 He dejado esta entrada en modo «pendiente» sin pensarlo mucho, ni poco, dado que es innecesario añadir texto al título y a la foto. Quizás anotar las dificultades que me encontré en el proceso, algunas exasperantes. Las dificultades Los problemas surgieron en los puntos que eran más previsibles, dada mi atestiguada experiencia bricolajera. Fueron unas de índole eléctrica y otras de índole mecánica. Las dificultades eléctricas En el inicio de la ñapa de los plafones opté por dejar para el segundo asalto la tarea de taladrar la pared para colocar las lámparas y atacar en primer término la conectividad eléctrica que incluía la colocación de los interruptores y las conexiones en la caja de registro, todo ello de apariencia sencilla y poco amenazante -los imprevistos siempre están al acecho, como fue el caso-. Los cables los pasé desde fuera hasta dentro el pasado jueves con gran pericia, dejando unos rabillos extralargos que facilitarían mucho el posterior trabajo de interconexión. Desde el inicio de las operaciones se hizo patente que las dificultades surgirían en el trasteo en el interior de la caja de registro, atestada de cables y regletas casi inaccesibles; en esa caja tuve que ingeniármelas para conectar los cables de los plafones y los cables que accedían por la canaleta desde el interruptor inferior. La sustitución del interruptor simple por un conmutador doble ya hacía prever momentos de incertidumbre y sudores varios, como así fue y así se verá. Con gran arrojo y confianza conecté los cables en las regletas y en el conmutador, no sin tomar la precaución de desconectar la red en el disyuntor general. Todo bien, pero sólo hasta la reconexión de la red: batacazo y catapum. El conmutador parece ser que no se conectó en sus puntos debidos, como así se comprobó más adelante. Consecuencia de este primer intento el conmutador se dejó en el campo de batalla uno de los dos pulsadores, que a partir del bombazo dejó de hacer click para empezar a hacer fiú; por suerte compré dos en Leroy Merlin, y se podía intentar una segunda prueba, pero con un subidón de intríngulis que terminó por generar tembleque en la mano derecha -cuando toquiteaba los chismes-. En ese momento comencé a tomar conciencia de mi incapacidad eléctrica y aceptando con humildad este hecho procedí a hacer pruebas y repruebas antes de repetir la conectividad; para minimizar los ensayos eché mano del polímetro que atesoro desde que salí de Soria casi por patas. El caso es que tras muchos sudores y agobios procedí a hacer el definitivo ensayo: «Raquel, dale» y ¡¡¡Eureka!!! los plomos no saltaron y las luces lucieron. Madre mía qué descanso. Primera parte de la faena concluida con éxito, y muchos sinsabores, jajaja. Las dificultades mecánicas Bien, la luz se había hecho y ya sólo faltaba taladrar unos agujeros para insertar tacos y sujetar los mecanismos con sus correspondientes tirafondos. ¿Parece fácil? Pues lo es, si dispones de las brocas capaces de hacer mella en esas piezas cerámicas, duras como... todo lo duro. Me tuve que poner muy insistente y muy concienzudo, y destrozar media docena de brocas, para hacerme con un agujero practicable en cara lienzo de pared que portaba plafón. Y menos mal que tengo un taladro casi profesional, que si no con uno típicamente bricolajero hubiera sido una tarea casi imposible. Así que al cabo de otros muchos desvelos los plafones descansaban en su lugar y si pulsabas en el interruptor... lucían. Puff. Y ésta fue la movida de los plafones y sus interruptores. |