 Viernes, 11:00 de la mañana, Instituto Goethe. Es una agradable mañana de septiembre en una de las zonas más señoriales de Madrid, pero Hartmut Rosa se siente como el ejemplo vivo de la teoría de la aceleración que le lanzó a la fama hace 20 años. Mientras se sienta con El Confidencial, recuerda que apenas lleva un día en Madrid, pero ya ha dado dos charlas, ha tenido una cena, se dispone a dar su primera entrevista y por la tarde estará pinchando heavy metal. A las siete de la mañana del día siguiente saldrá camino a Barcelona. Entre medias, habrá conocido a decenas de personas cuyos nombres no recordará.
El del catedrático de Sociología en la Universidad de Jena y director del Centro Max Weber se ha convertido en uno de los nombres más citados en las facultades de filosofía durante los últimos años, como recordó su compinche de pinchada, Ernesto Castro. Quizá desde la publicación de Tardomodernidad en crisis o Remedio a la aceleración, publicados por NED Ediciones, o antes, con Alienación y aceleración (Katz) o Lo indisponible (Herder). Es el último gran representante de la teoría crítica contemporánea, el heredero de Max Weber y Theodor Adorno.
La teoría de la aceleración podría sintetizarse como esa paradoja tan contemporánea por la que cuanto más tiempo podemos ahorrar gracias a la tecnología, más estresados, acelerados y quemados nos sentimos. La metáfora por excelencia es la de un hámster en su rueda. Cuanto más rápido corre, más difícil le resulta bajar porque terminaría aplastado por la rueda. Y Rosa, ¿nunca ha deseado parar y bajarse de todo? “Podría, claro, si hubiese dicho que no a esta entrevista no me hubiese muerto y podría haber seguido con mi trabajo académico”, sonríe. “Pero no sería lo correcto en este contexto”.
A menudo, prosigue, le han reprochado incurrir en lo que critica. Pero la aceleración no es una elección personal sino una característica del tardocapitalismo, y él no es un defensor de lo slow. “Hay una conciencia mayor de que debemos ir más lento, y la gente se va a la montaña, deja el móvil o se mete en un monasterio tres meses”, explica. “Pero eso no va a cambiar la lógica: ya a principios del siglo XX había manifestaciones en París en las que la gente salía a la calle con tortugas para protestar por la aceleración de la vida, pero cada revolución tecnológica lo ha llevado aún más lejos”.
"Hoy perseguimos la vida eterna antes de morir: queremos hacerlo todo"
Somos víctimas de la competitividad. Si renunciamos a un ascenso, caeremos en desgracia. Si no nos formamos o compartimos nuestro trabajo en redes, desapareceremos. Si no perseguimos un ascenso, la inflación nos empobrecerá. Además, hemos encontrado una nueva forma de perseguir la vida eterna antes de morir: “Los humanos somos los únicos animales que sabemos que vamos a morir, y hay distintas formas de lidiar con ello”, explica. “Hoy en día pensamos ‘voy a morir pero antes quiero hacer todas estas cosas, quiero conocer a toda esta gente, ir a todos estos sitios y escuchar todas estas canciones’”.
Así que consideramos nuestra vida como una suma de experiencias. “Si doblas la velocidad, puedes vivir dos vidas en una”, ironiza. “Y si eres aún más rápido, puedes hacer todo lo que el mundo te ofrece antes de morir”. Pero eso nos conduce a la frustración. Por un lado, porque es imposible. Por otro, porque las opciones se multiplican. Hoy mismo se publicarán más libros, películas o discos de los que alguien puede escuchar en una vida. Rosa saca un folio doblado de su bolsillo. “Mira, esto es lo que mi secretaria me ha apuntado que tengo que hacer: las he contado y son exactamente 28 cosas”, dice antes de tirarlo sobre la mesa. “Vamos a olvidarnos de esto”.
Cuantas más cosas ocurren, sin embargo, menos nos parece que cambien las cosas. Para Rosa, el sentido de progreso de la modernidad acabó alrededor del año 2000. “Todos los padres sentían que sus hijos iban a vivir mejor que ellos, y eso les hacía sentir bien: vale, trabajamos mucho, pero merece la pena porque dejaremos a nuestros hijos un mundo mejor”, explica. “Eso no significaba que tuviesen más dinero, sino mejor educación o sanidad, más oportunidades o más libertad”. En la aceleración ocurre lo opuesto: cada vez hacemos más cosas, pero vivimos peor.
