto, "si los griegos han tomado de los egipcios el desprecio hacia el trabajo, porque encuentro el mismo desprecio establecido entre los tracios, los escitas, los persas, los lidios; en una palabra, porque en la mayoría de los pueblos bárbaros, los que aprenden las artes mecánicas, e incluso sus niños, son vistos como los últimos de los ciudadanos...Todos los griegos han sido educados en estos principios, particularmente los lacedemonios"[22].

"En Atenas, los ciudadanos eran verdaderos nobles que no debían ocuparse más que de la defensa y de la administración de la comunidad, como los guerreros salvajes de los cuales provenía su origen. Como debían entonces disponer de todo su tiempo para velar, debido a su fuerza intelectual y corporal, por los intereses de la república, cargaban a los esclavos con todo el trabajo. También entre los lacedemonios, las mismas mujeres no debían hilar ni tejer para no rebajar su nobleza"[23].

Los romanos conocían sólo dos oficios nobles y libres: la agricultura y las armas; todos los ciudadanos vivían por derecho a expensas del Tesoro, sin poder ser obligados a proveerse de su subsistencia por ninguna de las sordidae artes (llamaban así a los oficios) que correspondían por ley a los esclavos. Bruto el antiguo, para sublevar al pueblo, acusó sobre todo a Tarquino, el tirano, de haber convertido a ciudadanos libres en artesanos y albañiles[24].

Los filósofos antiguos discutían sobre el origen de las ideas, pero se ponían de acuerdo si se trataba de aborrecer del trabajo.

"La naturaleza", dice Platón, en su utopía social, en su República modelo, "la naturaleza no ha hecho ni zapateros ni herreros; ocupaciones semejantes degradan a quienes las ejercen, viles mercenarios, miserables sin nombre que son excluidos por su estado mismo de los derechos políticos. En cuanto a los comerciantes acostumbrados a mentir y a engañar, sólo se los soportará en la ciudad como un mal necesario. El ciudadano que se envilezca por el comercio será perseguido por ese delito. Si es convicto, será condenado a un año de prisión. El castigo será doble cada vez que reincida"[25].

En su Económica, Jenofonte escribe:

"Las personas que se entregan a los trabajos manuales no son jamás elevadas en sus cargos, y con mucha razón. La mayoría, condenados a estar sentados todo el día, algunos incluso a soportar el calor de un fuego continuo, no pueden dejar de tener el cuerpo alterado y es muy difícil que el espíritu no se resienta".

"¿Qué puede salir de honorable de una tienda?", dice Cicerón, "¿y qué puede producir de honesto el comercio? Todo lo que tenga que ver con el comercio es indigno de un hombre honesto [...], los comerciantes no pueden obtener ganancias sin mentir, ¿y qué es más vergonzoso que la mentira? Entonces, debe considerarse como bajo y vil el oficio de todos los que venden su trabajo y su industria; porque el que da su trabajo por dinero se vende a sí mismo y se coloca en la categoría de los esclavos"[26].

Proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, escuchen las palabras de estos filósofos, que se las ocultan con tanto celo: un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de prisión.

La hipocresía cristiana y el utilitarismo capitalista no habían pervertido a estos filósofos de las repúblicas antiguas; hablando para hombres libres, expresaban ingenuamente su pensamiento. Platón, Aristóteles, estos grandes pensadores -a los cuales nuestros Cousin, Caro, Simon no les llegan ni a la suela de sus zapatos poniéndose en puntas de pie-, querían que los ciudadanos de sus repúblicas ideales vivieran en el más grande ocio; porque, agregaba Jenofonte, "el trabajo ocupa todo el tiempo y con él no hay ningún tiempo libre para la república y los amigos". Según Plutarco, el gran mérito de Licurgo, "el más sabio de los hombres", para admiración de la posteridad, fue el de haber brindado ocio a los ciudadanos de la república prohibiéndoles todo oficio[27].

