 Un día que se anunciaba corriente y moliente, enfocado a las clásicas movidas del día a día, un día así dio un giro inesperado cuando habíamos terminado de comer unos sabrosos filetes rusos acompañando a una ensalada de las habituales en estos últimos tiempos; el giro lo ocasionaron un par de botellas de vino francés que Raquel compró en el Primaprix, cuando salió a airearse un rato. Mi arranque también fue de los sencillos: tras la sesión de piernas con Maite, me ducho y salgo con carrito. En el Eroski compro 3 cajas de arena y en el BM medio kilo de carne de cerdo picada, y más leche y dos lechugas, y dos manojos de cebolletas y caprichos para la morcillita de Burgos. Al dejar la compra en casa, la nena me encargó una devolución de cosas de Zara en la zapatería de Santutxu 1; aprovecho el viaje para llevar a la Retoucherie unos pantalones que Raquel había apartado para llevar al contenedor de reciclaje y que una vez probados decidí que me los quedaba y que me iban a hacer un buen servicio cuando el tiempo atmosférico tornara a ser fresco y húmedo -o sea, en otoño-. La devolución no prosperó por temas de burocracia logística; el pantalón, en cambio, sí que pasó la prueba de la prueba y permanecerá ingresado en la mesa de operaciones hasta el miércoles, mañana. Por cierto, las chicas de la Retoucherie se jubilan a final de este mes; pero me han tranquilizado al informarme de que el negocio lo continuarán otras gentes, desconocidas de momento, no tanto cuando las eche un vistazo... Así era todo, sencillo, hasta que por cosas del destino me acerqué a saludar a Raquel, que reposaba los filetes rusos en la cama viendo tele, y le solté como quien no quiere la cosa... «jo, pues ahora yo ya me echaba un petita haciendo el vaguete en la butaca etc», y va ella y se sonríe con malicia graciosa y me da a entender que tiene «algo». Se levanta de la cama, va a su despachito y... ¡¡¡tiene una bolita de perejil envuelta en plástico de envoltura de paquete de tabaco!!!, como para un par de joins. ¡¡¡Madre mía, qué sorpresa!!!. Ahí el día dio un giro, como ya he dicho un par de veces; un giro corriente, pero un giro. Un peta en la sobremesa y el otro después de la cena, gozando el colocón manejando el mando de la tele hasta la medianoche; y toda la noche y todo el amanecer el Indalecio dando por saco al doliente y pillándose un cabreo muy gracioso -incluso me lanzó un mordisquito a traición, jajaja-. Eso, dos petas hacen el día diferente. |