Por otro lado, como él mismo escribía en Alienación y aceleración, porque nos alienamos cuando “hacemos lo que no queremos hacer sin que nos fuercen”. Algo muy común que también le ocurre al propio Rosa. “Cuando tengo que escribir una reseña académica, por ejemplo, me pongo a ver vídeos de gatos”, explica. “Soy muy fan en secreto de los vídeos de gatos. Me encantan. Nadie me está obligando a hacerlo, ¿no? Pero tampoco es lo que querría hacer. Pero lo hago por dos razones. Una, porque huyo de la alienación a través de otra forma de alienación. Estoy alienado cuando escribo y estoy alienado cuando veo YouTube. Pero también, porque cuando lo veo no obtengo ninguna resonancia”. Acaba de caer una de las últimas noches del verano en Plaza de España, donde Rosa dialoga con Marcela Vélez ante el Monumento a Cervantes y una respetable concurrencia. Como ha hecho cada semana durante la última década, vuelve a explicar qué es la resonancia. “La resonancia es algo nos mueve o nos interpela y que nos transforma, es una cualidad humana con la que todos nacemos y que buscamos en el cine, la literatura o la cultura”, explica. A diferencia de otros filósofos, no solo diagnostica enfermedades, propone respuestas.
"Vivimos en una cultura obsesionada por la optimización, lo que genera más caos"
Puede sonar un tanto new age, pero tiene su complejidad conceptual. Por ejemplo, lamenta Rosa, uno de los problemas de la modernidad es que puso el mundo a nuestra disposición y, a pesar de todas sus ventajas, acabó con su encanto. Descubrimos nuevos continentes, averiguamos que la materia estaba compuesta por átomos, analizamos nuestros cuerpos hasta la náusea: el sociólogo lleva un reloj de manillas y no un smartwatch como una declaración de intenciones.
“Por ejemplo, pongamos que te pregunto: ¿tienes buena salud”, espeta. “Hay dos formas de responder esa pregunta. Una es ‘sí, me siento bien y en forma’. La otra es mirar los valores objetivos. Esta es mi presión sanguínea, este es mi ritmo cardíaco, mi pulso, mi saturación de oxígeno y mis niveles de oxitocina, así que puedo decir que tengo buena salud en estos parámetros y optimizar el resto. Vivimos en una cultura obsesionada por esa optimización de parámetros, que influye en nuestra autoconciencia, atención y estructura volitiva, pero no hace el mundo mejor, solo crea más caos”.
Esa capacidad de tener el mundo bajo control mata la resonancia, de igual manera que el control mata el amor. Otro ejemplo: la cocina. Un robot electrónico como un Thermomix puede producir platos perfectos si seguimos los pasos preestablecidos, pero la familia no sabrá quién lo ha cocinado porque el proceso está tan estandarizado que lo puede haber hecho el padre, la madre o el abuelo. Antes, un plato estaba ligado a una persona. El universo se ha convertido en una gran Thermomix en la que todo se ha homogeneizado: “Thermomix ofrece la comida perfecta pero carece de toda emoción y conexión con los demás”.
La resonancia, además, no es una cualidad inherente a ninguna experiencia, persona o expresión artística, sino algo que surge de forma imprevista en un momento determinado, sin que podamos forzarla. En Lo indisponible, Rosa relata la experiencia resonante que es ver caer la primera nevada del otoño cuando uno es niño, “una suerte de regalo inesperado”. Algo que no se puede prever ni fabricar ni comprar.
La gran paradoja es que a medida que nos cuesta más encontrar esa resonancia porque estamos quemados, cansados o deprimidos, cada vez gastamos más dinero, tiempo y esfuerzo en conseguirla. De hecho, trabajamos más horas y más duro para conseguir acceder a esa resonancia que nunca llega. Gran parte de la industria del turismo y del ocio se basa en esta obsesión por encontrar momentos que nos cambien la vida y que provocan nuestra frustración al no hacerlo.
Rosa denomina “resonancia de segundo grado” ese impulso que nos hace volver a los lugares donde hemos vivido esa clase de revelaciones con el objetivo de reencontrarnos con ellas, como el nostálgico espectador que no se pierde una películas de la saga Star Wars. Algo que raramente ocurre, por lo que buscamos alternativas cada vez más ambiciosas. Festivales de música más grandes, viajes a destinos cada vez más lejanos y gastronomía cada vez más extrema que nos dejan igual. Quizá también por eso a tanta gente ya no le gusten ni los festivales, ni salir a cenar, ni viajar.
La antítesis de un crucero o un safari en África es un concierto de Judas Priest
“Ahora podemos hacer cualquier cosa con la que hemos soñado pero no funciona, ¿verdad? Es lo mismo que cuando alguien gana un millón de euros en la lotería, sabemos que esa gente tiene más riesgo de suicidarse”, explica. “¿Por qué? Porque de repente puedes comprar cualquier cosa con la que siempre habías soñado, y te das cuenta de que no te hace feliz”. Los cruceros son el paradigma de la resonancia fallida, lugares donde todo es perfecto y está medido para la comodidad del viajero, pero raramente le cambia la vida. ¿La antítesis de un crucero? Un concierto de Judas Priest.