Pero, responderán los Bastiat, Dupanloup, Beaulieu y demás defensores de la moral cristiana y capitalista, estos pensadores, estos filósofos preconizaban la esclavitud. Perfecto, pero ¿podía ser de otro modo, dadas las condiciones económicas y políticas de su época? La guerra era el estado normal de las sociedades antiguas; el hombre libre debía consagrar su tiempo a discutir los asuntos del estado y a velar por su defensa; los oficios eran entonces demasiado primitivos y demasiado toscos para que, practicándolos, se pudiera ejercer a la vez el oficio de soldado y de ciudadano; para tener guerreros y ciudadanos, los filósofos y legisladores debían tolerar a los esclavos en las repúblicas heroicas. Pero los moralistas y los economistas del capitalismo ¿no preconizan el trabajo asalariado, la esclavitud moderna? ¿Y a qué hombres la esclavitud capitalista proporciona ocio? A los Rothschild, a los Schneider, a las Madame Boucicaut, inútiles y perjudiciales, esclavos de sus vicios y de sus criados.

"El prejuicio de la esclavitud dominaba el espíritu de Pitágoras y de Aristóteles", ha escrito alguno desdeñosamente; y sin embargo Aristóteles preveía que "si cada herramienta pudiera ejecutar por sí misma su función propia, como las obras maestras de Dédalo se movían por sí mismas, o como los trípodes de Vulcano se ocupaban espontáneamente de su trabajo sagrado; si, por ejemplo, las lanzaderas de los tejedores tejieran por sí mismas, el jefe del taller ya no tendría necesidad de ayudantes, ni el amo de esclavos".

El sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas con aliento de fuego, con miembros de acero, infatigables, con fecundidad maravillosa e inagotable, desempeñan dócilmente ellas mismas su trabajo sagrado; y sin embargo el genio de los grandes filósofos del capitalismo permanece dominado por el prejuicio del trabajo asalariado, la peor de las esclavitudes. Todavía no comprenden que la máquina es la redentora de la humanidad, el Dios que liberará al hombre de las sordidas artes y del trabajo asalariado, el Dios que le dará el ocio y la libertad.



__________________

NOTAS

[1] Descartes, René; Las pasiones del alma.

[2] Doctor Beddoe; Memoirs of the Anthropological Society; Darwin, Charles; Descent of Man.

[3] Los exploradores europeos se detienen sorprendidos ante la belleza física y el aspecto orgulloso de los hombres de los pueblos primitivos, no manchados por lo que Paeppig llamaba el "hálito envenenado de la civilización". Refiriéndose a los aborígenes de las islas de Oceanía, lord George Campbell escribe: "No hay pueblo en el mundo que sorprenda más a primera vista. La piel lisa y de un tono ligeramente cobrizo, los cabellos dorados y ondulados, su bella y alegre figura, en una palabra, toda su persona, formaban un nuevo y espléndido ejemplar del genus homo; su apariencia física daba la impresión de tratarse de una raza superior a la nuestra". Los civilizados de la antigua Roma, los César, los Tácito, contemplaban con la misma admiración a los germanos de las tribus comunistas que invadían el imperio romano. Al igual que Tácito, Salvino, el cura del siglo V que es llamado el maestro de los obispos, ponía como ejemplo a los bárbaros ante los civilizados y los cristianos: "Somos impúdicos entre los bárbaros, que son más castos que nosotros. Más aún, los bárbaros se sienten ofendidos por nuestras impudicias; los godos no sufren el hecho de que haya entre ellos libertinos de su nación; sólo los romanos, por el triste privilegio de su nacionalidad y de su nombre, tienen el derecho de ser impuros. (La pederastia estaba de moda entonces entre los paganos y los cristianos...). Los oprimidos se van con los bárbaros en busca de humanidad y protección". (De Gubernatione Dei). La vieja civilización y el cristianismo naciente corrompieron a los bárbaros del viejo mundo, como el viejo cristianismo y la civilización capitalista corrompen a los salvajes del nuevo mundo.

