 Escribo el sábado, los momentos del pasado reciente permanecen en las penumbras de la memoria. Y poco puedo aportar del pasado jueves. Creo recordar que estuve en Sani, por motivos de peso suficiente. A las 11:54 tenía cita en el Ambulatorio para que me pusieran la vacuna de la gripe, cosa que cumplí a rajatabla; la del COVID no me correspondía, me dijeron, ni por motivo de edad -a partir de los 75 años-, ni por persona de riesgo y tal y cual. Me vacunó un muchacho muy joven que me atendió según asomé el morro por la puerta. Antes de la vacunación me pasé por casa para llevar a Tachón una copia de la llave de Santutxu y dejar, de paso, el duplicador de tubería que compré en la ferretería china recién inaugurada con el que tengo que poner en servicio el lavavajillas; esa historia quiero quitármela de encima a más tardar la semana que viene. Para regresar al barrio tomo el metro en la boca de Sarriko; en la avenida están de día de estreno en un PrimaPrix; también han abierto una ferretería moderna en lo que dejó libre la tienda de muebles donde compramos la butaca rosa; el barrio está vivo. Cocino vainas, pechuga de pollo a la Air Fryer, puré de patatas y cebollititas asadas -a la vera de la pechuga-. Comemos y apalanque porrero. Para cenar sopa de fideo -con el caldo de cocer las vainas- y tortilla francesa. A salto de mata voy leyendo las páginas de Murakami en «Al Sur de la frontera, al Este del Sol», y lo estoy disfrutando un montón; qué bueno es Murakami. |