Pero si alguien quería conocer en persona qué es la resonancia lo mejor habría sido transportarse 24 horas más tarde al auditorio del Instituto Goethe, donde el filósofo Ernesto Castro pinchó los más de cinco minutos de solo de guitarra de David Gilmour al final de la versión de Comfortably Numb que Pink Floyd interpretó en Londres en 1994. No es habitual arrancar una conferencia sobre filosofía con una canción de prog-rock, pero los aplausos espontáneos del público fueron el signo más claro de que algunos habían sentido esa resonancia.
El filósofo comenta extensamente la canción en su último libro, Cantan los ángeles, rugen los monstruos (Ned Editorial), que se presenta como una breve sociología del heavy metal. En realidad, se trata más bien de una aplicación práctica de su teoría, utilizando como excusa la música que ha amado desde adolescente a principios de los 80, y en la que encuentra esa capacidad de generar resonancia. ¿Por qué heavy metal? “Puede ser otra música, o pasear por el monte, o esquiar, o cine, o filosofía”, responde. “Pero no es casualidad que ‘resonancia’ sea un término musical y no visual”.
“Cuando ves algo, el objeto sigue estando ah´”, prosigue. Entonces, Rosa señala a su oído. “Cuando escuchas algo, puedes decir que lo tienes aquí dentro: la música acaba con esa distancia. Tiene una cualidad que hace que no sea ni activa ni pasiva, sino las dos cosas al mismo tiempo”. Es algo semejante a lo que ocurre en mitad de una de esas clases de universidad que lleva décadas impartiendo. A Rosa le resulta fácil saber si a los estudiantes les está dando igual o, si por el contrario, les está interesando porque cambian su posición corporal, se inclinan hacia delante, fruncen el ceño o incluso les brillan los ojos.
En su libro, Rosa analiza el metal como uno de los fenómenos musicales más excepcionales de las últimas décadas. Disecciona canciones de Judas Priest, Dimmu Borgir, Iron Maiden o Savatage y llega a unas cuantas conclusiones: es una música de clase trabajadora, a diferencia del punk, que fue creado por élites intelectuales; apolítica, con contadas salvedades; irónica, porque es capaz de afirmar algo y negarlo al mismo tiempo; ritual, porque ha convertido lugares como Wacken en espacios sagrados y a las grandes bandas en testigos de la vida de sus oyentes.
Una música que también ha emigrado de las grandes ciudades industriales en las que nació a lugares rurales como la cuenca del Ruhr. Una observación interesante, porque citando a George Simmel, Rosa recuerda que “las subculturas metropolitanas están sujetas al rápido cambio de las modas, mientras que los medios rurales y las pequeñas ciudades tienen a caracterizarse por una constancia en la tradición y, a veces, por una persistencia conservadora”. Las novedades y los artistas pop se suceden en los barrios de moda. En los pueblos aún siguen colgados los carteles de los Maiden, AC/DC, Barón Rojo o Saratoga.
"Lo que le gusta a la gente de Trump o Musk es que simplemente actúan"
El metal es un refugio frente a la incertidumbre del mundo moderno, algo que también puede provocar que más pronto que tarde termine convirtiéndose en un fósil cultural como algunas religiones u otros géneros musicales. “Creo que el rock es generacional, como ocurrió con la música clásica; Hayden fue contemporáneo de Schubert, casi todos los compositores coincidieron, y poco después perdió gran parte de su atractivo: los grandes grupos como los Beatles, Rolling Stones, Pink Floyd o el metal son casi de la misma generación”, reflexiona. “Pero a pesar de ello, sigue siendo una fuente de resonancia que afecta y apela a los jóvenes, así que aún no está muerto”.
El último trabajo de Rosa, que aún no se ha publicado en España, se titula Situation and Constellation. En él da un paso más allá desde la aceleración y la resonancia hasta la acción. Se pregunta por qué no podemos actuar y nos hemos convertido en espectadores, sustituyendo nuestro criterio por algoritmos y sistemas de decisión automatizados. “Creo que lo que le gusta a la gente de Trump o Musk es que ese sentimiento de parálisis proviene también de la burocracia: no hay nada que podamos hacer sobre los mercados financieros, la crisis climática u Oriente Medio”, concluye. “Pero Trump o Musk dan la impresión de que simplemente actúan: no les importa la ley, las reglas culturales, los tratados internacionales o las teorías económicas. Creo que hay un deseo de volver a convertirnos en agentes de nuevo”. |