El señor F. Le Play, cuyo talento para la observación debe reconocerse, así como deben rechazarse sus conclusiones sociológicas, contaminadas de proudhonismo filantrópico y cristiano, dice en su libro Los obreros europeos (1885): "La propensión de los Bachkirs por la pereza [los Bachkirs son pastores seminómades de la ladera asiática de los Urales], los ocios de la vida nómade, los hábitos de meditación que hacen nacer en los individuos mejor dotados, otorgan a menudo a éstos una distinción de maneras, una agudeza de inteligencia que raramente se observa en el mismo nivel social en una civilización más desarrollada...Lo que más les repugna son los trabajos agrícolas; hacen cualquier cosa antes que aceptar el oficio de agricultor". La agricultura es, en efecto, la primera manifestación del trabajo servil que conoció la humanidad. Según la tradición bíblica, el primer criminal, Caín, era un agricultor.

[4] Hay un proverbio español que dice: Descansar es salud.

[5] "Oh Melibea, un dios nos dio esta ociosidad"; Virgilio; Bucólicas. (Ver Apéndice)

[6] Evangelio según San Mateo, capítulo VI.

[7] Discurso pronunciado en la Sociedad Internacional de Estudios Prácticos de Economía Social de París, en mayo de 1863, y publicado en El economista francés de la misma época.

[8] Villermé, L. R.; Descripción del estado físico y moral de los obreros en las fábricas de algodón, de lana y de seda, 1848. Si los Dollfus, los Koechlin y otros fabricantes alsacianos trataban así a sus obreros, no era porque fueran republicanos, patriotas y filántropos protestantes; Blanqui, el académico, Reybaud, el prototipo de Jerome Paturot y Jules Simon, el maestro Juan Político, constataron las mismas amenidades para la clase obrera entre los muy católicos y muy monárquicos fabricantes de Lille y de Lyon. Estas son virtudes capitalistas que se armonizan a las mil maravillas con todas las convicciones políticas y religiosas.

[9] Los indios de las tribus belicosas de Brasil matan a sus enfermos y a sus viejos; testimonian su amistad poniendo fin a una vida que ya no se regocija con los combates, las fiestas y los bailes. Todos los pueblos primitivos han dado a los suyos estas pruebas de afecto: los masagetas del Mar Caspio (Heródoto), así como los Wens de Alemania y los celtas de la Galia. En las iglesias de Suecia, incluso hasta no hace mucho, se conservaban las mazas llamadas mazas familiares, que se utilizaban para librar a los padres de las tristezas de la vejez. ¡Cuán degenerados están los proletarios modernos como para aceptar con paciencia las espantosas miserias del trabajo fabril!

[10] En el Congreso Industrial celebrado en Berlín el 21 de enero de 1879, se estimó en 568 millones de francos las pérdidas sufridas por la industria del hierro alemana durante la última crisis.

[11] La Justicia, de Clemenceau, en su sección financiera, decía el 6 de abril de 1880: "Hemos oído sostener la opinión de que, aun sin Prusia, Francia hubiera perdido de todas maneras los miles de millones que perdió en la guerra de 1870, bajo la forma de empréstitos emitidos periódicamente para equilibrar los presupuestos extranjeros; tal es también nuestra opinión". Se estima en cinco mil millones la pérdida de los capitales ingleses en los empréstitos a América del Sur. Los trabajadores franceses no sólo han producido los cinco mil millones pagados a Bismarck, sino que siguen pagando los intereses de la indemnización de guerra a los Ollivier, a los Girardin, a los Bazaine y otros portadores de títulos de renta que han causado la guerra y la derrota. Sin embargo, les queda un pequeño consuelo: esos miles de millones no ocasionarán ninguna guerra de recuperación.

[12] Bajo el Antiguo Régimen, las leyes de la iglesia garantizaban al trabajador 90 días de descanso (52 domingos y 38 feriados), durante los cuales estaba estrictamente prohibido trabajar. Era el gran crimen del catolicismo, la causa principal de la irreligiosidad de la burguesía industrial y comercial. Bajo la Revolución, cuando ésta se hizo dominante, abolió los días feriados y reemplazó la semana de siete días por la de diez. Liberó a los obreros del yugo de la iglesia para someterlos mejor al yugo del trabajo.

El odio contra los días feriados no apareció hasta que la moderna burguesía industrial y comercial tomó cuerpo, entre los siglos XV y XVI. Enrique IV pidió su reducción al Papa, pero éste se rehusó porque "una de las herejías más corrientes hoy en día es la referida a las fiestas" (carta del cardenal d'Ossat). Pero en 1666, Péréfixe, arzobispo de París, suprimió 17 feriados en su diócesis. El protestantismo, que era la religión cristiana adaptada a las nuevas necesidades industriales y comerciales de la burguesía, fue menos celoso del descanso popular; destronó a los santos del cielo para abolir sus fiestas sobre la tierra.

La reforma religiosa y el libre pensamiento filosófico no eran más que los pretextos que permitieron a la burguesía jesuita y rapaz escamotear al pueblo los días de fiesta.

[13] Esas fiestas pantagruélicas duraban semanas. Don Rodrigo de Lara gana a su novia expulsando a los moros de Calatrava la Vieja, y el Romancero narra que:

Las bodas fueron en Burgos,

Las tornabodas en Salas:

En bodas y tornabodas

Pasaron siete semanas.

Tantas vienen de las gentes,

Que no caben en las plazas...

[en español en el original] Los hombres de esas bodas de siete semanas eran los heroicos soldados de las guerras de independencia.

[14] Marx, Karl; El Capital, libro I, capítulo XV, punto 6.

[15] "La proporción en que la población de un país está empleada como doméstica, al servicio de las clases acomodadas, indica el progreso de ese país en lo que respecta a riqueza nacional y civilización". (Martin, R. M.; Ireland before and after the Union, 1818). Gambetta, que negaba la cuestión social desde que dejó de ser el abogado pobre del Café Procope, quería sin duda hablar de esta clase doméstica en constante crecimiento cuando reclamaba el advenimiento de nuevas clases sociales.

[16] Dos ejemplos: el gobierno inglés, para complacer a los países indios que, a pesar de las hambrunas periódicas que asolan el país, se obstinan en cultivar amapolas en vez de arroz o trigo, ha debido emprender guerras sangrientas a fin de imponer al gobierno chino la libre introducción del opio indio. Los salvajes de la Polinesia, a pesar de la mortalidad que ello trajo como consecuencia, debieron vestirse y embriagarse a la inglesa para consumir los productos de las destilerías de Escocia y de las tejedurías de Manchester.

[17] Leroy-Beaulieu, Paul; La cuestión obrera en el siglo XIV; 1872.

[18] He aquí, según el célebre estadístico R. Giffen, de la Oficina de Estadística de Londres, la progresión creciente de la riqueza nacional de Inglaterra y de Irlanda: en 1814 era de 55 mil millones de francos; en 1865, era de 162,5 mil de millones de francos; en 1875, 212,5 mil millones de francos.

[19] Reybaud, Louis; El algodón: su régimen, sus problemas; 1863.

[20] "Simulan ser Curius y viven como Bacanales" (Juvenal).

[21] Pantagruel, libro II, capítulo LXXIV.

[22] Heródoto; Tomo II de la traducción Larcher, 1876.

[23] Biot; De la abolición de la esclavitud antigua en Occidente; 1840.

[24] Tito Livio; Libro Primero.

[25] Platón; La República, Libro V

[26] Cicerón; Los oficios [De los deberes], I, título II, capítulo XLII.

[27] Platón; La República, V, y Las Leyes, III; Aristóteles; Política, II y VII; Jenofonte; Económica, IV y VI; Plutarco; Vida de Licurgo.



Archivo Paul Lafargue

#filosofia - #lafargue

© Zalberto | enero - 2026